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Full text of "Ariel"

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ARIEL 



José Enrique Rodó 



ARIEL 



Prólogo de LEOPOLDO ALAS (ClarIn) 







PROMETEO 

•OCIB»*» BDITOBUL 

enmanta», M -VALENCIA 



lA #H 







Á LA JUVENTUD 
DE AMÉRICA 



PROLOGO 



(i) 



Da cierto carácter de oportunidad al asunto de este artícu- 
lo la reciente visita de un barco de guerra argentino á Espa- 
ña, acontecimiento que movió la opinión y el sentimiento pú- 
blico en el sentido mas simpático y de más provecho, á mi 
ver, para todos. En esto de la unión, con toda clase de lazos, 
entre españoles peninsulares y españoles americanos, soy ra- 
dical — yo que lo soy en tan pocas cosas — , y además un so- 
ñador á prueba de frialdades y desengaños. Creo en la futura 
unidad de la gran familia ibérica, y en que, después de reali- 
zada, ha de parecer error inexplicable el que no se hubiera 
realizado antes. Con tal criterio y ánimo, puedo economizar 
toda la prosa que debía dedicar ahora á pintar el entusiasmo 
con que he visto las hermosas manifestaciones de afecto que 
acaban de cruzarse entre peninsulares y argentinos. 

Estos grandes movimientos sociales, sobre todo cuando 
tienen por objeto algo más que puros intereses económicos, 
se reflejan también en las letras, en loa países cultos, y en 
ellas se puede estudiar en una de sus fases más importantes. 
Por an tí tesis, podríamos citar como ejemplo el doloroso fenó- 
meno del separatismo catalán, calificado por algunos, como el 
señor Silvela, de principalmente literario. 

Pues también en la literatura americana podemos observar 
manifestaciones que nos hablan de las tendencias favorables 



U) Artículo publicado en Lo» Luné» de *El Imparcial», da Madrid. 



▼ni PRÓLOGO 

y adversas que en el nuevo continente existen respecto de su 
trato con España. Sí; hace muchos años, cuando menos se 
quería por allá 4 los españoles, recientes todavía los dolores 
de la separación, los literatos, especialmente los poetas, solían 
inspirarse en nuestros autores más célebres, como Quintana, 
Eepronceda, Zorrilla; después se vio que une vas generaciones 
iban olvidando esta sugestión española, para entregarse á la 
de otras literaturas europeas, principalmente la francesa. Este 
fenómeno era común á las letras y á otras esferas de la activi- 
dad social. No era todo desdén para España. Algo habia en la 
general tendencia nueva, muy natural y muy respetable. Es- 
paña no daba á sus hijos de América suficiente pasto intelec- 
tual. Abiertos aquellos pueblos á todas las inmigraciones, y 
anhelantes ellos de beber la civilización moderna donde la 
hubiese, otros países más adelantados que el nuestro, de letras 
más intensas y más conformes al espíritu moderno, atrajeron 
la atención de aquellos espíritus, jóvenes los más, educados 
muchos de ellos por viajes y lecturas que les enseñaban una 
lengua en que poco ó nada significaba España. No es ésta 
ocasión de mostrar cómo aquella imitación de lo europeo no 
español, de lo francés principalmente, fué demasiado lejos, y 
con olvido de una originalidad á que deben aspirar todos los 
pueblos que quieran prepararse una personalidad en la Histo- 
ria. Sin contar á los snobs, ni mucho menos á los majaderos, 
hombres de positivo talento y cultivado espíritu se dejaron 
llevar por la corriente del galicismo integral, hasta el punto 
de llegar á escribir en un castellano que, aun sin grandes bar- 
barismos gramaticales, parecía francés en el alma del estilo. 

No quiere significar el pretérito que vengo empleando que 
estos excesos hayan pasado como aquellos de los sinsontes 
sorrillescos. No; todavía en los azules, en los decadentes ame- 
ricanos, predomina la moda de París.,, Después de todo, como 
en cierto grupo de jóvenes peninsulares, que no tienen más 
enjundia española que sus correligionarios de América. 

Pero también es verdad y ventura que en el seno de esa 
misma juventud literaria americana aparecen síntomas de 



PRÓLOGO II 

ana favorable y justa reacción, en armonía con análogas co- 
rrientes en otros órdenes de la vida; reacción qne vuelve los 
ojos á España, sin desdecirse del pasado, sin desdeñar las 
útiles leociones recibidas en esta comnnicación directa con 
países europeos más adelantados; pero comprendiendo que 
esa originalidad, que hay que buscar á toda costa, no puede 
ser de importación, sino que hay que sondarla en los misterios 
de la herencia, en el fondo de la raza. 



José Enrique Rodó, uno de los críticos jóvenes más nota- 
bles de la América latina, hoy catedrático de Literatura en 
Montevideo, representa, como el mejor, esta saludable ten* 
dencia que señalo, y hace años que viene escribiendo en tal 
sentido, asi como otros, v. gr.: el poeta de Lima señor Choca- 
no, de cuyos versos valientes y generosos en favor de España 
he hablado ya en Los Lunes. 

Ahora publica el señor Rodó un libro de pocas pero subs- 
tanciosas páginas, titulado Ariel, y aunque en él no trata di- 
rectamente de esa nueva tendencia á reconciliarse con Espa- 
ña, la España digna del siglo, si bien respetuosa con los sigloe 
de su gloria; aunque Ariel tiene otro fin inmediato, en el 
fondo y como corolario de su idea va á lo mismo. 

Ariel no es una novela ni un libro didáctico; es de ese 
género intermedio que con tan buen éxito cultivan los fran- 
ceses, y que en España es casi desconocido. 

Se parece por el carácter, por ejemplo, á los diálogos de 
Renán, pero no es diálogo; es un monólogo, un discurso en 
que un maestro se despide de sus discípulos. Se llama Ariel 
tal vez por reminiscencia y por antitesis del Calibdn de Renán. 
Ya se sabe que Ariel es el genio sutil — Atry Spirit—qu& obe- 
dece á los mandatos de Próspero en La tempestad de Shake- 
speare, mientras Calibán es a savage and deformed slave, que 
en cuanto aparece en escena exclama: / musí eat my dinner: 
necesito comer. El venerable maestro, en el libro de Rodó, se 



X PRÓLOGO 

•despide de sus discípulos en la sala de estudio, junto a una 
estatua de Ariel que representa el momento final de La tem- 
pestad, cuando el mago Próspero devuelve la libertad al genio 
del aire: 

My Ariel— chick— 
that is thy charge; then to the elemen» 
be free, and fare thou well! 

En la oposición entre Ariel y Calibán esta el símbolo del 
estudio filosófico poético de Rodó. Se dirige á la juventud 
americana de la América que llamamos latina, y la excita & 
dejar los caminos de Calibán, el utilitarismo, la sensualidad 
sin ideal, y seguir los de Ariel, el genio del aire, de la espiri- 
tualidad, que ama la inteligencia por ella misma, la belleza, la 
gracia y los puros misterios de lo infinito. 

Admira ver la profundidad y la serena unción con que 
Rodó sabe llegar á la armonía, siempre inspirado por la justi- 
cia, siempre sincero, valiente y decidido en la defensa de sus 
propias ideas, pero leal con las opuestas, sin desvirtuarlas; 
flexible, tolerante, comprendiéndolo todo, pero predicando lo 
suyo. Recomiendo á nuestros literatos decadentes y moder- 
nistas, y á los jóvenes ácratas y libertarios — a los que todavía 
tienen salvación, no á los perdidos por la ignorancia, el orgu- 
llo y á veces el vicio — , les recomiendo el estudio de este 
espíritu americano, tan joven y ya tan equilibrado, sereno ó 
imparcial, sin mengua del entusiasmo, enamorado del porve- 
nir, pero con veneración por el pasado y con el conocimiento 
positivo del presente. 

* i 

* * 

Dos puntos capitales trata primero, en general, para llegar 
después á lo mas importante de su propósito, á la cuestión 
actual, histórica, de la asimilación del americanismo del Nor- 
te por la América joven latina. 

Combate el utilitarismo primero, en lo que tiene de exclu- 
sivo, de limitado; y jamás he visto demostrada con tanta elo- 



PRÓLOGO XI 

cuencia la falta de idealidad final, de propósito definitivo y 
digno del hombre, de esa tendencia qne, perdiéndose en los 
pormenores de la vida ordinaria, nos oculta el vacio de sus 
últimas indeterminadas aspiraciones. Rodó examina los dos 
grandes ideales humanos históricos, el clásico griego y el cris- 
tiano, y encuentra un momento en que se dan la mano, se 
complementan: el momento de las primitivas iglesias que fun- 
dó San Pablo en Grecia; por ejemplo, Tesalónica y Filipos. 

Lo mismo el cristianismo, en su pureza, que el helenismo, 
se oponen á la moderna barbarie utilitaria. Si algún lector 
recuerda, por acaso, un folleto mió que se llamaba Apolo en 
Pafos, podrá comprender con cuánto gusto aplaudiré á Rodó 
en estas ideas, que yo entonces procuraba hacer plásticas á 
mi manera. 

Donde el joven profesor americano muestra asombrosa 
originalidad es al explicar con elocuencia y profundo pensa- 
miento el intimo sentido del ocio clásico, de la vida que se 
saborea, no á lo edonista, sino con la reflexión, el sentimien- 
to; no apresurándola en loca actividad, siempre en busca de 
medios sin último fin, sino poética, noblemente, como los dio- 
ses, en oportuno y sereno reposo. 

Titiro Virgilio decia: 

Oh Milivoee! (leus nobis hoec otia fecU; 

pero estos ocios que el poeta latino, de alma griega, tenia por 
don digno de un dios, el utilitarismo del dia los desdeña, por- 
que no penetra su valor profundo, porque no ve que el destino 
del hombre es, tanto como vivir, contemplar, sentir la vida. 

Pero además, el utilitarismo geométrico, lógico, llega... á 
la negación de la caridad, al dogma del triunfo del más fuer- 
te, de la lucha por la existencia, legitima también entre hom- 
bres. Pocos dias hace, un sociólogo ilustre, Adriano Vaccaro, 
discutiendo con otro, francés, M. Richard, se sinceraba de la 
acusación de crueldad, de falta de altruismo, ó que se creta 
que le arrastraban sus doctrinas, conformes con la adaptación 
del transformismo aun en sociología. Vaccaro ve la necesidad 



xn PRÓLOGO 

de no ser lógico, de no sacar las últimas consecuencias a 
utilitarismo, para librarse de las teorías que otros, más lógi- 
cos, más consecuentes, predican sin miedo, proclamando el 
abandono y ann el exterminio de los débiles, de los no adap- 
tados; por ejemplo, del hombre delincnente nato, del niño no 
viable, etc., etc. ¿Quién no recuerda las doctrinas de ciertos 
periodistas italianos radicales, que llegan á pedir la persecu- 
ción y supresión del criminal aun antes del crimen, siempre 
que la ciencia le señale como caso necesariamente llamado al 
delito? 

Rodó recuerda con oportunidad al más franco, al más ge- 
nial de los pensadores inspirados en tales egoísmos, á Nietzs- 
che, con su clara y terminante idea del sacrificio de los más 
al placer y progreso de unos pocos, con su desprecio de las 
ternuras cristianas. «Mas, por fortuna— añade Rodó — , tales 
ideas no prevalecerán mientras en el mundo haya dos maderos 
que se puedan colocar en forma de cruz.» 

Pero la democracia, es decir, la atención á los más, y por 
tanto, á los peor dotados, tal como generalmente se entiende, 
no es remedio al utilitarismo, y antes suele ir en su com- 
pañía. 

La democracia niveladora aspirando al monótono imperio 
de las medianías iguales, la democracia mal entendida, la 
combate Rodó con fuertes razones y elocuencia, sin que por 
eso deje que le venzan doctrinas aristocráticas, ni siquiera 
cuando ofrecen el atractivo gracioso é insinuante con que las 
adorna, por ejemplo, un Renán. En mi introducción á la ver- 
sión española de Los héroes, de Carlyle, exponía yo ideas que 
coinciden en este punto con las de Rodó. La democracia es ya 
un hecho vencedor, es algo definitivo, y además, bien inter- 
pretada, es legitima, es lo que piden el progreso y la justicia: 
se puede y se debe, pues, conciliaria con la idea de Carlyle, 
con la misión providencial del heroísmo impulsando la mar- 
cha de la vida. La democracia debe ser la igualdad en las 
condiciones, igualdad de medios para todos, á fin de que la 
desigualdad que después determina la vida nazca de la dife- 



PRÓLOGO XIII 

rencia de las facultades, no del artificio social; de otro modo, 
la sociedad debe ser igualitaria, pero respetando la obra de la 
Naturaleza, que no lo es. Mas no se crea que la desigualdad 
que después determinan las diferencias de méritos, de ener- 
gías, supone en los privilegiados- por la Naturaleza el goce de 
ventajas egoístas, de lucro y vanidad, no: los superiores tienen 
cura de almas, y superioridad debe significar sacrificio. Los 
mejores deben predominar, para mejor servir á todos. Tal es, 
aunque él lo exponga de otro modo, la doctrina de Rodó, al 
resolver las dificultades que para el progreso real de la vida 
podría ofrecer la democracia. 

Perspicaz y elocuente se muestra en tan interesante mate- 
ria de capital importancia y actualidad, no sólo en América, 
sino también en Europa. 

* 
• * 

Bien preparado con todo lo que antecede, llega el autor al 
punto particular y de interés histórico actual, el principal de 
su trabajo. 

Ya se sabe que hoy los Estados Unidos del Norte procuran 
atraer á los americanos latinos, a todo el Sur, con el señuelo 
del panamericanismo; se pretende que olviden lo que tienen 
de latinos, de españoles, mejor, para englobarlos en la civili- 
zación yanqui; se les quiere inocular el utilitarismo anglo- 
americano. T como los triunfos exteriores, brillantes, posi- 
tivos, del americanismo del Norte son tantos, en la América 
española no falta quien se deje sugestionar por esa tendencia. 

Y aquí es donde se muestra realmente admirable el critico 
de Montevideo, bábil como nadie, hábil a fuerza de serena 
imparcialidad, al enumerar y analizar todas los innegables 
grandezas y ventajas del pueblo yanqui, sin omitir nada favo- 
rable, reconociéndoles hasta religiosidad sincera. «Loa admi- 
ro, aunque no los amo», dice Rodó. Y después, con penetra- 
ción digna de Tocqueville, viendo más y mejor que Bourget, 
examina también todo el pasivo norteamericano, los defectos 



I V PRÓLOGO 

de su carácter, de su cultura, de sus ideales. Y estos defectos 
coinciden con el utilitarismo antes examinado. El interés 
material, el goce de bienes de pura sensualidad como fin últi- 
mo, y en rigor, el ansia constante de la lucha para conseguir 
los medios que preparan felicidad tan odiosa y baja. Además, 
la falta de gracia, la ausencia del ocio helénico, de idealidad 
misteriosa; y con esto, el nivel democrático de la medianía 
triunfante, de la cantidad soberana; el número por numen. 

Ariel aconseja á la juventud hispanolatina que no se deje 
seducir por la aireña del Norte; el ideal clásico y el ideal cris- 
tiano deben guiarla, sin que deje de ser moderna, progresiva. 
Como se ve, lo que Rodó pide á los americanos latinos es que 
sean siempre... lo que son... es decir, españoles, hijos de la 
vida clásica y de la vida cristiana. 

Con el mayor entusiasmo recomiendo á todos el substan- 
cioso folleto del critico, ya ilustre, de Montevideo. 

Clarín 



Madrid, 27 Abril. 



ARIEL 



Aquella larde, el viejo y venerado maestro, á 
quien solían llamar Próspero, por alusión al sabio 
mago de La tempestad shakespiriana, se despedía 
de sus jóvenes discípulos, pasado un año de tareas, 
congregándolos una vez más á su alrededor. 

Ya habían llegado ellos á la amplia sala de es- 
tudio, en la que un gusto delicado y severo esme- 
rábase por todas partes en honrar la noble pre- 
sencia de los libros, fieles compañeros de Prós- 
pero. Dominaba en la sala—como numen de su 
ambiente sereno — un bronce primoroso que figu- 
raba al Ariel de La tempestad. Junto á este bronce 
se sentaba habitualmente el maestro, y por ello 
le llamaban con el nombre del mago á quien sirve 
y favorece en el drama el fantástico personaje que 
había interpretado el escultor. Quizá en su ense- 
ñanza y su carácter había, para el nombre, una 
razón y un sentido más profundos. 

Ariel, genio del aire, representa, en el simbo- 
lismo de la obra de Shakespeare, la parte noble y 
alada del espíritu; Ariel es el imperio de la razón 
y el sentimiento sobre los bajos estímulos do la 
irracionalidad; es el entusiasmo generoso, el mó- 
vil alto y desinteresado en la acción, la espiritua- 



16 JOSÉ ENRIQUE» RODÓ 

lidad de la cultura, la vivacidad y la gracia de la 
inteligencia, el término ideal á que asciende la 
selección humana, rectificando en el hombre su- 
perior los tenaces vestigios de Galibán, símbolo de 
sensualidad y de torpeza, con el cincel perseve* 
rante de la vida. 

La estatua, de real arte, reproducía al genio 
aéreo en el instante en que, libertado por la magia 
de Próspero, va á lanzarse á los aires para desva- 
necerse en un lampo. Desplegadas las alas, suelta 
y flotante la leve vestidura, que la caricia de la 
luz en el bronce damasquinaba de oro; erguida la 
amplia frente; entreabiertos los labios por serena 
sonrisa, todo en la actitud de Ariel acusaba admi- 
rablemente el gracioso arranque del vuelo, y con 
inspiración dichosa, el arte que había dado fir- 
meza escultural á su imagen había acertado ái 
conservar en ella al mismo tiempo la apariencia 
seráfica y la levedad ideal. 

Próspero acarició, meditando, la frente de la 
estatua; dispuso luego al grupo juvenil en torno 
suyo, y con su firme voz — voz magistral, que tenía 
para fijar la idea é insinuarse en las profundida- 
des del espíritu, bien la esclarecedora penetración 
del rayo de luz, bien el golpe incisivo del cincel en 
el mármol, bien el toque impregnante del pincel 
en el lienzo ó de la onda en la arena — comenzó á 
decir, frente á una atención afectuosa: 

*** 

Junto á la estatua que habéis visto presidir, 
cada tarde, nuestros coloquios de amigos, en los 
que he procurado despojar á la enseñanza de 
toda ingrata austeridad, voy á hablaros de nuevo, 
para que sea nuestra despedida como el sello 



ARIEL 17 

estampado en un convenio de sentimientos y de 
ideas. 

Invoco á Ariel como mi numen. Quisiera ahora 
para mi palabra la más suave y persuasiva unción 
que ella haya tenido jamás. Pienso que hablará 
la juventud sobre nobles y elevados motivos, cua- 
lesquiera que sean, es un género de oratoria sa- 
grada. Pienso también que el espíritu de la juven- 
tud es un terreno generoso donde la simiente de 
una palabra oportuna suele rendir en corto tiempo 
los frutos de una inmortal vegetación. 

Anhelo colaborar en una página del programa 
que, al prepararos á respirar el aire libre de la 
acción, formularéis, sin duda, en la intimidad de 
vuestro espíritu, para ceñir á él vuestra persona- 
lidad moral y vuestro esfuerzo. Este programa 
propio — que algunas veces se formula y escribe, 
que se reserva otras para ser revelado en el mismo 
transcurso de la acción — no falta nunca en el es- 
píritu de las agrupaciones y los pueblos, que son 
algo más que muchedumbres. Si con relación á la 
escuela de la voluntad individual, pudo Goethe 
decir profundamente que sólo es digno de la li- 
bertad y la vida quien es capaz de conquistarlas 
día á día por sí, con tanta más razón podría de- 
cirse que el honor de cada generación humana 
exige que ella se conquiste por la perseverante 
actividad de su pensamiento, por el esfuerzo pro- 
pio, su fe en determinada manifestación del ideal 
y su puesto en la evolución de las ideas. 

Al conquistar los vuestros, debéis empezar por 
reconocer un primer objeto de fe en vosotros mis- 
mos. La juventud que vivís es una fuerza, de cuya 
aplicación sois los obreros, y un tesoro, de cuya 
inversión sois responsables. Amad ese tesoro y 
esa fuerza; haced que el altivo sentimiento de su 



18 JOSÉ BNRIQU» RODÓ 

posesión permanezca ardiente y eficaz en vos- 
otros. Yo os digo con Renán: «La juventud es el 
descubrimiento de un horizonte inmenso, que es 
la vida.» El descubrimiento que revela las tierras 
ignoradas necesita completarse con el esfuerzo 
viril que las sojuzga. Y ningún otro espectáculo 
puede imaginarse más propio para cautivar á un 
tiempo el interés del pensador y el entusiasmo del 
artista que el que presenta una generación huma- 
na que marcha al encuentro del futuro, vibrante 
con la impaciencia de la acción, alta la frente, en 
la sonrisa un altanero desdén del desengaño, col- 
mada el alma por dulces y remotos mirajes que 
derraman en ella misteriosos estímulos, como las 
visiones de Gipango y El Dorado en las crónicas 
heroicas de los conquistadores. 

Del renacer de las esperanzas humanas, de las 
promesas que fían eternamente al porvenir la rea- 
lidad de lo mejor, adquiere su belleza el alm8 que 
se entreabre al soplo de la vida, dulce é inefable 
belleza, compuesta, como lo estaba la del ama- 
necer para el poeta de Las contemplaciones, de 
un «vestigio de sueño y un principio de pensa- 
miento». 

La Humanidad, renovando de generación en 
generación su activa esperanza y su ansiosa fe en 
un ideal, al través de la dura experiencia de los 
siglos, hacía pensar á Guyau en la obsesión de 
aquella pobre enajenada, cuya extraña y conmo- 
vedora locura consistía en creer Negado constan- 
temente el día de sus bodas. Juguete de su en- 
sueño, ella ceñía cada mañana á su frente pálida 
la corona de desposada y suspendía de su cabeza 
el velo nupcial. Con una dulce sonrisa, disponíase 
luego á recibir al prometido ilusorio, hasta que 
las sombras de la tarde, tras el vano esperar, 



ARIEL 19 

traían la decepción á su alma. Entonces tomaba 
un melancólico tinte su locura. Pero su ingenua 
confianza reaparecía con la aurora siguiente, y ya 
sin el recuerdo del desencanto pasado, murmu- 
rando: «Es hoy cuando vendrá», volvía á ceñirse 
la corona y el velo y á sonreír en espera del pro- 
metido. 

Es así como, no bien la eficacia de un ideal 
ha muerto, la Humanidad viste otra vez sus galas 
nupciales para esperar la realidad del ideal soña- 
do, con nueva fe, con tenaz y conmovedora locu- 
ra. Provocar esa renovación, inalterable como un 
ritmo de la Naturaleza, es en todos los tiempos la 
función y la obra de la juventud. De la3 almas de 
cada primavera humana está tejido aquel tocado 
de novia. Cuando se trata de sofocar esta sublime 
terquedad de la esperanza, que brota alada del 
seno de la decepción, todos los pesimismos son 
vanos. Lo mismo los que se fundan en la razón 
que los que parten de la experiencia, han de re- 
conocerse inútiles para contrastar el altanero «no 
importa» que surge del fondo de la Vida. Hay ve- 
ces en que, por una aparente alteración del ritmo 
triunfal, cruzan la historia humana generaciones 
destinadas á personificar, desde la cuna, la vaci- 
lación y el desaliento. Pero ellas pasan—no sin 
haber tenido quizá su ideal como las otras, en 
forma negativa y con amor inconsciente — , y de 
nuevo se ilumina en el espíritu de la Humanidad 
la esperanza en el Esposo anhelado, cuya imagen, 
dulce y radiosa como en los versos de marfil de 
los místicos, basta para mantener la animación y 
el contento de la vida, aun cuando nunca haya de 
encarnarse en la realidad. 

La juventud, que así significa en el alma de 
los individuos y la de las generaciones luz, amor, 



20 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

energía, existe y lo significa también en el proce- 
so evolutivo de las sociedades. De los pueblos 
que sienten y consideran la vida como vosotros 
serán siempre la fecundidad, la fuerza, el domi- 
nio del porvenir. Hubo una vez en que los atri- 
butos de la juventud humana se hicieron, más 
que en ninguna otra, los atributos de un pueblo, 
los caracteres de una civilización, y en que un so- 
plo de odolescencia encantadora pasó rozando la 
frente serena de una raza. Guando Grecia nació, 
los dioses le regalaron el secreto de su juventud 
inextinguible. Grecia es el alma joven. cAquel que 
en Delfos contempla la apiñada muchedumbre de 
los jonios — dice uno de los himnos homéricos — 
se imagina que ellos no han de envejecer jamás.» 
Grecia hizo grandes cosas porque tuvo, de la ju- 
ventud, la alegría, que es el ambiente de la acción, 
y el entusiasmo, que es la palanca omnipotente. 
El sacerdote egipcio con quien Solón habló en el 
templo de Sais decía al legislador ateniense, com- 
padeciendo á los griegos por su volubilidad bulli- 
ciosa: «¡No sois sino unos niños!» Y Michelet ha 
comparado la actividad del alma helena con un 
festivo juego á cuyo alrededor se agrupan y son- 
ríen todas las naciones del mundo. Pero de aquel 
divino juego de niños sobre las playas del archi- 
piélago y á la sombra de los olivos de Joriia na- 
cieron el arte, la filosofía, el pensamiento libre, la 
curiosidad de la investigación, la conciencia de la 
dignidad humana, todos esos estímulos de Dios 
que son aún nuestra inspiración y nuestro orgu- 
llo. Absorto en su austeridad hierática, el país del 
sacerdote representaba, en tanto, la senectud, que 
se concentra para ensayar el reposo de la eterni- 
dad y aleja con desdeñosa mano todo frivolo sue- 
ño. La gracia, la inquietud, están proscriptas de 



ARIEL 21 

las actitudes de su alma, como del gesto de sus 
imágenes la vida. Y cuando la posteridad vuelve 
las miradas á él, sólo encuentra una estéril noción 
del orden presidiendo al desenvolvimiento de una 
civilización que vivió para tejerse un sudario y 
para edificar sus sepulcros: la sombra de un com- 
pás tendiéndose sobre la esterilidad de la arena. 
Las prendas del espíritu joven — el entusiasmo 
y la esperanza— corresponden, en las armonías 
de la Historia y la Naturaleza, al movimiento y á 
la luz. Adondequiera que volváis los ojos las en- 
contraréis, como el ambiente natural de todas las 
cosas fuertes y hermosas. Levantadlos al ejemplo 
más alto. La idea cristiana, sobre la que aún se 
hace pesar la acusación de haber entristecido la 
tierra proscribiendo la alegría del paganismo, es 
una inspiración esencialmente juvenil mientras 
no se aleja de su cuna. El cristianismo naciente 
es, en la interpretación — que yo creo tanto más 
verdadera cuanto más poética— de Renán, un cua- 
dro de juventud inmarcesible. De juventud del 
alma, ó lo que es lo mismo, de un vivo sueño, de 
gracia, de candor, se compone el aroma divino 
que flota sobre las lentas jornadas del Maestro al 
través de los campos de Galilea; sobre sus prédi- 
cas, que se desenvuelven ajenas á toda penitente 
gravedad; junto á un lago celeste; en los valles 
abrumados de frutos; escuchadas por «las aves 
del cielo» y «los lirios de los campos» con que se 
adornan las parábolas; propagando la alegría del 
«reino de Dios» sobre una dulce sonrisa de la Na- 
turaleza. De este cuadro dichoso están ausentes 
los ascetas que acompañaban en la soledad las 
penitencias del Bautista. Cuando Jesús habla de 
los que á él le siguen, los compara á los paranin- 
fos de un cortejo de bodas. Y es la impresión de 



22 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

aquel divino contento la que, incorporándose á la 
esencia de le nueva fe, se siente persistir al través 
de la odisea de los evangelistas; la que derrama 
en el espíritu de las primeras comunidades cris- 
tianas su felicidad candorosa, su ingenua alegría 
de vivir y la que, al llegar á Roma con los ignora- 
dos cristianos del Transtevere, les abre fácil paso 
en ios corazones; porque ellos triunfaron opo- 
niendo el encanto de su juventud interior — la de 
su alma embalsamada por la libación del vino 
nuevo — á la severidad de los estoicos y á la decre- 
pitud de los mundanos. 

Sed, pues, conscientes poseedores de la fuerza 
bendita que lleváis dentro de vosotros mismos. 
No creáis, sin embargo, que ella esté exenta de 
malograrse y desvanecerse, como un impulso sin 
objeto, en la realidad. De la Naturaleza es la dá- 
diva del precioso tesoro; pero es de las ideas que 
él sea fecundo, ó se prodigue vanamente, ó, frac- 
cionado y disperso en las conciencias personales, 
no se manifieste en la vida de las sociedades hu- 
manas como una fuerza bienhechora. Un escritor 
sagaz rastreaba ha poco en las páginas de la no- 
vela de nuestro siglo — esa inmensa superficie es- 
pecular donde se refleja toda entera la imagen de 
la vida en los últimos vertiginosos cien años — la 
psicología, los estados de alma de la juventud, 
tales como ellos han sido en las generaciones que 
van desde los días de Reno hasta los que han 
visto pasar á Des Esseintes. Su análisis compro- 
baba una progresiva disminución de juventud in* 
terior y de energía en la serie de personajes repre- 
sentativos que se inicia con los héroes, enfermos, 
pero á menudo viriles y siempre intensos de 
pasión de los románticos, y termina con los ener- 
vados de voluntad y corazón, en quienes se refle- 



ARIEL 23 

jan tan desconsoladoras manifestaciones del espí- 
ritu de nuestro tiempo, como la del protagonista 
de A rebours ó la del Robert Greslou de Le Dlsci- 
ple. Pero comprobaba el análisis también un li- 
sonjero renacimiento de animación y de espe- 
ranza en la psicología de la juventud de que suele 
hablarnos una literatura que es quizá nuncio de 
transformaciones más hondas; renacimiento que 
personifican los héroes nuevos de Lemaitre, de 
Wizewa, de Rod, y cuya más cumplida represen- 
tación lo sería tal vez el David Grieve con que 
cierta novelista inglesa contemporánea ha resu- 
mido en un solo carácter todas las penas y todas 
las inquietudes ideales de varias generaciones, 
para solucionarlas en un supremo desenlace de 
serenidad y de amor. 

¿Madurará en la realidad esa esperanza? 

Vosotros, los que vais á pasar, como el obrero 
en marcha á los talleres que le esperan, bajo el 
pórtico del nuevo siglo, ¿reflejaréis quizá sobre el 
arte que os estudie imágenes más luminosas y 
triunfales que las que han quedado de nosotros? 
Si los tiempos divinos en que las almas jóvenes 
daban modelos para los dialoguistas radiantes de 
Platón sólo fueron posibles en una breve prima- 
vera del mundo; si es fuerza cno pensar en los 
dioses», como aconseja la Forquias del segundo 
Fausto al coro de cautivas, ¿no nos será lícito 6 lo 
menos soñar con la aparición de generaciones 
humanas que devuelvan á lo vida un sentido ideal, 
un grande entusiasmo; en las que sea un poder el 
sentimiento; en las que una vigorosa resurrección 
de las energías de la voluntad ahuyente con heroi- 
co clamor, del fondo de las almas, todas las cobar- 
días morales que se nutren á los pechos de la de- 
cepción y de la duda? ¿Será de nuevo la juventud 



24 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

una realidad de la vida colectiva, como lo es la 
vida individual? 

Tal es la pregunta que me inquieta mirán- 
doos. Vuestras primeras páginas, las confesiones 
que nos habéis hecho hasta ahora de vuestro 
mundo íntimo, hablen de indecisión y de estupor á 
menudo; nunca de enervación ni de un definitivo 
quebranto de la voluntad. Yo só bien que el entu- 
siasmo es una surgente viva en vosotros. Yo sé 
bien que las notas de desaliento y de dolor que la 
absoluta sinceridad del pensamiento— virtud to- 
davía más grande que la esperanza — ha podido 
hacer brotar de las torturas de vuestra meditación 
en las tristes é inevitables citas de la Duda, no 
eran indicio de un estado de alma permanente ni 
significaron en ningún caso vuestra desconfianza 
respecto de la eterna virtualidad de la Vida. Cuan- 
do un grito de angustia ha ascendido del fondo de 
vuestro' corazón, no lo habéis sofocado antes de 
pasar por vuestros labios con la austera y muda 
altivez del estoico en el suplicio, pero lo habéis 
terminado con una invocación al ideal que vendrá, 
con una nota de esperanza mesiánica. 

Por lo demás, al hablaros del entusiasmo y la 
esperanza como de altas y fecundas virtudes, no 
es mi propósito enseñaros á trazar la línea in- 
franqueable que separe el escepticismo de la fe, 
la decepción de la alegría. Nada más lejos de mi 
ánimo que la idea de confundir con los atributos 
naturales de la juventud, con la graciosa esponta- 
neidad de su alma, esa indolente frivolidad del 
pensamiento que, incapaz de ver mas que el mo- 
tivo de un juego en la actividad, compra el amor 
y el contento de la vida al precio de su incomuni- 
cación con todo lo que pueda hacer detener el 
paso ante la faz misteriosa y grave de las cosas. 



ARIEL 25 

No es ese el noble significado de la juventud indi- 
vidual, ni ese tampoco el de la juventud de los 
pueblos. Yo he conceptuado siempre vano el pro- 
pósito de los que, constituyéndose en avizores vi- 
gías del destino de América, en custodios de su 
tranquilidad, quisieran sofocar, con temeroso re- 
celo, antes de que llegase á nosotros, cualquiera 
resonancia del humano dolor, cualquier eco veni- 
do de literaturas extrañas que, por triste ó insa- 
no, ponga en peligro la fragilidad de su optimis- 
mo. Ninguna firme educación de la inteligencia 
puede fundarse en el aislamiento candoroso ó en 
la ignorancia voluntaria. Todo problema propues- 
to al pensamiento humano por la Duda, toda sin- 
cera reconvención que sobre Dios ó la Naturale- 
za se fulmine del seno del desaliento y el dolor, 
tienen derecho á que les dejemos llegar á nuestra 
conciencia y á que los afrontemos. Nuestra fuer- 
za de corazón ha de probarse aceptando el reto 
de la Esfinge y no esquivando su interrogación 
formidable. No olvidéis, además, que en ciertas 
amarguras del pensamiento hay, como en sus 
alegrías, la posibilidad de encontrar un punto de 
partida para la acción: hay á menudo sugestiones 
fecundas. Guando el dolor enerva, cuando el dolor 
es la irresistible pendiente que conduce al maras- 
mo ó el consejero pérfido que mueve á la abdica- 
ción de la voluntad, la filosofía que le lleva en sus 
entrañas es cosa indigna de almas jóvenes. Pue- 
de entonces el poeta calificarle de «indolente sol- 
dado que milita bajo las banderas de la muerte». 
Pero cuando lo que nace del seno del dolor es el 
anhelo varonil de la lucha para conquistar ó re- 
cobrar el bien que él nos niega, entonces es un 
acerado acicate de la evolución, es el más pode- 
roso impulso de la vida; no de otro modo que 



26 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

<íomo el hastío, para Helvecio, llega á ser la mayor 
y más preciosa de todas las prerrogativas huma- 
nas, desde el momento en que, impidiendo ener- 
varse nuestra sensibilidad en los adormecimien- 
tos del ocio, se convierte en el vigilante estímulo 
de la acción. 

En tal sentido se ha dicho bien que hay pesi- 
mismos que tienen la significación de un optimis- 
mo par adógico. Muy lejos de suponer la renuncia 
y la condenación de la existencia, ellos propagan, 
con su descontento de lo actual, la necesidad de 
renovarla. Lo que á la Humanidad importa sal- 
var contra toda negación pesimista es, no tanto 
la idea de la relativa bondad de lo presente, sino 
la de la posibilidad de llegar á un término mejor 
por el desenvolvimiento de la vida, apresurado y 
orientado mediante el esfuerzo de los hombres. 
La fe en el porvenir, la confianza en la eficacia 
del esfuerzo humano, son el antecedente necesa- 
rio de toda acción enérgica y de todo propósito 
fecundo. Tal es la razón por la que he querido 
comenzar encareciéndoos la inmortal excelencia 
de esa fe que, siendo en la juventud un instinto, 
no debe necesitar seros impuesta por ninguna 
enseñanza, puesto quo la encontraréis indefecti- 
blemente dejando actuar en el fondo de vuestro 
ser la sugestión divina de la Naturaleza. 

Animados por ese sentimiento, entrad, pues, á 
la vida, que os abre sus hondos horizontes con la 
noble ambición de hacer sentir vuestra presencia 
en ella desde el momento en que la afrontéis con 
la altiva mirada del conquistador. Toca al espíritu 
juvenil la iniciativa audaz, la genialidad innova* 
dora. Quizá universalmente hoy la acción y la in- 
fluencia de la juventud son, en la marcha de las 
sociedades humanas, menos efectivas é intensas 



ARIEL 27 

que debieran ser. Gastón Deschamps lo hacía no- 
tar en Francia, hace poco, comentando la inicia- 
ción tardía de las jóvenes generaciones en la vida 
pública y la cultura de aquel pueblo, y la escasa 
originalidad con que ellas contribuyen al trazado 
de las ideas dominantes. Mis impresiones del pre- 
sente de América, en cuanto ellas pueden tener un 
carácter general á pesar del doloroso aislamiento 
«n que viven los pueblos que la componen, justi- 
ficarían acaso una observación parecida. Y sin 
embargo, yo creo ver expresada en todas partes la 
necesidad de una activa revelación de fuerzas 
nuevas; yo creo que América necesita grande- 
mente de su juventud. He ahí por qué os hablo. 
He ahí por qué me interesa extraordinariamente 
la orientación moral de vuestro espíritu. La ener- 
gía de vuestra palabra y vuestro ejemplo puede 
llegar hasta incorporar ¡as fuerzas vivas del pa- 
sado á la obra del futuro. Pienso con Michelet que 
el verdadero concepto de la educación no abarca 
sólo la cultura del espíritu de los hijos por la ex- 
periencia de los padres, sino también, y con fre- 
cuencia, mucho más la del espíritu de los padres 
por la inspiración innovadora de los hijos. 

Hablemos, pues, de cómo consideraréis la vida 
que os espera. 

* * i 

La divergencia de las vocaciones personales 
imprimirá diversos sentidos á vuestra actividad y 
hará predominar una disposición, una aptitud de- 
terminada, en el espíritu de cada uno de vosotros. 
Los unos seréis hombres de ciencia; los otros se 
réis hombres de arte; los otros seréis hombres de 
acción. Pero por encima de los afectos que hayan 



28 JOSÉ BNRIQUB RODÓ 

de vincularos individualmente á distintas aplica- 
ciones y distintos modos de la vida, debe veiar en 
lo íntimo de vuestra alma la conciencia de la uni- 
dad fundamental de nuestra naturaleza, que exige 
que cada individuo humano sea, ante todo y sobre 
toda otra cosa, un ejemplar no mutilado de la Hu- 
manidad, en el que ninguna noble facultad dei 
espíritu quede obliterada y ningún alto interés de 
todos pierda su virtud comunicativa. Antes que 
las modificaciones de profesión y de cultura, está 
el cumplimiento del destino común de los seres 
racionales. tHay una profesión universal que es 
la del hombre*, ha dicho admirablemente Guyau. 
Y Renán, recordando, á propósito de las civiliza- 
ciones desequilibradas y parciales, que el fin de 
la criatura humana no puede ser exclusivamente 
saber, ni sentir, ni imaginar, sino ser real y ente- 
ramente humana, define el ideal de perfección á 
que ella debe encaminar sus energías como la 
posibilidad de ofrecer en un tipo individual un 
cuadro abreviado de la especie. 

Aspirad, pues, á desarrollar en lo posible, no 
un solo aspecto, sino la plenitud de vuestro ser. 
No os encojáis de hombros delante de ninguna 
noble y fecunda manifestación de la naturaleza 
humana, á pretexto de que vuestra organización 
individual os liga con preferencia á manifestacio- 
nes diferentes. Sed espectadores atentos allí donde 
no podáis ser actores. Cuando cierto falsísimo y 
vulgarizado concepto de la educación, que la ima- 
gina subordinada exclusivamente al fin utilitario, 
se empeña en mutilar, por medio de ese utilitaris- 
mo y de una especialización prematura, la inte- 
gridad natural de los espíritus, y anhela proscribir 
de la enseñanza todo elemento desinteresado é 
ideal, no repara suficientemente en el peligro de 



¿RIBL 29 

preparar pora el porvenir espíritus estrechos, que, 
incapaces de considerar mas que el único aspecto 
de la realidad con que estén inmediatamente en 
contacto, vivirán separados por helados desiertos 
de los espíritus que, dentro de la misma sociedad, 
se hayan adherido á otras manifestaciones de la 
vida. 

Lo necesario de la consagración particular de 
cada uno de nosotros a una actividad determi- 
nada, á un solo modo de cultura, no excluye, cier- 
tamente, la tendencia á realizar, por la íntima 
armonía del espíritu, el destino común de los se- 
res racionales. E**a actividad, esa cultura, serán 
sólo la nota fundamental de la armonía. El verso 
célebre en que el esclavo de la escena antigua 
afirmó que, pues era hombre, no le era ajeno 
nada de lo humano, forma parte de los gritos 
que, por su sentido inagotable, resonarán eterna- 
mente en la conciencia de la Humanidad. Nues- 
tra capacidad de comprender sólo debe tener por 
límite la imposibilidad de comprender á los espí- 
ritus estrechos. Ser incapaz de ver de la Natura- 
leza mas que una faz, de las ideas é intereses 
humanos mas que uno sólo, equivale á vivir en- 
vuelto en una sombra de sueño horadada por un 
solo rayo de luz. La intolerancia, el exclusivismo, 
que cuando nacen de la tiránica absorción de un 
alto entusiasmo, del desborde de un desinteresa- 
do propósito ideal pueden merecer justificación y 
aun simpatía, se convierten en la más abomina- 
ble de las interioridades cuando, en el círculo de 
la vida vulgar, manifiestan la limitación de un 
cerebro incapacitado para reflejar mas que una 
parcial apariencia de las cosas. 

Por desdicha, es en los tiempos y las civiliza- 
ciones que han alcanzado una completa y refi- 



30 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

nada cultura donde el peligro de esa limitación de 
los espíritus tiene una importancia más real y 
conduce á resultados más temibles. Quiere, en 
efecto, la ley de evolución, manifestándose en la 
sociedad como en la Naturaleza por una creciente 
tendencia á la heterogeneidad, que, á medida que 
la cultura general de las sociedades avanza, se 
limite correlativamente la extensión de las apti- 
tudes individuales y haya de ceñirse el campo de 
acción de cada uno á una especialidad más res 
tringida. Sin dejar de constituir una condición ne- 
cesaria de progreso, ese desenvolvimiento del es- 
píritu de especialización trae consigo desventajas 
visibles, que no se limitan á estrechar el horizon- 
te de cada inteligencia, falseando necesariamente 
su concepto del mundo, sino que alcanzan y per- 
judican, por la dispersión de las afecciones y los 
hábitos individuales, al sentimiento de la solida- 
ridad. Augusto Comte ha señalado bien este peli- 
gro de las civilizaciones avanzadas. Un alto esta- 
do de perfeccionamiento social tiene para él un 
grave inconveniente en la facilidad con que sus- 
cita la aparición de espíritus deformados y estre- 
chos; de espíritus «muy capaces bajo un aspecto 
único, ó monstruosamente ineptos bajo todos los 
otros». El empequeñecimiento de un cerebro hu- 
mano por el comercio continuo de un solo género 
de ideas, por el ejercicio indefinido de un solo 
modo de actividad, es para Comte un resultado 
comparable á la mísera suerte del obrero á quien 
la división del trabajo de taller obliga á consumir 
en la invariable operación de un detalle mecánico 
todas las energías de su vida. En uno y otro caso, 
el efeclo moral es inspirar una desastrosa indife- 
rencia por el aspecto general de los intereses de 
la Humanidad. «Y aunque esta especie de auto- 



ARIEL 31 

nomismo humano — agrega el pensador positivis- 
ta — no constituye felizmente sino la extrema in- 
fluencia dispersiva del principio de especializa- 
ción, su realidad, ya muy frecuente, exige que se 
atribuya 6 su apreciación una verdadera impor- 
tancia» (1). 

No menos que á la solidez, daña esa influen- 
cia dispersiva á la estética de la estructura social. 
La belleza incomparable de Atenas, lo imperece- 
dero del modelo legado por sus manos de diosa 
á la admiración y el encanto de la Humanidad, 
nacen de que aquella ciudad de prodigios fundó 
su concepción de la vida en el concierto de todas 
las facultades humanas, en la libre y acordada 
expansión de todas las energías capaces de con- 
tribuir á la gloria y al poder de los hombres. Ate- 
nas supo engrandecer á la vez el sentido de lo 
ideal y el de lo real, la razón y el instinto, las 
fuerzas del espíritu y las del cuerpo. Cinceló las 
cuatro fases del alma. Cada ateniense libre des- 
cribe en derredor de sí, para contener su acción, 
un círculo perfecto, en el que ningún desordena- 
do impulso quebrantará la graciosa proporción 
de la linea. Es atleta y escultura viviente en el 
Gimnasio, ciudadano en el Pnix, polemista y pen- 
sador en los pórticos. Ejercita su voluntad en toda 
suerte de acción viril y su pensamiento en toda 
preocupación fecunda. Por eso afirma Macaulay 
que un día de la vida pública del Ática es más 
brillante programa de enseñanza que los que hoy 
calculamos para nuestros modernos centros de 
instrucción. Y de aquel libre y único florecimien- 
to de la plenitud de nuestra naturaleza surgió el 



Cours de philosophie positive, t. IV, pági 
2.» edición. 



32 JOSÉ BNRIQUB RODÓ 

milagro griego, una inimitable y encantadora mez- 
cla de animación y de serenidad, una primavera 
del espíritu humano, una sonrisa de la Historia. 

En nuestros tiempos, la creciente complejidad 
de nuestra civilización privaría de toda seriedad 
al pensamiento de restaurar esa armonía, sólo 
posible entre los elementos de una graciosa sen- 
cillez. Pero dentro de la misma complejidad de 
nuestra cultura, dentro de la diferenciación pro- 
gresiva de caracteres, de aptitudes, de méritos^ 
que es la ineludible consecuencia del progreso en 
el desenvolvimiento social, cabe salvar una razo- 
nable participación de todos en ciertas ideas y 
sentimientos fundamentales que mantengan la 
unidad y el concierto de la vida en ciertos intere- 
ses del alma, ante los cuales la dignidad del ser 
racional no consiente la indiferencia de ninguno 
de nosotros. 

Guando el sentido de la utilidad material y el 
bienestar domina en el carácter de las sociedades 
humanas con la energía que tiene en la presente, 
los resultados del espíritu estrecho y la cultura 
unilateral son particularmente funestos á la difu- 
sión de aquellas preocupaciones puramente idea- 
les que, siendo objeto de amor para quienes les 
consagran las energías más nobles y perseveran- 
tes de su vida, se convierten en una remota y qui- 
zá no sospechada región para una inmensa parte 
de los otros. Todo género de meditación desinte- 
resada, de contemplación ideal, de tregua íntima, 
en la que los diarios afanes por la utilidad cedan 
transitoriamente su imperio á una mirada noble 
y serena tendida de lo alto de la razón sobre las 
cosas, permanece ignorado, en el estado actual de 
las sociedades humanas, para millones de almas 
civilizadas y cultas á quienes la influencia de la 



ARIBL 33 

educación ó la costumbre reduce al automatismo 
de una actividad en definitiva material. Y bien; 
este género de servidumbre debe considerarse la 
más triste y oprobiosa de todas las condenacio- 
nes morales. Yo os ruego que os defendáis, en la 
milicia de la vida, contra la mutilación de vuestro 
espíritu por la tiranía de un objetivo único é inte- 
resado. No entreguéis nunca á la utilidad ó á la 
pasión sino una parte de vosotros. Aun dentro de 
la esclavitud material, hay la posibilidad de sal- 
var le libertad interior: la de la razón y el senti- 
miento. No tratéis, pues, de justificar por la ab- 
sorción del trabajo ó el combate Ja esclavitud de 
vuestro espíritu. 

Encuentra el símbolo de lo que debe ser nues- 
tra alma en un cuento que evoco de un empolvado 
rincón de mi memoria. Era un rey patriarcal, en 
el Oriente indeterminado ó ingenuo donde gusta 
hacer nido la alegre bandada de los cuentos. Vivía 
su reino la candorosa infancia de las tiendas de 
Ismael y los palacios de Pilos. La tradición le lla- 
mó después en la memoria de los hombres el rey 
hospitalario. Inmensa era la piedad del rey. A 
desvanecerse en ella tendía, como por su propio 
peso, toda desventura. A su hospitalidad acudían 
lo mismo por blanco pan el miserable que el alma 
desolada por el bálsamo de la palabra que aca- 
ricia. Su corazón reflejaba, como sensible placa 
sonora, el ritmo de los otros. Su palacio era la 
casa del pueblo. Todo era libertad y animación 
dentro de este augusto recinto, cuya entrada nunca 
hubo guardas que vedasen. En los abiertos pórti- 
cos formaban corro los pastores cuando consa- 
graban á rústicos conciertos sus ocios; platicaban 
al caer la tarde los ancianos, y frescos grupos de 
mujeres disponían sobre trenzados juncos las 



34 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

flores y los racimos de que se componía única- 
mente el diezmo rea). Mercaderes de Ofir, buho- 
neros de Damasco, cruzaban á todas horas las 
puertas anchurosas, y ostentaban en competencia, 
ante las miradas del rey, las telas, las joyas, los 
perfumes. Junto á su trono reposaban los abru- 
mados peregrinos. Los pájaros se citaban al me- 
diodía para recoger las migajas de su mesa, y con 
el alba, los niños llegaban en bandadas bulliciosas 
al pie del lecho en que dormía el rey de barba de 
plata y le anunciaban la presencia del sol. Lo mis- 
mo á los seres sin ventura que á las cosas sin 
alma alcanzaba su libertad infinita. La Naturaleza 
sentía también la atracción de su llamado gene- 
roso; vientos, aves y plantas parecían buscar — co- 
mo en el mito de Orfeo y en la leyenda de San 
Francisco de Asís— la amistad humana en aquel 
oasis de hospitalidad. Del germen caído al acaso 
brotaban y florecían, en las junturas de los pavi- 
mentos y los muros, los alelíes de las ruinas, sin 
que una mano cruel los arrancase ni los hollara 
un pie maligno. Por las francas ventanas se ten- 
dían al interior de las cámaras del rey las enreda- 
deras osadas y curiosas. Los fatigados vientos 
abandonaban largamente sobre el alcázar real su 
carga de aromas y armonías. Empinándose desde 
el vecino mar, como si quisieran ceñirle en un 
abrazo, le salpicaban las olas con su espuma. Y 
una libertad paradisial, una inmensa reciprocidad 
de confianzas, mantenían por dondequiera la ani- 
mación de una fiesta inextinguible... 

Pero dentro, muy dentro, aislada del alcázar 
ruidoso por cubiertos canales, oculta á la mirada 
vulgar — como la perdida iglesia de Uhland en lo 
esquivo del bosque — , al cabo de ignorados sende- 
ros, una misteriosa sala se extendía, en la que á 



ARIEL 35 

nadie era lícito poner la planta sino al mismo rey, 
cuya hospitalidad se trocaba en sus umbrales en 
la apariencia de ascético egoísmo. Espesos muros 
la rodeaban. Ni un eco del bullicio exterior, ni 
una nota escapada al concierto de la Naturaleza, 
ni una palabra desprendida de labios de los hom- 
bres, lograban traspasar el espesor de los sillares 
de pórfido y conmover una onda del aire en la 
prohibida estancia. Religioso silencio velaba en 
ella la castidad del aire dormido. La luz, que ta- 
mizaban esmaltadas vidrieras, llegaba lánguida, 
medido el paso por una inalterable igualdad, y se 
diluía, como copo de nieve que invade un nido 
tibio, en la calma de un ambiente celeste. Nunca 
reinó tan honda paz ni en oceánica gruta ni en 
soledad nemorosa. Alguna vez — cuando la noche 
era diáfana y tranquila — , abriéndose á modo de 
dos valvas de nácar, la artesonada techumbre de- 
jaba cernerse en su lugar la magnificencia de las 
hombres serenas. En el ambiente flotaba, como 
una onda indisipable, la casta esencia del nenúfar, 
el perfume sugeridor del adormecimiento pense- 
roso y de la contemplación del propio ser. Graves 
cariátides custodiaban las puertas de marfil en la 
actitud del silenciario. En los testeros, esculpidas 
imágenes hablaban de idealidad, de ensimisma- 
miento, de reposo... Y el viejo rey aseguraba que, 
aun cuando á nadie fuera dado acompañarle hasta 
allí, su hospitalidad seguía siendo en el misterioso 
seguro tan generosa y grande como siempre; sólo 
que los que él congregaba dentro de sus muros 
discretos eran convidados impalpables y huéspe- 
des sutiles. En él soñaba, en él se libertaba de la 
realidad el rey legendario; en él sus miradas se 
volvían á lo interior y se bruñían en la meditación 
sus pensamientos como las guij??s lavadas por la 



36 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

espuma; en él se desplegaban sobre su noble 
frente las blancas alas de Psiquis... Y luego, cuan- 
do la muerte vino á recordarle que él no había 
sido sino un huésped mes en palacio, la impene- 
trable estancia quedó clausurada y muda para 
siempre, para siempre abismada en su reposo in- 
finito; nadie la profanó jamás, porque nadie hu- 
biera osado poner la planta irreverente allí donde 
el viejo rey quiso estar solo con sus sueños y ais- 
lado en la última Tule de su alma. 

Yo doy al cuento el escenario de vuestro reino 
interior. Abierto con una saludable liberalidad, 
como la casa del monarca, confiado á todas ¿as 
corrientes del mundo, existía en él, al mismo 
tiempo, la celda escondida y misteriosa que des- 
conozcan los huéspedes profanos y que á nadie 
mas que á la razón serena pertenezca. Sólo cuan- 
do penetréis dentro del inviolable seguro podréis 
llamaros, en realidad, hombres libres. No lo son 
quienes, enajenando insensatamente el dominio 
de sí á favor de la desordenada pasión ó el interés 
utilitario, olvidan que, según el sabio precepto de 
Montaigne, nuestro espíritu puede ser objeto de 
préstamo, paro no de cesión. Pensar, soñar, admi- 
rar: he ahí los nombres de los sutiles visitantes 
de mi celda. Los antiguos los clasificaban dentro 
de su noble inteligencia del ocio, que ellos tenían 
por el más elevado empleo de una existencia ver- 
daderamente racional, identificándolo con la liber- 
tad del pensamiento emancipado de todo innoble 
yugo. El ocio noble era la inversión del tiempo que 
oponían, como expresión de la vida superior, á la 
actividad económica. Vinculando exclusivamente 
á esa alta y aristocrática idea del reposo su concep- 
ción de la dignidad de la vida, el espíritu clásico 
encuentra su corrección y su complemento en 



ARIEL 37 

nuestra moderna creencia en la dignidad del tra- 
bajo útil; y entrambas atenciones del alma pueden 
componer, en la existencia individual, un ritmo, 
sobre cuyo mantenimiento necesario nunca será 
inoportuno insistir. La escuela estoica, que ilu- 
minó el ocaso de la antigüedad como por un an- 
ticipado resplandor del cristianismo, nos ha lega- 
do una sencilla y conmovedora imagen de la sal- 
vación de la libertad interior, aun en medio de los 
rigores de la servidumbre, en la hermosa figura de 
Cleanto, de aquel Cleanto que, obligado á emplear 
la fuerza de sus brazos de atleta en sumergir el 
cubo de una fuente y mover la piedra de un mo- 
lino, concedía á la meditación las treguas del que- 
hacer miserable y trazaba con encallecida mano 
sobre las piedras del camino las máximas oídas 
de labios de Zenón. Toda educación racional, todo 
perfecto cultivo de nuestra naturaleza, tomarán 
por punto de partida la posibilidad de estimular 
en cada uno de nosotros la doble actividad que 
simboliza Cleanto. 

Una vez más: el principio fundamental de vues- 
tro desenvolvimiento, vuestro lema en la vida, 
deben ser mantener la integridad de vuestra con- 
dición humana. Ninguna función particular debe 
prevalecer jamás sobre esa finalidad suprema. 
Ninguna fuerza aislada puede satisfacer I03 fines 
racionales de la existencia individual, como no 
puede producir el ordenado concierto de la exis- 
tencia colectiva. Así como la deformidad y el em- 
pequeñecimiento son, en el alma de los indivi- 
duos, eí resultado de un exclusivo objeto impuesto 
á la acción y un solo modo de cultura, la falsedad 
de lo artificial vuelve efímera la gloria de las so- 
ciedades que han sacrificado el libre desarrollo de 
su sensibilidad y su pensamiento, ya á la actividad 



38 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

mercantil, como en Fenicia; ya á la guerra, como 
en Esparta; ya al misticismo, como en el terror del 
milenario; ya á la vida de sociedad y de salón, 
como en la Francia del siglo XVIII. Y preserván- 
doos contra toda mutilación de vuestra naturaleza 
moral, aspirando é ia armoniosa expansión de 
vuestro ser en todo noble sentido, pensad al mis- 
mo tiempo en que ia más fácil y frecuente de las 
mutilaciones es, en el carácter actual de las socie 
dades humanas, la que obliga al alma á privarse 
de ese género de vida interior donde tienen su 
ambiente propio todas las cosas delicadas y nobles 
que, á la intemperie de la realidad, quema el alien- 
to de la pasión impura y el interés utilitario pros- 
cribe; la vida de que son parte la meditación des- 
interesada, la contemplación ideal, el ocio antiguo, 
la impenetrable estancia de mi cuento. 

* * 

Así como el primer impulso de la profanación 
será dirigirse á lo más sagrado del santuario, la 
regresión vulgarizadora contra la que os prevengo 
comenzará por sacrificar lo más delicado del espí- 
ritu. De todos los elementos superiores de la exis- 
tencia racional, es el sentimiento de lo bello, la 
visión clara de la hermosura de las cosas, el que 
más fácilmente marchita la aridez de la vida limi- 
tada á la invariable descripción del círculo vulgar, 
convirtiéndole en el atributo de una minoría que 
lo custodia, dentro de cada sociedad humana, 
como el depósito de un precioso abandono. La 
emoción de belleza es al sentimiento de las idea- 
lidades como el esmalte del anillo. El efecto del 
contacto brutal por ella empieza fatalmente, y es 
sobre ella como obra de modo más seguro. Una 



ARIEL 



absoluta indiferencia llega á ser así el carácter 
normal, con relación á lo que debiera ser univer- 
sal amor de las almas. No es más intensa la estu- 
pefacción del hombre salvaje en presencia de los 
instrumentos y las formas materiales de la civili- 
zación, que la que experimenta un número re- 
lativamente grande de hombres cultos frente á los 
actos en que se revele el propósito y el hábito de 
conceder una seria realidad á la relación hermosa 
de la vida. 

El argumento del apóstol traidor ante el vaso 
de nardo derramado inútilmente sobre la cabeza 
del Maestro es todavía una de las fórmulas del 
sentido común. La superfluidad del arte no vale 
para la masa anónima los trescientos denarios. Si 
acaso la respeta, es como á un culto esotérico. Y 
sin embargo, entre todos los elementos de educa- 
ción humana que pueden contribuir á formar un 
amplio y noble concepto de la vida, ninguno justi- 
ficaría más que el arte un interés universal, porque 
ninguno encierra — según la tesis desenvuelta en 
elocuentes páginas* de Schíller— la virtualidad de 
una cultura más extensa y completa, en el sentido 
de prestarse á un acordado estímulo de todas las 
facultades del alma. 

Aunque el amor y la admiración de la belleza 
no respondiesen á una noble espontaneidad del 
ser racional y no tuvieran con ello suficiente valor 
para ser cultivados por sí mismos, sería un motivo 
superior de moralidad el que autorizaría á propo- 
ner la cultura de los sentimientos estéticos, como 
un alto interés de todos. Si á nadie es dado renun- 
ciar á la educación del sentimiento moral, este 
deber trae implícito el de disponer el alma para la 
clara visión de la belleza. Considerad al educado 
sentido de lo bello el colaborador más eficaz en la 



40 JOSÉ ENRIQUHi RODÓ 

formación de un delicado instinto de justicia. L& 
dignificación, el ennoblecimiento interior, no ten- 
drán nunca artífice más adecuado. Nunca la cria- 
tura humana se adherirá de más segura manera 
al cumplimiento del deber que cuando, además de 
sentirle como una imposición, lo sienta estética- 
mente, como una armonía. Nunca ella será más 
plenamente buena que cuando sepa, en las formas 
con que se manifieste activamente su virtud, res- 
petar en los demás el sentimiento de lo hermoso. 

Cierto es que la santidad del bien purifica y 
ensalza todas las groseras apariencias. Puede él 
indudablemente realizar su obra sin darle el pres- 
tigio exterior de la hermosura. Puede el amor ca- 
ritativo llegar á la sublimidad con medios toscos, 
desapacibles y vulgares. Pero no es sólo más her- 
mosa, sino mayor, la caridad que anhela transmi- 
tirse en las formas de lo delicado y lo selecto; por- 
que ella añade á sus dones un beneficio más, una 
dulce é inefable caricia que no se sustituye con 
nada y que realza el bien que se concede como un 
toque de luz. 

Dar á sentir lo hermoso es obra de misericor- 
dia. Aquellos que exigirían que el bien y la verdad 
se manifestasen invariablemente en formas adus- 
tas y severas me han parecido siempre amigos 
traidores del bien y la verdad. La virtud es también 
un género de arte, un arte divino; ella sonríe ma- 
ternalmente á las Gracias. La enseñanza que se 
proponga fijar en los espíritus la idea del deber 
como la de la más seria realidad debe tender á 
hacerla concebir al mismo tiempo como la más 
alta poesía. Guyau, que es rey de las compara- 
ciones hermosas, se vale de una insustituible para 
expresar este doble objeto de la cultura moral. 
Recuerda el pensador los esculpidos respaldos del 



ARIBL 41 

coro de una gótica iglesia, en los que la madera- 
labrada bajo la inspiración de la fe, presenta en 
una faz escenas de una vida de santo y en la otra 
faz ornamentales círculos de flores. Por tal ma- 
nera, á cada gesto del santo, significativo de su 
piedad ó su martirio, á cada rasgo de su fisonomía 
ó su actitud, corresponde del opuesto lado una 
corola ó un pótalo. Para acompañar la represen- 
tación simbólica del bien, brotan, ya un lirio, ya 
una rosa. Piensa Guyau que no de otro modo debe 
estar esculpida nuestra alma; y ól mismo, el dulce 
maestro, ¿no es, por la evangélica hermosura de 
su genio de apóstol, un ejemplo de esa viva ar- 
monía? 

Yo creo indudable que el que ha aprendido á 
distinguir de lo delicado lo vulgar, lo feo de lo her- 
moso, lleva hecha media jornada para distinguir 
lo malo de lo bueno. No es, por cierto, el buen gus- 
to, como quería cierto liviano dilettantismo moral, 
el único criterio para apreciar la legitimidad de 
las acciones humanas; pero menos debe conside- 
rársele, con el criterio de un estrecho ascetismo, 
una tentación de error y una sirte engañosa. No le 
señalaremos nosotros como la senda misma del 
bien; sí como un camino paralelo y cercano que 
mantiene muy aproximados á ella el paso y la mi- 
rada del viajero. A medida que la Humanidad 
avance, se concebirá más claramente la ley moral 
como una estética de la conducta. Se huirá del mal 
y del error como de una disonancia; se buscará 
lo bueno como el placer de una armonía. Guando 
la severidad estoica de Kant inspira, simbolizando 
el espíritu de su ótica, las austeras palabras: c Dor- 
mía, y soñó que la vida era belleza; despertó, y 
advertí que ella es deber», desconoce que, si el 
deber es la realidad suprema, en ella puede hallar 



42 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

realidad el objeto de su sueño, porque la concien- 
cia del deber le dará, con la visión ciara de lo 
bueno, la complacencia de lo hermoso. 

En el alma del redentor, del misionero, del 
filántropo, debe exigirse también entendimiento en 
hermosura, hay necesidad de que colaboren ciertos 
elementos del genio del artista. Es inmensa la 
parte que corresponde al don de descubrir y reve- 
lar la íntima belleza de las ideas, en la eficacia de 
las grandes revoluciones morales. Hablando de ia 
más alta da todas, ha podido decir Renán profun- 
damente que «la poesía del precepto, que le hace 
amar, significa más que el precepto mismo, to- 
mado como verdad abstracta». La originalidad de 
la obra de Jesús no está, efectivamente, en la acep- 
ción literal de su doctrina — puesto que ella puede 
reconstituirse toda entera sin salir de la moral de 
la sinagoga, buscándola desde el Deuteronomio 
hasta el Talmud — , sino en haber hecho sensible 
con su prédica la poesía del precepto, es decir, su 
belleza íntima. 

Pálida gloria será la de las épocas y las comu- 
niones que menosprecian esa relación estética de 
su vida ó de su propaganda. El ascetismo cristia- 
no, que no supo encarar mas que una sola faz del 
ideal, excluyó de su concepto de la perfección todo 
lo que hace á la vida amable, delicada y hermosa; 
y su espíritu estrecho sirvió para que el instinto 
indomable de la libertad, volviendo en una de esas 
arrebatadas reacciones del espíritu humano, en- 
gendrase en la Italia del Renacimiento un tipo de 
civilización que consideró vanidad el bien moral 
y sólo creyó en la virtud de la apariencia fuerte y 
graciosa. Él puritanismo, que persiguió toda be- 
lleza y toda selección intelectual; que veló indig- 
nado la casta desnudez de las estatuas; que pro- 



ARIEL 43 

fesó la afectación de la fealdad en las maneras, en 
el traje, en los discursos; la secta triste que, impo- 
niendo su espíritu desde el Parlamento ingle?, 
mandó extinguir las fiestas que manifestasen ale- 
gría y segar ios árboles que diesen flores, tendió 
junto é la virtud, al divorciarla del sentimiento de 
lo bello, una sombra de muerte que aún no ha 
conjurado enteramente Inglaterra, y que dura en 
las menos amables manifestaciones de su religio- 
sidad y sus costumbres. Macaulay declara preferir 
la grosera caja de plomo en que los puritanos 
guardaron el tesoro de la libertad, al primoroso 
cofre esculpido en que la corte de Garlos II hizo 
acopio de sus refinamientos. Pero como ni la li- 
bertad ni ia verdad necesitan guardarse en caja 
de plomo, mucho más que todas las severidades 
de ascetas y de puritanos valdrán siempre, para la 
educación de la Humanidad, la gracia del ideal 
antiguo, la moral armoniosa de Platón, el movi- 
miento pulcro y elegante con que la mano de 
Atenas tomó, para llevarla á los labios, la copa de 
la vida. 

La perfección de la moralidad humana consis- 
tiría en infiltrar el espíritu de la caridad en los 
moldes de la elegancia griega. Y esta suave armo- 
nía ha tenido en el mundo una pasajera realiza- 
ción. Guando la palabra del cristianismo naciente 
llegaba con San Pablo al seno de las colonias grie- 
gas de Macedonia.á Tesalónica y Filipos, y el Evan- 
gelio, aún puro, se difundía en el alma de aque- 
llas sociedades finas y espirituales, en las que el 
sello de la cultura helénica mantenía una encan- 
tadora espontaneidad de distinción, pudo creerse 
que los dos ideales más altos de la Historia iban 
á enlazarse para siempre. En el estilo epistolar de 
San Pablo queda la huella de aquel momento en 



44 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

que la caridad se heleniza. Este dulce consorcio 
duró poco. La armonía y la serenidad de la con- 
cepción pagana de la vida se apartaron cada vez 
mas de la idea nueva que marchaba entonces á la 
conquista del mundo. Pero para concebir la ma- 
nera como podría señalarse el perfeccionamiento 
moral de la Humanidad, un paso adelante, sería 
necesario soñar que el ideal cristiano se recon- 
cilia de nuevo con la serena y luminosa alegría de 
la antigüedad, imaginarse que el Evangelio se 
propaga otra vez en Tesalónica y Filipos. 

Cultivar el buen gusto no significa sólo perfec- 
cionar una forma exterior de la cultura, desenvol- 
ver una aptitud artística, cuidar con exquisitez 
superflua una elegancia de la civilización. El buen 
gusto es «una rienda firme de criterio». Martha ha 
podido atribuirle exactamente la significación de 
una segunda conciencia que nos orienta y nos de- 
vuelve á la luz cuando la primera se obscurece y 
vacua. El sentido delicado de la belleza es, para 
Bagehot, un aliado del tacto seguro de la vida y de 
la dignidad de las costumbres. «La educación del 
buen gusto — agrega el sabio pensador — se dirige 
á favorecer el ejercicio del buen sentido, que es 
nuestro principal punto de apoyo en la compleji- 
dad de la vida civilizada.» Si algunas veces veis 
unida esa educación, en el espíritu de los indivi- 
duos y las sociedades, al extravío del sentimiento 
ó la moralidad, es porque en tales casos ha sido 
cultivada como fuerza aislada y exclusiva, imposi- 
bilitándose de ese modo el efecto de perfecciona- 
miento moral que ella puede ejercer dentro de un 
orden de cultura en el que ninguna facultad del 
espíritu sea desenvuelta prescindiendo de su rela- 
ción con las otras. En el alma que haya sido ob- 
jeto de una estimulación armónica y perfecta, la 



ARIEL 45 

gracia íntima y la delicadeza del sentimiento de 
lo bello serán una misma cosa con la fuerza y la 
rectitud de la razón. No de otra manera observa 
Taine que, en las grandes obras de la arquitectura 
antigua, la belleza es una manifestación sensible 
de la solidez, la elegancia se identifica con la apa- 
riencia de la fuerza: <Las mismas líneas del Parte- 
nón que halagan á la mirada con proporciones 
armoniosas contentan a la inteligencia con pro- 
mesas de eternidad. > 

Hay una relación orgánica, una natural y es- 
trecha simpatía, que vincula á las subversiones 
del sentimiento y de la voluntad con las falsedades 
y las violencias del mal gusto. Si nos fuera dado 
penetraren el misterioso laboratorio de las almas 
y se reconstruyera la historia íntima de las del pa- 
sado para encontrar la fórmula de sus definitivos 
caracteres morales, sería un interesante objeto de 
estudio determinar la parte que corresponde, en- 
tre los factores de la refinada perversidad de Ne- 
rón, al germen de histrionismo monstruoso depo- 
sitado en el alma de aquel cómico sangriento por 
la retórica afectada de Séneca. Guando se evoca 
la oratoria de la Convención y el hábito de una 
abominable perversión retórica se ve aparecer por 
todas partes, como la piel felina del jacobinismo, 
es imposible dejar de relacionar, como los radios 
que parten de un mismo centro, como los acci- 
dentes de una misma insania, el extravío del gus- 
to, el vértigo del sentido moral y la limitación fa- 
nática de la razón. 

Indudablemente, ninguno más seguro entre 
los resultados de la estética que el que nos ense- 
ña á distinguir, en la esfera de lo relativo, lo bue- 
no y lo verdadero de lo hermoso, y á aceptar la 
posibilidad de una belleza del mal y del error. 



46 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

Pero no se necesita desconocer esta verdad, defi- 
nitivamente verdadera, para creer en ei encadena- 
miento simpático de todos aquellos altos fines 
del alma, y considerar á cada uno de ellos como 
ei punto de partida, no único, pero sí más segu- 
ro, de donde sea posible dirigirse al encuentro de 
los otros. 

La idea de un superior acuerdo entre el buen 
gusto y ei sentido moral es, pues, exacta, lo mis- 
mo en el espíritu de los individuos que en el es- 
píritu de las sociedades. Por lo que respecta á es- 
tas últimas, esa relación podría tener su símbolo 
en la que Rosenkranz afirmaba existir entre la li- 
bertad y el orden moral, por una parte, y por la 
otra, la belleza de las formas humanas como un 
resultado del desarrollo de las razas en el tiem- 
po. Esa belleza típica refleja, para el pensador 
hegueliano, el efecto ennoblecedor de la libertad; 
la esclavitud afea al mismo tiempo que envilece; 
la conciencia de su armonioso desenvolvimiento 
imprime á las razas libres el sello exterior de la 
hermosura. 

En el carácter de los pueblos, los dones deri- 
vados de un gusto fino, ei dominio de las formas 
graciosas, la delicada aptitud de interesar, la vir- 
tud de hacer amables las ideas, se identifican, 
además, con el «genio dé la propaganda», es de- 
cir, con el don poderoso de la universalidad. Bien 
sabido es que, en mucha parte, á la posesión de 
aquellos atributos escogidos debe referirse la sig- 
nificación humana que el espíritu francés acier- 
ta á comunicar á cuanto elige y consagra. Las 
ideas adquieren alas potentes y veloces, no en el 
helado seno de la abstracción, sino en el lumino- 
so y cálido ambiente de la forma. Su superioridad 
de difusión, su prevalencia á veces, dependen de 



ABIBL 47 

que las Gracias las hayan bañado con su luz. Tal 
así, en las evoluciones de la vida, esas encanta- 
doras exterioridades de la Naturaleza, que pare- 
cen representar exclusivamente la dádiva de una 
caprichosa superfluidad — la música, el pintado 
plumaje de las aves, y como reclamo para el in- 
secto propagador del polen fecundo, ei matiz de 
las flores, su perfume — , han desempeñado, entre 
los elementos de la concurrencia vital, una fun-, 
ción realísima, puesto que, significando una su- 
perioridad de motivos, una razón de preferencia 
para las atracciones del amor, han hecho preva- 
lecer dentro de cada especie á los seres mejor do- 
tados de hermosura sobre los menos ventajosa- 
mente dotados. 

Para un espíritu en que exista el amor instin- 
tivo de lo bello, hay, sin duda, cierto género de 
mortificación en resignarse á defenderle por me- 
dio de una serie de argumentos que se funden en 
otra razón, en otro principio que el mismo irres- 
ponsable y desinteresado amor de la belleza, en 
la que halla su satisfacción uno de los impulsos 
fundamentales de la existencia racional. Infortu- 
nadamente, este motivo superior pierde su impe- 
rio sobre un inmenso número de nombres á quie- 
nes es necesario enseñar el respeto debido á ese 
amor del cual no participan, revelándoles cuáles 
son las relaciones que lo vinculan á otros géneros 
de intereses humanos. Para ello, deberá lucharse 
muya menudo con el concepto vulgar de estas 
relaciones. En efecto, todo lo que tienda á suavi- 
zar los contornos del carácter social y las costum- 
bres; á aguzar el sentido de la belleza; á hacer del 
gusto una delicada impresionabilidad del espfri- S 
tu, y de la gracia una forma univers«l de la activi- 
dad, equivale, para el criterio de muchos devoto» 



48 JOSÉ BNRIQUE RODÓ 

de lo severo ó de lo útil, á menoscabar el temple 
varonil. y heroico de las sociedades por una parte, 
su capacidad utilitaria y positiva por la otra. He 
leído en Los trabajadores del mar que, cuando un 
buque de vapor surcó por primera vez las ondas 
del canal de la Mancha, los campesinos de Jersey 
lo anatematizaban en nombre de una tradición po- 
pular que consideraba elementos irreconciliables 
y destinados fatídicamente á la discordia el agua 
y el fuego. El criterio común abunda en la creen- 
cia de enemistades parecidas. Si os proponéis 
vulgarizar el respeto por lo hermoso, empezad 
por hacer comprender la posibilidad de un armó- 
nico concierto de todas las legítimas actividades 
humanas, y esa será más fácil tarea que la de 
convertir directamente el amor de la hermosura, 
para ella misma, en atributo de la multitud. Para 
que la mayoría de los hombres no se sientan in- 
clinados á expulsar á las golondrinas de la casa t 
siguiendo el consejo de Pitagoras, es necesario 
argumentarles, no con la gracia monástica del 
ave ni su leyenda de virtud, sino con que la per- 
manencia de sus nidos no es en manera alguna 
inconciliable con la seguridad de los tejados. 

* 
* * 

A la concepción de la vida racional que se fun- 
da en el libre y armonioso desenvolvimiento de 
nuestra naturaleza, é incluye, por lo tanto, entre 
sus fines esenciales el que se satisface con la 
contemplación sentida de lo hermoso, se opone 
— como norma de la conducta humana — la con- 
cepción utilitaria, por la cual nuestra actividad, 
toda entera, se orienta en relación á la inmediata 
finalidad del interés. 



ARIEL 49 

La inculpación de utilitarismo estrecho que 
suele dirigirse al espíritu de nuestro siglo en 
nombre del ideal y con rigores de anatema, se 
funda, en parte, sobre el desconocimiento de que 
sus titánicos esfuerzos por la subordinación de 
las fuerzas de la Naturaleza á la voluntad humana 
y por la extensión del bienestar material son un 
trabajo necesario que preparará, como el labo- 
rioso enriquecimiento de una tierra agotada, la 
florescencia de idealismos futuros. La transitoria 
predominancia de esa función de utilidad que ha 
absorbido á la vida agitada y febril de estos cien 
años sus más potentes energías explica, sin em- 
bargo — ya que no las justifique — , muchas nostal- 
gias dolorosas, muchos descontentos y agravios 
de la inteligencia, que se traducen, bien por una 
melancolía y exaltada idealización de lo pasado, 
bien por una desesperanza cruel del porvenir. Hay, 
por ello, un fecundísimo, un bienaventurado pen- 
samiento en el propósito de cierto grupo de pen- 
sadores de las últimas generaciones — entre los 
cuales sólo quiero citar una vez más la noble figu- 
ra de Guyau — que han intentado sellar la recon- 
ciliación definitiva de las conquistas del siglo con 
la renovación de muchas viejas devociones huma- 
nas, y que han invertido en esa obra bendita tan- 
tos tesoros de amor como de genio. 

Con frecuencia habréis oído atribuir á dos cau- 
sas fundamentales el desborde del espíritu de 
utilidad que da su nota á la fisonomía moral del 
siglo presente, con menoscabo de la consideración 
estética y desinteresada de la vida. Las revelacio- 
nes de la ciencia de la Naturaleza — que, según 
intérpretes, ya adversos, ya favorables á ellas, con- 
vergen á destruir toda idealidad por su base — son, 
la una, la universal difusión, y el triunfo de las 



i 



50 JOSÉ BNRIQU» RODÓ 

ideas democráticas la otra. Yo me propongo ha- 
blaros exclusivamente de esta última causa, por- 
que confio en que vuestra primera iniciación en 
las revelaciones de la ciencia ha sido dirigida como 
para preservaros del peligro de una interpretación 
vulgar. Sobre la democracia pesa la acusación de 
guiar á la Humanidad, mediocrizándola, á un 
Sacro Imperio del utilitarismo. La acusación se 
refleja con vibrante intensidad en las páginas 
— para mí siempre llenas de un sugestivo encan- 
to — del más amable entre los maestros del espí- 
ritu moderno, en las seductoras páginas de Renán, 
á cuya autoridad ya me habéis oído varias veces 
referirme, y de quien pienso volver á hablaros á 
menudo. Leed á Renán aquellos de vosotros que 
]o ignoréis todavía, y habréis de amarle como yo. 
Nadie como él me parece, entre los modernos, 
dueño de ese arte de censeñar con gracia» que 
Anatole France considera divino. Nadie ha acer- 
tado como él á hermanar con la ironía la piedad. 
Aun en el rigor del análisis, sabe poner la unción 
del sacerdote. Aun cuando enseña á dudar, su 
suavidad exquisita tiene una onda balsámica sobre 
la duda. Sus pensamientos suelen dilatarse, den- 
tro de nuestra alma, con ecos tan inefables y tan 
vagos, que hacen pensar en una religiosa música 
de ideas. Por su infinita comprensibilidad ideal, 
acostumbran las clasificaciones de la crítica per- 
sonificar en él el alegre escepticismo de los dileU 
tanti que convierten en traje de máscara la capa 
del filósofo; pero si alguna vez intimáis dentro de 
su espíritu, veréis que la tolerancia vulgar de los 
escépticos se distingue de su tolerancia, como la 
hospitalidad galante de un salón del verdadero 
sentimiento de la caridad. 

Piensa, pues, el maestro que una alta preocu- 



AR1BL 61 

pación por los intereses ideales de la especie es 
opuesta del todo al espíritu de )a democracia. 
Piensa que la concepción de la vida, en una socie- 
dad donde ese espíritu domine, se ajustará pro- 
gresivamente á la exclusiva persecución del bien- 
estar material como beneficio propagable al mayorí I 
número de personas. Según él, siendo la demo-V I 
cracia la entronización de Calibán, Ariel no puede ] 
menos que ser el vencido de ese triunfo. Abundan 
afirmaciones semejantes á estas de Renán en la I 
palabra de muchos de los más caracterizados re- / 
presentantes que los intereses de la cultura esté- 
tica y la selección del espíritu tienen en el pensa- 
miento contemporáneo. Así, Bourget se inclina á 
creer que el triunfo universal de las instituciones 
democráticas hará perder á la civilización en pro- 
fundidad lo que la hace ganar en extensión. Ve su 
forzoso término en el imperio de un individualis- 
mo mediocre. «Quien dice democracia — agrega el 
sagaz autor de Andrés Cornelis — dice desenvolvi- 
miento progresivo de las tendencias individuales 
y disminución de la cultura.» Hay en la cuestión 
que plantean estos juicios severos un interés viví- 
simo para los que amamos — al mismo tiempo — 
por convencimiento la obra de la Revolución, que 
en nuestra América se enlaza además con las 
glorias de su génesis, y por instinto, la posibilidad 
de una noble y selecta vida espiritual que en nin- 
gún caso haya de ver sacrificada su serenidad au- 
gusta á los caprichos de la multitud. Para afrontar 
el problema, es necesario empezar por reconocer 
que cuando la democracia no enaltece su espíritu 
por la influencia de una fuerte preocupación ideal 
que comparta su imperio con la preocupación de 
los intereses materiales, ella conduce fatalmente á 
la privanza de la mediocridad, y carece, más que 



52 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

ningún otro régimen, de eficaces barreras con las 
cuales asegurar dentro de un ambiente adecuado 
la inviolabilidad de la alta cultura. Abandonada á 
sí misma — sin la constante rectificación de una 
activa autoridad moral que la depure y encauce 
sus tendencias en el sentido de la dignificación de 
la vida — , la democracia extinguirá gradualmente 
toda idea de superioridad que no se traduzca en 
una mayor y más osada aptitud para las luchas 
del interés, que son entonces la forma más innoble 
de las brutalidades de la fuerza. La selección es- 
piritual, el enaltecimiento de la vida por la pre- 
sencia de estímulos desinteresados, el gusto, el 
arte, la suavidad de las costumbres, el sentimiento 
de admiración por todo perseverante propósito 
ideal y de acatamiento á toda noble supremacía, 
serán como debilidades indefensas, allí donde la 
igualdad social que ha destruido las jerarquías 
imperativas é infundadas no las sustituya con 
otras que tengan en la influencia moral su único 
modo de dominio y su principio en una clasifica- 
ción racional. 

Toda igualdad do condiciones es, en el orden 
de las sociedades, como toda homogeneidad en el 
de la Naturaleza, un equilibrio estable. Desde el 
momento en que haya realizado la democracia su 
obra de negación con el allanamiento de las su- 
perioridades injustas, la igualdad conquistada no 
puede significar para ella sino un punto de partida. 
Resta la afirmación. Y lo afirmativo de la demo- 
cracia y su gloria consistirán en suscitar, por efi- 
caces estímulos, en su seno, la revelación y el do- 
minio de las verdaderas superioridades humanas. 
i Con relación á las condiciones de la vida de 
América, adquiere esta necesidad de precisar el 
verdadero concepto de nuestro régimen social un 



ARIEL 63 

doble imperio. El presuroso crecimiento de nues- 
tras democracias por la incesante agregación de 
una enorme multitud cosmopolita, por la afluencia 
inmigratoria, que se incorpora á un núcleo aún 
débil para verificar un activo trabajo de asimila- 
ción y encauzar el torrente humano con los me- 
dios que ofrecen la solidez secular de la estructura 
social, el orden político seguro y los elementos de 
una cultura que haya arraigado íntimamente, nos 
expone en el porvenir á los peligros de la degene- 
ración democrática, que ahoga bajo la fuerza ciega 
del número toda noción de calidad, que desvanece 
en la conciencia de las sociedades todo justo senti- 
miento del orden, y que, librando su ordenación 
jerárquica á la torpeza del acaso, conduce forzosa- 
mente á hacer triunfar las más injustificadas ó in- 
nobles de las supremacías. 

Es indudable que nuestro interés egoísta de- 
bería llevarnos — á falta de virtud — á ser hospita- 
larios. Ha tiempo que la suprema necesidad de 
colmar el vacío moral del desierto hizo decir á un 
publicista ilustre que, en América, gobernar es 
poblar. Pero esta fórmula famosa encierra una 
verdad contra cuya estrecha interpretación es ne- 
cesario prevenirse, porque conduciría á atribuir 
una incondicional eficacia civilizadora al valor 
cuantitativo de la muchedumbre. Gobernar es po- 
blar, asimilando en primer término, educando y 
seleccionando después. Si la aparición y el flore- 
cimiento en la sociedad de las más elevadas acti- 
vidades humanas, de las que determinan la alta 
cultura, requieren como condición indispensable 
la existencia de una población cuantiosa y densa, 
es precisamente porque esa importancia cuantita- 
tiva de la población, dando lugar á la más com- 
pleja división del trabajo, posibilita la formación 



í 



54 JOSÉ BNRIQUB RODÓ 

de fuertes elementos dirigentes que hagan efectivo 
el dominio de la calidad sobre el número. La mul- 
titud, la masa anónima, no es nada por sí misma. 
La multitud será un instrumento de barbarie ó de 
civilización, según carezca ó no del coeficiente de 
una alta dirección moral. Hay una verdad profun- 
da en el fondo de la paradoja de Emerson, que 
exige que cada país del globo sea juzgado según la 
minoría y no según la mayoría de sus habitantes. 
La civilización de un pueblo adquiere su carácter, 
no de las manifestaciones de su prosperidad ó de 
su grandeza material, sino de las superiores ma- 
neras de pensar y de sentir que dentro de ella son 
posibles,y ya observaba Concite, para mostrar cómo 
en cuestiones de intelectualidad, de moralidad, de 
sentimiento, sería insensato pretender que la cali- 
dad pueda ser sustituida en ningún caso por el nú- 
mero, que ni de la acumulación de muchos espíri- 
tus vulgares se obtendrá jamás el equivalente de 
un cerebro de genio, ni de la acumulación de mu- 
chas virtudes mediocres el equivalente de un rasgo 
de abnegación ó de heroísmo. Al instituir nuestra 
democracia la universalidad y la igualdad de dere- 
chos, sancionaría, pues, el predominio innoble del 
número, si no cuidase de mantener muy en alto la 
noción de las legítimas superioridades humanas y 
de hacer de la autoridad vinculada al voto popu- 
lar, no la expresión del sofisma de la igualdad ab- 
soluta, sino, según las palabras que recuerdo de 
un joven publicista francés, da consagración de la 
jerarquía emanando de la libertad». 

La oposición entre el régimen de la democracia 
y la alta vida del espíritu e3 una realidad fatal 
cuando aquel régimen significa el desconocimien- 
to de las desigualdades legítimas y la sustitución 
de la fe en el heroísmo— -en el sentido de Garlyle — 



ARIBL 55 

por una concepción mecánica de gobierno. Todo 
lo que en la civilización es algo más que un ele- 
mento de superioridad material y de prosperidad 
económica constituye un relieve que no tarda en 
ser allanado cuando la autoridad moral pertenece 
al espíritu de la medianía. En ausencia de la bar- 
barie irruptora que desata sus hordas sobre los 
faros luminosos de la civilización con heroica y á 
veces regeneradora grandeza, la alta cultura de las 
sociedades debe precaverse contra 18 obra man- 
sa y disolvente de esas otras hordas pacíficas, acaso 
acicaladas, las hordas inevitables de la vulgaridad, 
cuyo Atila podría personificarse en Mr. Homais, 
cuyo heroísmo es la astucia puesta al servicio de 
una repugnancia instintiva hacia lo grande, cuyo 
atributo es el rasero nivelador. Siendo la indife- 
rencia inconmovible y la superioridad cuantitativa, 
las manifestaciones normales de su fuerza no son 
por eso incapaces de llegar á la ira épica y de 
ceder á los impulsos de la acometividad. Charles 
Morice las llama entonces <falanges de Prudhom- 
mes feroces que tienen por lema la palabra medio- 
cridad y marchan animadas por el odio de lo ex- 
traordinario». 

Encumbrados, esos Prudhommes harán de su 
voluntad triunfante una partida de caza organi- 
zada contra todo lo que manifieste la aptitud y el 
atrevimiento del vuelo. Su fórmula social será una 
democracia que conduzca á la consagración del 
pontífice Cualquiera, á la coronación del monarca 
Uno de tantos. Odiarán en el mérito una rebeldía. 
En sus dominios, toda noble superioridad se ha- 
llará en las condiciones de la estatua de mármol 
colocada á la orilla de un camino fangoso, desde 
el cual le envía un latigazo de cieno el carro que 
pasa. Ellos llamarán al dogmatismo del sentido 



56 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

vulgar sabiduría; gravedad á la mezquina aridez 
del corazón; criterio sano á la adaptación perfecta 
á lo mediocre, y despreocupación viril al mal gusto. 
Su concepción de la justicia los llevaría á sustituir 
en la Historia la inmortalidad del grande hombre, 
bien con la identidad de todos en el olvido común 
bien con la memoria igualitaria de Mitrídates, de 
quien se cuenta que conservaba en el recuerdo los 
nombres de todos sus soldados, Su manera de re- 
publicanismo se satisfaría dando autoridad deci- 
siva al procedimiento probatorio de Fox, que acos- 
tumbraba experimentar sus proyectos en el cri- 
terio del diputado que le parecía más perfecta 
personificación del country gentleman, por la limi- 
tación de sus facultades y la rudeza de sus gustos. 
Con ellos se estará en las fronteras de la zoocracta 
de que habló una vez Baudelaire. La Titania de 
Shakespeare poniendo un beso en la cabeza ase- 
sina podría ser el emblema de la Libertad que 
otorga su amor á los mediocres. Jamás, por me- 
dio de una conquista más fecunda, podrá llegarse 
á un resultado más fatal. 

Embriagad al repetidor de las irreverencias de 
18 medianía que veis pasar por vuestro lado; ten- 
tadle á hacer de héroe; convertid su apacibilidad 
burocrática en vocación de redentor, y tendréis 
entonces la hostilidad rencorosa é implacable con- 
tra todo lo hermoso, contra todo lo digno, contra 
todo lo delicado del espíritu humano, que repugna 
todavía más que el bárbaro derramamiento de 
sangre en la tiranía jacobina; que ante un tribunal 
convierte en culpas la sabiduría de Lavoisier, el 
genio de Chénier, la dignidad de Malesherbes; que 
entre los gritos habituales en la Convención hace 
oir las palabras: ¡Desconfiad de ese hombre, que h® 
hecho un libro!; y que refiriendo el ideal de la sen- 



ARIEL 57 

cillez democrática al primitivo estado de Natu* 
raleza de Rousseau, podría elegir el símbolo de la 
discordia que establece entre la democracia y la 
cultura, en la viñeta con que aquel sofista genial 
hizo acompañar la primera edición de su famosa 
diatriba contra las artes y las ciencias en nombre 
de la moralidad de las costumbres: un sátiro im- 
pudente que, pretendiendo abrazar, ávido de luz, 
la antorcha que lleva en su mano Prometeo, oye 
al titán filántropo que su fuego es mortal á quien 
le toca. 

La ferocidad igualitaria no ha manifestado sus 
violencias en el desenvolvimiento democrático de 
nuestro siglo, ni se ha opuesto en formas bruta- 
les á la serenidad y la independencia de la cultu- 
ra intelectual. Pero, á la manera de una bestia 
feroz en cuya posteridad, domesticada, hubieras© 
cambiado la acometividad en mansedumbre arte- 
ra é innoble, el igualitarismo, en la forma mansa 
de la tendencia á lo utilitario y lo vulgar , puede 
ser un objeto real de acusación contraía demo- 
cracia del siglo XIX. No se ha detenido ante ella 
ningún espíritu delicado y sagaz á quien no ha- 
yan hecho pensar angustiosamente algunos de 
sus resultados en el aspecto social y en el políti- 
co. Expulsando con indignada energía del espíri- 
tu humano aquella falsa concepción de la igual- 
dad que sugirió los delirios de la Revolución, el 
alto pensamiento contemporáneo ha mantenido, 
al mismo tiempo, sobre la realidad y sobre la teo- 
ría de la democracia, una inspección severa que 
os permite á vosotros, los que colaboraréis en la 
obra del futuro, fijar vuestro punto de partida, no 
ciertamente para destruir, sino para educar el es- 
píritu del régimen que encontráis en pie. 

Desde que nuestro siglo asumió personalidad 



68 JOSÉ ENRIQUB RODÓ 

ó independencia en la evaluación de las ideas, 
mientras el idealismo alemán rectificaba la uto- 
pía igualitaria de la filosofía del siglo XVIÍI y su- 
blimaba, si bien con viciosa tendencia cesarista, 
el papel reservado en la Historia á la superioridad 
individual, el positivismo de Comte, desconocien- 
do á la igualdad democrática otro carácter que el 
de «un disolvente transitorio de las desigualdades 
antiguas» y negando con igual convicción la efica- 
cia definitiva de la soberanía popular, buscaba en 
los principios de las clasificaciones naturales el 
fundamento de la clasificación social que habría 
de sustituir á las jerarquías recientemente des- 
truidas. La crítica da la realidad democrática 
toma formas severas en la generación de Taine y 
de Renán. Sabéis que á este delicado y bondado- 
so ateniense sólo complacía la igualdad de aquel 
régimen social, siendo, como en Atenas, «una 
igualdad de semidíoses». En cuanto á Taine, es 
quien ha escrito los Orígenes de la Francia con* 
temporánea (1), y si, por una parte, su concepción 
de la sociedad como un organismo le conduce 
lógicamente á rechazar toda idea de uniformidad 
que se oponga al principio de las dependencias y 
las subordinaciones orgánicas, por otra parte su 
finísimo instinto de selección intelectual le lleva 
á abominar de la invasión de las cumbres por la 
multitud. La gran voz de Garlyle había predicado 
ya, contra toda niveladora irreverencia, la venera- 
ción del heroísmo, entendiendo por tal el culto de 
cualquier nobie superioridad. Emerson refleja esa 
voz en el seno de la más positivista de las demo- 
cracias. La ciencia nueva habla de selección como 
úe una necesidad de todo progreso. Dentro dei 



(1) Publicada por esta Casa Editorial. 



ARIBL 59 

arte, que es donde el sentido de lo selecto tiene 
su más natural adaptación, vibran con honda re- 
sonancia las notas que acusan el sentimiento, 
que podríamos llamar de extrañesa, del espíritu, 
en medio de las modernas condiciones de la vida. 
Para escucharlas no es necesario aproximarse al 
parnasianismo de estirpe delicada y enferma, á 
quien un aristocrático desdén de lo presente llevó 
á la reclusión de Jo pasado. Entre las inspiracio- 
nes constantes de Fiaubert— de quien se acostum- 
bra á derivar directamente la más democratizada 
de las escuelas literarias — , ninguna más intensa 
que el odio de la mediocridad envalentonada por 
la nivelación y de la tiranía irresponsable del nú- 
mero. Dentro de esa contemporánea literatura del 
Norte, en la cual la preocupación por las altas 
cuestiones sociales es tan viva, surge á menudo 
la expresión de la misma idea, del mismo senti- 
miento; Ibsen desarrolla la altiva arenga de su 
Stóckmann alrededor de la afirmación de que «las 
mayorías compactas son el enemigo más peli- 
groso de la libertad y la verdad», y el formidable 
Nietzsche opone al ideal de una Humanidad me- 
diotizada la apoteosis de las almas que se yerguen 
sobre el nivel de la Humanidad como una viva 
marea. El anhelo vivísimo por una rectificación 
del espíritu social que asegura á la vida de la he- 
roicidad y el pensamiento un ambiente más puro 
de dignidad y de justicia vibra hoy por todas par- 
tes, y se diría que constituye uno de los funda- 
mentales acordes que este ocaso de siglo propone 
para las armonías que ha de componer el siglo 
venidero. 

Y sin embargo, el espíritu de la democracia es 
esencialmente, para nuestra civilización, un prin- 
cipio de vida contra el cual sería inútil rebelarse. 



I 



i 



60 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

Los descontentos sugeridos por las imperfeccio- 
nes de su forma histórica actual han llevado á 
menudo a la injusticia con lo que aquel régimen 

tiene de definitivo y de fecundo. Así, el aristocra- 
tismo sabio de Renán formula la más explícita 
condenación del principio fundamental de la de- 

4 mocracia: la igualdad de derechos; cree á este prin- 
cipio irremisiblemente divorciado de todo posible 
dominio de la superioridad intelectual, y llega 
hasta señalar en él, con una enérgica imagen, c/as 
antípodas de las vías de Dios, puesto que Dios no 
ha querido que todos viviesen en el mismo grado 
la vida del espíritu». Estas paradojas injustas del 
maestro, complementadas por su famoso ideal de 
una oligarquía omnipotente de hombres sabios, 
son comparables á la reproducción exagerada y 
deformada, en el sueño, de un pensamiento real y 
fecundo que nos ha preocupado en la vigilia. Des- 

# conocer la obra de la democracia, en lo esencial, 

# porque, aun no terminada, no ha llegado á conci- 
liar definitivamente su empresa de igualdad con 

I una fuerte garantía social de selección, equivale 
á desconocer la obra, paralela y concorde, de la 
ciencia, porque interpretada con el criterio estre- 
cho de una escuela, ha podido dañar alguna vez 
al espíritu de religiosidad ó al espíritu de poesía. 
La democracia y la ciencia son, en efecto, los dos 
insustituibles soportes sobre los que nuestra civi- 
lización descansa, ó, expresándolo con una frase 
de Bourget, las dos obreras de nuestros destinos 
futuros. En ellas somos, vivimos, nos movemos. 
Siendo, pues, insensato pensar, como Renán, en 
obtener una consagración más positiva de todas 
las superioridades morales, la realidad de una 
razonada jerarquía, el dominio eficiente de las 
altas dotes de la inteligencia y de la voluntad por la 



ARIEL 61 

destrucción de la igualdad democrática, sólo cabe 
pensar en ia educación de la democracia y su re- 
forma. Cabe pensar en que progresivamente se 
encarnen en los sentimientos del pueblo y sus 
costumbres la idea de las subordinaciones nece- 
sarias, la noción de las superioridades verdaderas, 
el culto consciente y espontáneo de todo lo que 
multiplica, á los ojos de la razón, la cifra del valor 
humano. 

La educación popular adquiere, considerada 
en relación á tal obra, como siempre que se la 
mira con el pensamiento del porvenir, un interés 
supremo (1). Es en ia escuela, por cuyas manos 
procuramos que pase la dura arcilla de las mu- 
chedumbres, donde está la primera y más gene 
rosa manifestación de la equidad social, que con- 
sagra para todos la accesibilidad del saber y de los 
medios más eficaces de superioridad. Ella debe 
complementar tan noble cometido, haciendo obje- 
tos de una educación preferente y cuidadosa el 
sentido del orden, la idea y la voluntad de la jus- 
ticia, el sentimiento de las legítimas autoridades 
morales. 

Ninguna distinción más fácil de confundirse y 
anularse en el espíritu del pueblo que la que en- 
seña que la igualdad democrática puede significar 
una igual posibilidad, pero nunca una igual reali- 
dad, de influencia y de prestigio entre los miem- 
bros de una sociedad organizada. En todos ellos 
hay un derecho idéntico para aspirar á las supe- 
rioridades morales que deben dar razón y funda- 



(1) «Pías l'instruction se rópand, plus elle doit faire de 
part aux idees genérales et généreuses. On croit que l'instruc- 
tion populaire doit ótre terre á terre. O'est le contraire qui est 
la veritée.»— Fouillóe: LHdée moderne du droit, lib. 6.*, IV. 



62 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

mentó á las superioridades efectivas, pero sólo & 
los que han alcanzado realmente la posesión de 
las primeras debe ser concedido el premio de las 
últimas. El verdadero, el digno concepto de la 
igualdad, reposa sobre el pensamiento de que 
todos los seres racionales están dotados por na- 
turaleza de facultades capaces de un desenvolvi- 
miento noble. El deber del Estado consiste en 
colocar ó todos los miembros de la sociedad en 
indistintas condiciones de tender á su perfeccio- 
namiento. El deber del Estado consiste en predis- 
poner los medios propios para provocar uniforme- 
mente la revelación de las superioridades huma- 
nas, dondequiera que existan. De tal manera, mas 
allá de esta igualdad inicial, toda desigualdad 
estará justificada, porque será la sanción de las 
misteriosas elecciones de la Naturaleza ó del es- 
fuerzo meritorio de la voluntad. Guando se la con- 
cibe de este modo, la igualdad democrática, lejos 
de oponerse á la selección de las costumbres y de 
las ideas, es el más eficaz instrumento de selec- 
ción espiritual, es el ambiente providencial de la 
cultura. La favorecerá todo lo que favorezca al 
predominio de la energía inteligente. No en dis- 
tinto sentido pudo afirmar Tocqueville que la poe- 
sía, la elocuencia, las gracias del espíritu, los ful- 
gores de la imaginación, la profundidad del pen- 
samiento, ctodos esos dones del alma, repartidos 
por el cielo al acaso>, fueron colaboradores en la 
obra de la democracia y la sirvieron, aun cuando 
se encontraron de parte de sus adversarios, por- 
que convergieron todos á poner de relieve la na- 
tural, la no heredada grandeza de que nuestro 
espíritu es capaz. La emulación, que es el más po- 
deroso estímulo entre cuantos pueden sobreexci- 
tar lo mismo la vivacidad del pensamiento que la 



ABIBL 63 

de las demás actividades humanas, necesita á la 
vez de la igualdad en el punto de partida para 
producirse, y de la desigualdad que aventajará á 
los más aptos y mejores como objeto final. Sólo 
un régimen democrático puede conciliar en su 
seno esas dos condiciones de la emulación, cuando 
no degenera en nivelador igualitarismo y se limita 
á considerar como un hermoso ideal de perfecti- 
bilidad una futura equivalencia de los hombres 
por su ascensión al mismo grado de cultura. 

Racionalmente concebida, la democracia admi- 
te siempre un imprescriptible elemento aristocrá- 
tico, que consiste en establecerla superioridad de 
los mejores, asegurándola sobre el consentimiento 
libre de los asociados. Ella consagra, como las 
aristocracias, la distinción de calidad; pero la re- 
suelve á favor de las calidades realmente supe- 
riores — las de la virtud, el carácter, el espíritu — f 
y sin pretender inmovilizarlas en clases consti- 
tuidas aparte de las otras, que mantengan á su 
favor el privilegio execrable de la casta, renueva 
sin cesar su aristocracia dirigente en las fuentes 
vivas del pueblo y las hace aceptar por la justicia 
y el amor. Reconociendo de tal manera en la se- 
lección y la predominancia de los mejor dotados 
una necesidad de todo progreso, excluye de esa 
ley universal de la vida, al sancionarla en el orden 
de la sociedad, el efecto de humillación y de dolor 
que es, en las concurrencias de la Naturaleza y en 
las de las otras organizaciones sociales, el duro 
lote del vencido. «La gran ley de la selección na- 
tural — ha dicho luminosamente Fouillóe — conti- 
nuará realizándose en el seno de las sociedades 
humanas, sólo que ella se realizará de más en más 
por vía de libertad.» El carácter odioso de las aris- 
tocracias tradicionales se originaba de que ellas 



64 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

^ran injustas por su fundamento, y opresoras por 
cuanto su autoridad era una imposición. Hoy sa- 
bemos que no existe otro límite legítimo para la 
igualdad humana que el que consiste en el do- 
minio de la inteligencia y la virtud, consentido por 
la libertad de todos. Pero sabemos también que 
es necesario que este límite exista en realidad. 
Por otra parte, nuestra concepción cristiana de la 
vida nos enseña que lss superioridades morales, 
que son un motivo de derechos, son principal- 
mente un motivo de deberes, y que todo espíritu 
superior se debe á los demás en igual proporción 
que los excede en capacidad de realizar el bien. 
El antiigualitarismo de Nietzsche— que tan pro- 
fundo surco señala en la que podríamos llamar 
nuestra moderna literatura de ideas — ha llevado á 
su poderosa reivindicación de los derechos que él 
considera implícitos en las superioridades huma- 
nas un abominable, un reaccionario espíritu, pues- 
to que,negando toda fraternidad, toda piedad, pone 
en el corazón del superhombre á quien endiosa un 
menosprecio satánico para los desheredados y los 
débiles; legitima en los privilegiados de la voluntad 
y de la fuerza el ministerio del verdugo; y con ló- 
gica resolución, llega, en último término, á afirmar 
que cía sociedad no existe para sí, sino para sus 
elegidos». No es, ciertamente, esta concepción 
monstruosa la que puede oponerse como lábaro 
al falso igualitarismo que aspira á la nivelación 
de todos por la común vulgaridad. Por fortuna, 
mientras exista en el mundo la posibilidad de 
disponer dos trozos de madera en forma de cruz, 
es decir, siempre, la Humanidad seguirá creyendo 
que es el amor el fundamento de todo orden es- 
table y que la superioridad jerárquica en el orden 
no debe ser sino una superior capacidad de amar. 



éUIML 65 

Fuente de inagotables inspiraciones morales, 
la ciencia nueva nos sugiere, al esclarecer las leyes 
de la vida, cómo el principio democrático puede 
conciliarse, en la organización de las colectivida- 
des humanas, con una aristarquia de la moralidad 
y la cultura. Por una parte — como lo ha hecho 
notar una vez más en un simpático libro Henri 
Bórenger — , las afirmaciones de la ciencia contri- 
buyen á sancionar y fortalecer en la sociedad el 
espíritu de la democracia, revelando cuánto es el 
valor natural del esfuerzo colectivo, cuál la gran- 
deza de la obra de los pequeños; cuan inmensa la 
parte de acción reservada al colaborador anónimo 
y obscuro en cualquiera manifestación del desen- 
volvimiento universal. Realza, no menos que la 
revelación cristiana, la dignidad de los humildes, 
esta nueva revelación que atribuye, en la Natura- 
leza, á la obra de los infinitamente pequeños, á la 
labor del nummulite y el briozoo, en el fondo 
obscuro del abismo, la construcción de los ci- 
mientos geológicos; que hace surgir de la vibra- 
ción de la célula informe y primitiva todo el im- 
pulso ascendente de las formas orgánicas; que 
manifiesta el poderoso papel que en nuestra vida 
psíquica es necesario atribuir á los fenómenos 
más inaparentes y más vagos, aun á las fugaces 
percepciones de que no tenemos conciencia; y 
que, llegando 6 la sociologfa y á la Historia, res- 
tituye al heroísmo, á menudo abnegado, de las 
muchedumbres la parte que ie negaba el silencio 
en la gloria del héroe individual y hace patente la 
lenta acumulación de las investigaciones que, al 
través de los siglos, en la sombra, en el taller ó el 
laboratorio de obreros olvidados preparan los ha- 
llazgos del genio. 

Pero á la vez que manifiesta asi la inmortal 



66 JOSÉ BNBIQUB RODÓ 

eficacia del esfuerzo colectivo, y dignifica la parti- 
cipación de los colaboradores ignorados en la obra 
universal, la ciencia muestra cómo en la inmensa 
sociedad de las cosas y los seres es una necesaria 
condición de todo progreso el orden jerárquico; 
son un principio de la vida las relaciones de de- 
pendencia y de subordinación entre los compo- 
nentes individuales de aquella sociedad y entre los 
elementos de la organización del individuo; y es, 
por último, una necesidad' inherente á la ley uni- 
versal de imitación, si se la relaciona con el per- 
feccionamiento de las sociedades humanas, la 
presencia en ellas de modales vivos é influyentes 
que las realcen por la progresiva generalización 
de su superioridad. 

Para mostrar ahora cómo ambas enseñanzas 
universales de la ciencia pueden traducirse en he- 
chos, conciliándose en la organización y en el es- 
píritu de la sociedad, basta insistir en la concep- 
ción de una democracia noble, justa, de una 
democracia dirigida por la noción y el sentimiento 
de las verdaderas superioridades humanas, de una 
democracia en la cual la supremacía de la inteli- 
gencia y la virtud — únicos límites para la equiva- 
lencia meritoria de los hombres — reciba su auto- 
ridad y su prestigio de la libertad, y descienda 
sobre las multitudes en la efusión bienhechora del 
amor. 

Al mismo tiempo que conciliará aquellos dos 
grandes resultados de la observación del orden 
natural, se realizará, dentro de una sociedad se- 
mejante — según lo observa, en el mismo libro de 
que os hablaba, Bérenger — , la armonía de los do& 
impulsos históricos que han comunicado á nuestra 
civilización sus caracteres esenciales, los princi- 
pios reguladores de su vida. Del espíritu del cris- 



AE1BL 67 

tianismo nace, efectivamente, el sentimiento de 
igualdad, viciado por cierto ascético menosprecio 
de la selección espiritual y la cultura. De la heren- 
cia de las civilizaciones clásicas nacen el sentido 
del orden, de la jerarquía y el respeto religioso del 
genio, viciados por cierto aristocrático desdén de 
los humildes y los débiles. El porvenir sintetizará 
ambas sugestiones del pasado en una fórmula 
inmortal. La democracia, entonces, habrá triun- ( 
fado definitivamente. Y ella, que cuando amenaza 
con lo innoble del rasero nivelador justifica las j 
protestas airadas y las amargas melancolías de 
los que creyeron sacrificados por su triunfo toda 
distinción intelectual, todo ensueño de arte, toda 
delicadeza de la vida, tendrá, aún más que las 
viejas aristocracias, inviolables seguros para el 
cultivo de las flores del alma, que se marchitan y 
perecen en el ambiente de la vulgaridad y entre 
las impiedades del tumulto. 

* 

* * 

La concepción utilitaria, como idea del destino 
humano, y la igualdad en lo mediocre, como nor- 
ma de la proporción social, componen, íntima- 
mente relacionadas, la fórmula de lo que ha solido 
llamarse en Europa el espíritu de americanismo. 
Es imposible meditar sobre ambas inspiraciones 
de la conducta y la sociabilidad, y compararlas 
con las que les son opuestas, sin que la asocia- 
ción traiga con insistencia á la mente la imagen 
de esa democracia formidable y fecunda, que allá 
en el Norte ostenta las manifestaciones de su 
prosperidad y su poder, como una deslumbradora 
prueba que abona en favor de la eficacia de sus 
instituciones y de la dirección de sus ideas. Si ha 



60 JOSÉ BNRIQUH RODÓ 

podido decirse del utilitarismo que es el verbo del 
espíritu inglés, ios Estados Unidos pueden ser 
considerados la encarnación del verbo utilitario. 
T el evangelio de este verbo se difunde por todas 
partes á favor de los milagros materiales del 
triunfo. Hispano América ya no es enteramente 
calificable, con relación á él, de tierra de gentiles. 
La poderosa federación va realizando entre nos- 
otros una suerte de conquista moral. La admira- 
ción por su grandeza y por su fuerza es un senti- 
miento que avanza á grandes pasos en el espíritu 
de nuestros hombres dirigentes, y aún más quizá 
en ei de las muchedumbres, fascinables por la 
impresión de la victoria. Y de admirarla se pasa, 
por una transición facilísima, á imitarla. La ad- 
miración y la creencia son ya modos pasivos de 
imitación para el psicólogo. <La tendencia imita- 
tiva de nuestra naturaleza moral— decía Bagehot — 
tiene su asiento en aquella parte del alma en que 
reside la credibilidad.» El sentido y la experiencia 
vulgares serían suficientes para establecer por sí 
solos esa sencilla relación. Se imita á aquel en 
cuya superioridad ó cuyo prestigio se cree. Es así 
como la visión de una América deslatinizada por 
propia voluntad, sin la extorsión de la conquista, 
y regenerada luego á imagen y semejanza del ar- 
quetipo del Norte, flota ya sobre los sueños de 
muchos sinceros interesados por nuestro porve- 
nir, inspira la fruición con que ellos formulan á 
cada paso los más sugestivos paralelos, y se ma- 
nifiesta por constantes propósitos de innovación 
y de reforma. Tenemos nuestra nordomania. Es 
necesario oponerle los límites que la razón y el 
sentimiento señalan de consuno. 

No doy yo á tales limites el sentido de una ab- 
soluta negación. Comprendo bien que se adquie- 



ARIEL 69 

ran inspiraciones, luces, enseñanzas, en el ejemplo 
de los fuertes, y no desconozco que una inteligente 
atención fijada en lo exterior, para reflejar de to- 
das partes la imagen de lo beneficioso y de lo útil, 
es singularmente fecunda cuando se trata de pue- 
blos que aún forman y modelan su entidad nacio- 
nal. Comprendo bien que se aspire á rectificar, 
por la educación perseverante, aquellos trazos del 
carácter de una sociedad humana que necesitan 
concordar con nuevas exigencias de la civilización 
y nuevas oportunidades de la vida, equilibrando 
asi, por medio de una influencia innovadora, las 
fuerzas de la herencia y la costumbre. Pero no 
veo la gloria ni el propósito de desnaturalizar el 
carácter de los pueblos — su genio personal — , para 
imponerles la identificación con un modelo extra- 
ño al que ellos sacrifiquen la originalidad irreem- 
plazable de su espíritu, ni en la creencia ingenua 
de que eso pueda obtenerse alguna vez por proce- 
dimientos artificiales é improvisados de imita- 
ción. Ese irreflexivo traslado de lo que es natural 
y espontáneo en una sociedad al seno de otra, 
donde no tenga raíces ni en la Naturaleza ni en la 
Historia, equivalía para Michelet á la tentativa de 
incorporar, por simple agregación, una cosa muer- 
ta á un organismo vivo. En sociabilidad, como en 
literatura, como en arte, la imitación inconsulta 
no hará nunca sino deformar las líneas del mo- 
delo. El engaño de los que piensan haber repro- 
ducido en lo esencial el carácter de una colectivi- 
dad humana, las fuerzas vivas de su espíritu, y 
con ellos el secreto de sus triunfos y su prosperi- 
dad, reproduciendo exactamente el mecanismo de 
sus instituciones y las formas exteriores de sus 
costumbres, hace pensar en la ilusión de los prin- 
cipiantes candorosos que se imaginan haberse 



70 JOSÉ BNRIQUH RODÓ 

apoderado del genio del maestro cuando han co- 
piado las formas de su estilo ó sus procedimien- 
tos de composición. 

En ese esfuerzo vano hay, además, no sé qué 
cosa de innoble. Género de snobismo político po- 
dría llamarse al afanoso remedo de cuanto hacen 
los preponderantes y los fuertes, los vencedores y 
los afortunados; género de abdicación servil, como 
en la que algunos de los snobs encadenados para 
siempre á la tortura de la sátira por el libro de 
Thackeray hace consumirse tristemente las ener- 
gías de los ánimos no ayudados por la Naturaleza 
ó la fortuna, en la imitación impotente de los ca- 
prichos y las volubilidades de los encumbrados 
de la sociedad. El cuidado de la independencia 
interior— la de la personalidad, la del criterio — es 
una principalísima forma del respeto propio. Sue- 
le, en los tratados de ética, comentarse un pre- 
cepto moral de Cicerón, según el cual forma parte 
de los deberes humanos el que cada uno de nos- 
otros cuide y mantenga celosamente la originali- 
dad de su carácter personal, lo que haya en él 
que lo diferencie y determine, respetando en todo 
cuanto no sea inadecuado para el bien el impulso 
primario de la Naturaleza, que ha fundado en la 
varia distribución de sus dones el orden y el con- 
cierto del mundo. Y aún me parecería mayor el im- 
perio del precepto si se le aplicase, colectivamente, 
al carácter de las sociedades humanas. Acaso 
oiréis decir que no hay un sello propio y definido, 
por cuya permanencia, por cuya integridad deba 
pugnarse, en la organización actual de nuestros 
pueblos. Falta tal vez, en nuestro carácter colecti- 
vo, el contorno seguro de la personalidad. Pero en 
ausencia de esa índole perfectamente diferenciada 
y autonómica, tenemos — los americanos latinos — 



ARIEL 71 

una herencia de raza, una gran tradición étnica 
que mantener, un vínculo sagrado que nos une á 
inmortales páginas de la Historia, confiando á 
nuestro honor su continuación en lo futuro. El 
cosmopolitismo, que hemos de acatar como una 
irresistible necesidad de nuestra formación, no 
excluye ni ese sentimiento de fidelidad á lo pasa- 
do ni la fuerza directriz y plasmante con que debe 
el genio de la raza imponerse en la refundición de 
los elementos que constituirán al americano defi- 
nitivo del futuro. 

Se ha observado más de una vez que las gran- 
des evoluciones de la Historia, las grandes épocas, 
los períodos más luminosos y fecundos en el des- 
envolvimiento de la Humanidad, son casi siempre 
la resultante de dos fuerzas distintas y coactuales, 
que mantienen, por los concertados impulsos de 
su oposición, el interés y el estímulo de la vida, 
los cuales desaparecerían, agotados, en la quietud 
de una unidad absoluta. Así, sobre los dos polos 
de Atenas y Lacedemonia se apoya el eje alrede- 
dor del cual gira el carácter de la más genial y ci- 
vilizadora de las razas. América necesita mantener 
en el presente la dualidad original de su constitu- 
ción, que convierte en realidad de su historia el 
mito ciásico de las dos águilas soltadas simultá- 
neamente de uno y otro polo del mundo para que 
llegasen á un tiempo al límite de sus dominios. 
Esta diferencia genial y emuladora no excluye, 
sino que tolera y aun favorece en muchísimos as- 
pectos, la concordia de la solidaridad. Y si una 
concordia superior pudiera vislumbrarse desde 
nuestros días, como la fórmula de un porvenir 
lejano, ella no sería debida á la imitación unilate- 
ral — que diría Tarde — de una raza por otra, sino 
á la reciprocidad de sus influencias y al atinado 



72 JOSÉ BNBIQUB RODÓ 

concierto de los atributos en que se funda la 
gloria de las dos. 

Por otra parte, en el estudio desapasionado de 
esa civilización, que algunos nos ofrecen como 
único y absoluto modelo, hay razones no menos 
poderosas que las que se fundan en la indignidad 
y la inconveniencia de una renuncia á todo propó- 
sito de originalidad para templar los entusiasmos 
de los que no exigen su consagración idolátrica. 
Y llega ahora á la relación que directamente tiene, 
con el sentido general de esta plática mía, el co- 
mentario de semejante espíritu de imitación. 

Todo juicio severo que se formule de los ame- 
ricanos del Norte debe empezar por rendirles, 
como se haría con altos adversarios, la formalidad 
caballeresca de un saludo. Siento fácil mi espíritu 
para cumplirla. Desconocer sus defectos no me 
parecería tan insensato como negar sus cualida- 
des. Nacidos — para emplear la paradoja usada por 
Baudelaire á otro respecto — con la experiencia 
innata de la libertad, ellos se han mantenido fieles 
á la ley de su origen, y han desenvuelto, con la 
precisión y la seguridad de una progresión mate 
mática, los principios fundamentales de su orga- 
nización, dando á su historia una consecuente 
unidad que, si bien ha excluido las adquisiciones 
de aptitudes y méritos distintos, tiene la belleza 
intelectual de la lógica. La huella de sus pasos no 
se borrará jamás en los anales del derecho hu- 
mano, porque ellos han sido los primeros en hacer 
surgir nuestro moderno concepto de la libertad de 
las inseguridades del ensayo y de las imagina- 
ciones de la utopía, para convertirla en bronce 
imperecedero y realidad viviente; porque han de- 
mostrado con su ejemplo la posibilidad de exten- 
der á un inmenso organismo nacional la inconmo- 



ARIEL 73 

vible autoridad de una República; porque, con su* 
organización federativa, han revelado — según la 
feliz expresión de Tocqueville — la manera como 
se pueden conciliar con el brillo y el poder de los 
Estados grandes la felicidad y la paz de los pe- 
queños. Suyos son algunos de los rasgos más au- 
daces con que ha de destacarse en la perspectiva 
del tiempo la obra de este siglo. Suya es la gloria 
de haber revelado plenamente — acentuando la 
más firme nota de belleza moral de nuestra civi- 
lización—la grandeza y el poder del trabajo, esa 
fuerza bendita que la antigüedad abandonaba á la 
abyección de la esclavitud y que hoy identificamos 
con la más alta expresión de la dignidad humana, 
fundada en la conciencia y la actividad del propio 
mérito. Fuertes, tenaces, teniendo la inacción por 
oprobio, ellos han puesto en manos del mechante 
de sus talleres y el farmer de sus campos la clava 
hercúlea del mito, y han dado al genio humano 
una nueva é inesperada belleza ciñéndole el man- 
dil de cuero del forjador. Cada uno de ellos avanza 
á conquistar la vida, como el desierto los primi- 
tivos puritanos. Perseverantes devotos de ese culto 
de la energía individual, que hace de cada hombre 
el artífice de su destino, ellos han modelado su 
sociabilidad en un conjunto imaginario de ejem- 
plares de Robinsón, que después de haber fortifi- 
cado rudamente su personalidad en la práctica de 
la ayuda propia, entraran á componer los fila- 
mentos de una urdimbre firmísima. Sin sacrifi- 
carle esa soberana concepción del individuo, han 
sabido hacer al mismo tiempo del espíritu de 
asociación el más admirable instrumento de su 
grandeza y de su imperio, y han obtenido de la 
suma de las fuerzas humanas, subordinada á los 
propósitos de la investigación, de la filantropía, de 



74 J08É ENRIQUE RODÓ 

la industria, resultados tanto más maravillosos 
por lo mismo que se consiguen con la mes abso- 
luta integridad de la autonomía personal. Hay en 
ellos un instinto de curiosidad despierta ó insa- 
ciable, una impaciente avidez de toda luz, y profe- 
sando el amor por la instrucción del pueblo con 
la obsesión de una monomanía gloriosa y fecunda, 
han hecho de la escuela el quicio más seguro de 
su prosperidad, y del alma del niño la más cuidada 
entre las cosas leves y preciosas. Su cultura, que 
está lejos de ser refinada ni espiritual, tiene una 
eficacia admirable siempre que se dirige práctica- 
mente á realizar una finalidad inmediata. No han 
incorporado á las adquisiciones de la ciencia una 
sola ley general, un solo principio, pero la han 
hecho maga por las maravillas de sus aplicaciones, 
la han agigantado en los dominios de la utilidad, 
y han dado al mundo, en la caldera de vapor y en 
el dinamo eléctrico, billones de esclavos invisibles 
que centuplican, para servir al Aladino humano, 
el poder de la lámpara maravillosa. El crecimiento 
de su grandeza y de su fuerza será objeto de per- 
durables asombros para el porvenir. Han inven- 
tado, con su prodigiosa aptitud de improvisación, 
un acicate para el tiempo, y al conjuro de su vo- 
luntad poderosa, surge en un día, del seno de la 
absoluta soledad, la suma de cultura acumulable 
por la obra de los siglos. La libertad puritana, que 
les envía su luz desde el pasado, unió á esta luz 
el calor de una piedad que aún dura. Junto á la 
fábrica y la escuela, sus fuertes manos han alzado 
también los templos de donde evaporan sus ple- 
garias muchos millones de conciencias libres. 
Ellos han sabido salvar, en el naufragio de todas 
las idealidades, la idealidad más alta, guardando 
*riva la tradición de un sentimiento religioso que, 



ARIEL 75 

si no levanta sus vuelos en alas de un espiritua- 
üsmo delicado y profundo, sostiene, en parte, en- 
tre las asperezas del tumulto utilitario, la rienda 
firme del sentido moral. Han sabido también 
guardar, en medio de los refinamientos de la 
vida civilizada, el sello de cierta primitividad ro- 
busta. Tienen el culto pagano de la salud, de la 
destreza, de la fuerza; templan y afinan en el 
músculo el instrumento precioso de la voluntad; 
y obligados por su aspiración insaciable de do- 
minio á cultivar la energía de todas las activida- 
des humanas, modelan el torso del atleta para el 
corazón del nombre libre. Y del concierto de su 
civilización, del acordado movimiento de su cul- 
tura, surge una dominante nota de optimismo, de 
confianza, de fe, que dilata los corazones, impul- 
sándolos al porvenir bajo la sugestión de una es- 
peranza terca y arrogante, la nota del Excelsior y 
el Salmo de la vida con que sus poetas han seña- 
lado el infalible bálsamo contra toda amargura en 
la filosofía del esfuerzo y de la acción. 

Su grandeza titánica se impone así, aun á los 
más prevenidos por las enormes desproporciones 
de su carácter ó por las violencias recientes de su 
historia. Y por mi parte, ya veis que, aunque no 
les amo, les admiro. Les admiro, en primer térmi- 
no, por su formidable capacidad de querer, y me 
inclino ante «la escuela de voluntad y de trabajo» 
que — como de sus progenitores nacionales dijo 
Philaréte Ghasles — ellos han instituido. 

En el principio la acción era. Con estas céle- 
bres palabras del Fausto podría empezar un futuro 
historiador de la poderosa República el génesis, 
aún no concluido, de su existencia nacional. Su 
genio podría definirse, como el universo de los 
dinamistas, la fuerza en movimiento. Tiene, ante 



76 JOSÉ HNRIQUB RODÓ 

todo y sobre todo, la capacidad, el entusiasmo, la 
vocación dichosa de la acción. La voluntad es el 
cincel que ha esculpido á ese pueblo en dura pie- 
dra. Sus relieves característicos son dos manifes- 
taciones del poder de la voluntad: la originalidad 
y la audacia. Su historia es, toda ella, el arrebato 
de una actividad viril. Su personaje representati- 
vo se llama Yo quiero, como el superhombre de 
Nietzsche. Si algo le salva colectivamente de la 
vulgaridad, es ese extraordinario alarde de ener- 
gía que lleva á todas partes y con el que imprime 
cierto carácter de épica grandeza aun á las luchas 
del interés y de la vida materia!. Así, de los espe- 
culadores de Chicago y de Mínneápolis ha dicho 
Paul Bourget que son á la manera de combatien- 
tes heroicos en los cuales la aptitud para el ataque 
y la defensa es comparable á la de un grognard 
del Gran Emperador. Y esta energía suprema con 
ia que el genio norteamericano parece obtener — 
hipnotizador audaz — el adormecimiento y la su- 
gestión de los hados, suele encontrarse aun en la» 
particularidades que se nos presentan como ex- 
cepcionales y divergentes de aquella civilización. 
Nadie negará que Edgardo Poe es una individua- 
lidad anómala y rebelde dentro de su pueblo. Su 
alma escogida representa una partícula inasimi- 
lable del alma nacional, que no en vano se 8gitó 
entre las cosas con la sensación de una soledad 
infinita. Y sin embargo, la nota fundamental — 
que Baudel8ire ha señalado profundamente — en 
el carácter de los héroes de Poe es todavía el tem- 
ple sobrehumano, la indómita resistencia de la 
voluntad. Cuando ideó á Ligeia, la más misteriosa 
y adorable de sus criaturas, Poe simbolizó en la 
luz inextinguible de sus ojos el himno de triunfo 
de la Voluntad sobre la Muerte. 



ARIEL 7T 

Adquirido con el sincero reconocimiento de 
«cuanto hay de luminoso y grande en el genio de 
la poderosa nación el derecho de completar res- 
pecto ó él la fórmula de la justicia, una cuestión 
llena de interés pide expresarse. ¿Realiza aquella 
sociedad, ó tiende á realizar por lo menos, la idea 
de la conducta racional que cumple á las legíti- 
mas exigencias del espíritu, á la dignidad intelec- 
tual y moral de nuestra civilización? ¿Es en ella 
donde hemos de señalar la mes aproximada ima- 
gen de nuestra ciudad perfecta? Esa febricitante 
inquietud que parece centuplicar en su seno el 
movimiento y la intensidad de la vida, ¿tiene un 
objeto capaz de merecerla y un estímulo bastante 
para justificarla? 

Herbert Spencer, formulando con noble since- 
ridad su saludo á la democracia de América en 
un banquete de Nueva York, señalaba el rasgo 
fundamental de la vida de los norteamericanos en 
esa misma desbordada inquietud que se mani- 
fiesta por la pasión infinita del trabajo y la porfía 
de la expansión material en todas sus formas. Y 
observaba después que, en tan exclusivo predo- 
minio de la actividad subordinada á los propósi- 
tos inmediatos de la utilidad, se revelaba una 
concepción de la existencia, tolerable sin duda 
como carácter provisional de una civilización, 
como tarea preliminar de una cultura, pero que 
urgía ya rectificar, puesto que tendía á convertir 
el trabajo utilitario en ñn supremo de la vida, 
cuando él en ningún caso puede significar racio- 
nalmente sino la acumulación de los elementos 
propios para hacer posible el total y armonioso 
desenvolvimiento de nuestro ser. Spencer agrega- 
ba que era necesario predicar á los norteamerica 
nos el evangelio del descanso ó el recreo; é iden- 



78 JOSÉ BNBIQUa RODÓ 

tincando nosotros la más noble significación de 
estas palabras con la del ocio tal cual lo dignifica- 
ban los antiguos moralistas, clasificaremos dentro 
del evangelio en que debe iniciarse á aquellos 
trabajadores sin reposo toda preocupación ideal, 
todo desinteresado empleo de las horas, todo 
objeto de meditación levantado sobre la finalidad 
inmediata de la utilidad. 

La vida norteamericana describe efectivamente 
ese círculo vicioso que Pascal señalaba en la an T 
helante persecución del bienestar, cuando él no 
tiene su fin fuera de sí mismo. Su prosperidad es 
tan grande como su imposibilidad de satisfacer k 
una mediana concepción del destino humano. 
Obra titánica, por la enorme tensión de voluntad 
que representa y por sus triunfos inauditos en 
todas las esferas del engrandecimiento material, 
es indudable que aquella civilización produce en 
su conjunto una singular impresión de insuficien- 
cia y de vacío. Y es que si con el derecho que da 
la historia de treinta siglos de evolución presididos 
por la dignidad del espíritu clásico y del espíritu 
cristiano, se pregunta cuál es en ella el principio 
dirigente, cuál su substratum ideal, cuál el propó- 
sito ulterior á la inmediata preocupación de los 
intereses positivos que estremecen aquella masa 
formidable, sólo se encontrará, como fórmula del 
ideal definitivo, la misma absoluta preocupación 
del triunfo material. Huérfano de tradiciones muy 
hondas que le orienten, ese pueblo no ha sabido 
sustituir la idealidad inspiradora del pasado con 
una alta y desinteresada concepción del porvenir. 
Vive para la realidad inmediata del presente, y 
por ello subordina toda su actividad al egoísmo 
del bienestar personal y colectivo. De la suma de 
los elementos de su riqueza y su poder podría de- 



ARIEL 79" 

cirse lo que el autor de Mensonges de la inteli- 
gencia del marqués de Norbert, que figura en uno 
de sus libros: es un monte de leña al cual no se 
ha hallado modo de dar fuego. Falta la chispa 
eficaz que haga levantarse la llama de un ideal 
vivificante é inquieto sobre el copioso combustible. 
Ni siquiera el egoísmo nacional, á falta de más- 
altos impulsos; ni siquiera el exclusivismo y el 
orgullo de raza, que son los que transfiguran y 
engrandecen en la antigüedad la prosaica dureza 
de la vida de Roma, puede tener vislumbres de 
idealidad y de hermosura en un pueblo donde la 
confusión cosmopolita y el atomismo de una mal 
entendida democracia impiden la formación de 
una verdadera conciencia nacional. 

Diríase que el positivismo genial de la metró- 
poli ha sufrido, al transmitirse á sus emancipados 
hijos de América, una destilación que le priva de 
todos los elementos de idealidad que le templaban, 
reduciéndole, en realidad, á la crudeza que, en las 
exageraciones de la pasión ó de la sátira, ha po- 
dido atribuirse el positivismo de Inglaterra. El es- 
píritu inglés, bajo la áspera corteza de utilitarismo, 
bajo la indiferencia mercantil, bajo la severidad 
puritana, esconde, á no dudarlo, una virtualidad 
poética escogida y un profundo venero de sensibi- 
lidad, el cual revela, en sentir de Taine, que el 
fondo primitivo, el fondo germánico de aquella 
raza, modificada luego por la presión de la con- 
quista y por el hábito de la actividad comercial, 
fué una extraordinaria exaltación del sentimiento. 
El espíritu americano no ha recibido en herencia 
ese instinto poético ancestral que brota, come 
surgente límpida, del seno de la roca británica 
cuando es el Moisés de un arte delicado quien la 
toca. El pueblo inglés tiene en la institución de su 



80 JOSÉ BNRIQUH RODÓ 

aristocracia — por anacrónica é injusta que ella sea 
bajo el aspecto del derecho político— un alto é 
inexpugnable baluarte que oponer al mercantilis- 
mo ambiente y á la prosa invasora; tan alto é inex- 
pugnable baluarte, que es el mismo Taine quien 
asegura que desde los tiempos de las ciudades 
griegas no presentaba la Historia ejemplo de una 
condición de vida más propia para formar y enal- 
tecer el sentimiento de la nobleza humana. En el 
ambiente de la democracia de América, el espíritu 
de vulgaridad no halla ante sí relieves inaccesibles 
para su fuerza de ascensión, y se extiende y pro- 
paga como sobre la llaneza de una pampa infinita. 
Sensibilidad, inteligencia, costumbres, todo 
está caracterizado en el enorme pueblo por una 
radical ineptitud de selección, que mantiene junto 
al orden mecánico de su actividad material y de 
su vida política un profundo desorden en todo lo 
que pertenece al dominio de las facultades ideales. 
Fáciles son de seguir las manifestaciones de esa 
ineptitud, partiendo de las más exteriores y apa- 
rentes, para llegar después á otras más esenciales 
y más íntimas. Pródigo en sus riquezas — porque 
en su codicia no entra, según acertadamente se ha 
dicho, ninguna parte deHarpagón — , el norteame- 
ricano ha logrado adquirir con ellas plenamente 
la satisfacción y la vanidad de la magnificencia 
suntuaria, pero no ha logrado adquirir la nota es- 
cogida del buen gusto. El arte verdadero sólo ha 
podido existir en tal ambiente á título de rebelión 
individual. Emerson, Poe, son allí como los ejem- 
plares de una fauna expulsada de su verdadero 
medio por el rigor de una catástrofe geológica. 
Habla Bourget en Outremer del acento concen- 
trado y solemne con que la palabra arte vibra en 
los labios de los norteamericanos que ha halagado 



ARIEL 81 

al favor de la fortuna; de esos recios y acrisolados 
héroes del self-help que aspiran á coronar con la 
asimilación de todos los refinamientos humanos 
la obra de su encumbramiento reñido. Pero nunca 
les ha sido dado concebir esa divina actividad que 
nombran con énfasis sino como un nuevo motivo 
de satisfacerse su inquietud invasora y como un 
trofeo de su vanidad. La ignoran en lo que ella 
tiene de desinteresado y de escogido; la ignoran á 
despecho de la munificencia con que la fortuna 
individual suele emplearse en estimular la forma- 
ción de un delicado sentido de belleza; á despecho 
de la esplendidez de los museos y las exposiciones 
con que se ufanan sus ciudades; á despecho de 
las montañas de mármol y de bronce que han 
esculpido para las estatuas de sus plazas públicas. 
Y si con su nombre hubiera de caracterizarse 
alguna vez un gesto de arte, él no podría ser otro 
que el que envuelve la negación del arte mismo; 
la brutalidad del efecto rebuscado, el desconoci- 
miento de todo tono suave y de toda manera ex- 
quisita, el culto de una falsa grandeza, el sensacio- 
nismo, que excluye la noble serenidad, inconcilia- 
ble con el apresuramiento de una vida febril. 

La idealidad de lo hermoso no apasiona al des- 
cendiente de los austeros puritanos. Tampoco le 
apasiona la idealidad de lo verdadero. Menospre- 
cia todo ejercicio del pensamiento que prescinda 
de una inmediata finalidad, por vano é infecundo. 
No le lleva á la ciencia un desinteresado anhelo 
de verdad, ni se ha manifestado ningún caso capaz 
de amarla por sí misma. La investigación no es 
para él sino el antecedente de la aplicación utili- 
taria. Sus gloriosos empeños por difundir los be- 
neficios de la educación popular están inspirados 
an el noble propósito de comunicar los elementos 



82 JOSÉ KNRIQUH RODÓ 

fundamentales del saber al mayor número; pero 
no nos revelan que, al mismo tiempo que de ese 
acrecentamiento extensivo de la educación, se 
preocupe de seleccionarla y elevarla, para auxiliar 
el esfuerzo de las superioridades que ambicionen 
erguirse sobre la general mediocridad. Así, el re- 
sultado de su porfiada guerra á la ignorancia ha 
sido la semicultura universal y una profunda lan- 
guidez de la alta cultura. En igual proporción que 
la ignorancia radical, disminuyen en el ambiente 
de esa gigantesca democracia la superior sabidu- 
ría y el genio. He ahí por qué la historia de su 
actividad pensadora es una progresión decreciente 
de brillo y de originalidad. Mientras en el período 
de la independencia y la organización surgen, para 
representar lo mismo el pensamiento que la vo- 
luntad de aquel pueblo, muchos nombres ilustres, 
medio siglo más tarde Tocqueville puede obser- 
var respecto á ellos que los dioses se van. Cuando 
escribió Tocqueville su obra maestra aún irradia- 
ba, sin embargo, desde Boston, la ciudadela puri- 
tana, la ciudad de las doctas tradiciones, una glo- 
riosa pléyade que tiene en la historia intelectual 
de este siglo la magnitud de la universalidad. 
¿Quiénes han recogido después la herencia de 
Chánning, de Emerson, de Poe? La nivelación 
mesocrática, apresurando su obra desoladora, 
tiende á desvanecer el poco carácter que quedaba 
á aquella precaria intelectualidad. Las alas de sus 
libros ha tiempo que no llegan á la altura en que 
sería umversalmente posible divisarlos. Y hoy, la 
más genuina representación del gusto norteame- 
ricano, en punto á letras, está en los lienzos gri- 
ses de un diarismo que no hace pensar en el que 
un día suministró ios materiales de El Federa- 
lista. 



ARlUiL 83 

Con relación ¿ los sentimientos morales, el 
impulso mecánico del utilitarismo ha encontrado 
el resorte moderador de una fuerte tradición reli- 
giosa. Pero no por eso debe creerse que ha cedido 
la dirección de la conducta á un verdadero princi- 
pio de desinterés. La religiosidad de los america- 
nos, como derivación extremada de la inglesa, no 
es mas que una fuerza auxiliatoria de la legisla- 
ción penal, que evacuaría su puesto el dia que 
fuera posible dar á la moral utilitaria la autoridad 
religiosa que ambicionaba darle Stuart Mili. La 
más elevada cúspide de su moral es la moral de 
Franklín. Una filosofía de la conducta que halla 
su término en el mediocre de la honestidad, en la 
utilidad de la prudencia, de cuyo seno no surgirán 
jamás ni la santidad ni el heroísmo, y que, sólo 
apta para prestar á la conciencia, en los caminos 
normales de la vida, el apoyo del bastón de man- 
zano con que marchaba habitualmente su propa- 
gador, no es mas que un leño frágil cuando se 
trata de subir las altas pendientes. Tal es la su 
prema cumbre, pero es en los valles donde hay 
que buscar la realidad. Aun cuando el criterio 
moral no hubiera de descender más abajo del uti- 
litarismo probo y mesurado de Franklín, el térmi- 
no forzoso — que ya señaló la sagaz observación 
de Tocqueville — de una sociedad educada en se- 
mejante limitación del deber, sería, no por cierto 
una de esas decadencias soberbias y magníficas 
que dan la medida de la satánica hermosura del 
mal en la disolución de los Imperios, pero si una 
suerte de materialismo pálido y mediocre, y en 
último resultado, el sueño de una enervación sin 
brillo, por la silenciosa descomposición de todos 
los resortes de la vida moral. Allí donde el pre- 
cepto tiende á poner las altas manifestaciones de 



84 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

la abnegación y la virtud fuera del dominio de 
lo obligatorio, la realidad hará retroceder indefi- 
nido mente el límite de la obligación. Pero la 
escuela de la prosperidad material, que será siem- 
pre ruda prueba para la austeridad de las repúbli- 
cas, ha llevado más lejos la llaneza de la concep- 
ción de la conducta racional que hoy gana los 
espíritus. Al código de Franklín han sucedido 
otros de más francas tendencias, como expresión 
de la sabiduría nacional. Y no hace aún cinco 
años, el voto público consagraba en todas las 
ciudades norteamericanas, con las más inequívo- 
cas manifestaciones de la popularidad y de la crí- 
tica, la nueva ley moral en que, desde la puritana 
Boston, anunciaba solemnemente el autor de cier- 
to docto libro que se intitulaba Pushing to the 
front (1), que el éxito debía ser considerado la 
finalidad suprema de la vida. La revelación tuvo 
eco aun en el seno de las comuniones cristianas, 
y se citó una vez, á propósito del libro afortunado, 
la Imitación, de Kempis, como término de com- 
paración. 

La vida pública no se sustrae, por cierto, á las 
consecuencias del crecimiento del mismo germen 
de desorganización que lleva aquella sociedad en 
sus entrañas. Cualquier mediano observador de 
sus costumbres políticas os hablará de cómo la 
obsesión del interés utilitario tiende progresiva- 
mente á enervar y empequeñecer en los corazones 
el sentimiento del derecho. El valor cívico, la vir- 
tud vieja de los Hámilton, es una hoja de acero 
que se oxida cada día más, olvidada entre las 
telarañas de las tradiciones. La venalidad, que 
empieza desde el voto público, se propaga á todos 



(1) Por M. Orisson Swett Darden, Boston, 1895. 



ARIKL 86 

los resortes institucionales. El gobierno de la me- 
diocridad vuelve vana la emulación que realza los 
caracteres y las inteligencias y que los entona con 
la perspectiva de la efectividad de su dominio. La 
democracia, á la que no han sabido dar el regula- 
dor de una alta y educadora noción de las supe- 
rioridades humanas, tendió siempre entre ellos á 
esa brutalidad abominable del número que me- 
noscaba los mejores beneficios morales de la 
libertad y anula en la opinión el respeto de la 
dignidad ajena. Hoy, además, una formidable 
fuerza se levanta á contrastar de la peor manera 
posible el absolutismo del número. La influencia 
política de una plutocracia representada por los 
todopoderosos aliados de los trusts, monopoliza- 
dores de la producción y dueños de la vida eco- 
nómica, es, sin duda, uno de los rasgos más me- 
recedores de interés en la actual fisonomía del 
gran pueblo. La formación de esta plutocracia ha 
hecho que se recuerde, con muy probable oportu- 
nidad, el advenimiento de la clase enriquecida y 
soberbia, que, en los últimos tiempos de la Repú- 
blica romana, es uno de los antecedentes visibles 
de la ruina de la libertad y de la tiranía de los 
Césares. Y el exclusivo cuidado del engrandeci- 
miento material — numen de aquella civilización — 
impone así la lógica de sus resultados en la vida 
política como en todos los órdenes de la actividad, 
dando el rango primero al strugle for-lifef, osado 
y astuto, convertido por la brutal eficacia de su 
esfuerzo en la suprema personificación de la ener- 
gía nacional— en el postulante á su representación 
emersoniana — , en el personaje reinante de Taine. 
Al impulso que precipita aceleradamente la 
vida del espíritu, en el sentido de la desorientación 
ideal y el egoísmo utilitario, corresponde física- 



86 JOBA HNRIQUH RODÓ 

mente ese otro impulso que, en la expansión del 
asombroso crecimiento de aquel pueblo, lleva sus 
multitudes y sus iniciativas en dirección á la in- 
mensa zona occidental, que, en tiempos de la 
independencia, era el misterio, velado por las 
selvas del Mississipí. En efecto, es en ese ira- 
provisado Oeste que crece formidable frente á los 
viejos Estados del Atlántico y reclama para un 
cercano porvenir la hegemonía donde esta la más 
fiel representación de la vida norteamericana en 
el actual instante de su evolución. Es allí donde 
los definitivos resultados, los lógicos y naturales 
frutos del espíritu que ha guiado á la poderosa 
democracia desde sus orígenes, se muestran de 
relieve á la mirada del observador y le proporcio- 
nan un punto de partida para imaginarse la faz 
del inmediato futuro del gran pueblo. Al Virginia- 
no y al yanqui ha sucedido, como tipo represen- 
tativo, ese dominador de las ayer desiertas prade- 
ras, refiriéndose al cual decía Michel Chevalier, 
hace medio siglo, que dos últimos serían un día 
los primeros». El utilitarismo, vacío de todo con- 
tenido ideal, la vaguedad cosmopolita y la nivela- 
ción de la democracia bastarda, alcanzarán con él 
su último triunfo. Todo elemento noble de aquella 
civilización, todo lo que la vincula á generosos 
recuerdos y fundamenta su dignidad histórica — el 
legado de tos tripulantes del Flor de Mayo, la 
memoria de los patricios de Virginia y de los 
caballeros de la Nueva Inglaterra, el espíritu de 
los ciudadanos y los legisladores de la emancipa- 
ción — , quedarán dentro de los viejos Estados 
donde Boston y Filadelfia mantienen aún, se- 
gún expresivamente se ha dicho, «el palladium 
de la tradición washingtoniana». Chicago se alza 
á reinar. Y su confianza en la superioridad que 



ARIBL 87 

lleva sobre el litoral iniciador del Atlántico se 
funda en que le considera demasiado reacciona- 
rio, demasiado europeo, demasiado tradicionalis- 
ta. La Historia no da títulos cuando el procedi- 
miento de elección es la subasta de la púrpura. 

A medida que el utilitarismo genial de aquella 
civilización asume así caracteres más definidos, 
más francos, más estrechos, aumentan, con la em- i 
briaguez de la prosperidad material, las impacien- \ 
cias de sus hijos por propagarla y atribuirle la ■ 
predestinación de un magisterio romano. Hoy, 
ellos aspiran manifiestamente al jprimadp de la 
cultura universal, á la dirección de las ideas, y se 
consideran á sí mismo los forjadores de un tipo 
de civilización que prevalecerá. Aquel discurso 
semi irónico que Laboulaye pone en boca de un 
escolar de su París americanizado para significar 
la preponderancia que concedieron siempre en el 
propósito educativo á cuanto favorezca el orgullo 
del sentimiento nacional, tendría toda la seriedad 
de la creencia más sincera en labios de cualquier 
americano viril de nuestros días. En el fondo de 
su declarado espíritu de rivalidad hacia Europa 
hay un menosprecio que es ingenuo, y hay la pro- 
funda convicción de que ellos están destinados á 
obscurecer en breve plazo su superioridad espiri- 
tual y su gloria, cumpliéndose una vez más, en 
las evoluciones de la civilización humana, la dura 
ley de los misterios antiguos en que el iniciado 
daba muerte al iniciador. Inútil sería tender á con- 
vencerles de que, aunque la contribución que han 
llevado á los progresos de la libertad y de la utili- 
dad haya sido, indudablemente, cuantiosa, y aun- 
que debiera atribuírsele en justicia la significación 
de una obra universal, de una obra humana, ella 
as insuficiente para hacer transmudarse, en direc- 



88 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

ción al nuevo Capitolio, el eje del mundo. Inútil 
seria tender á convencerles de que la obra realiza- 
da por la perseverante genialidad del ario europeo^ 
desde que, hace tres mil años, lss orillas del Medi- 
terráneo, civilizador y glorioso, se ciñeron jubilo- 
samente la guirnalda de las ciudades helénicas, la 
obra que aún continúa realizándose, y de cuyas 
tradiciones y enseñanzas vivimos, es una suma 
con la cual no puede formar ecuación la fórmula 
Washington más Edison. Ellos aspirarían á revisar 
el génesis para ocupar esa primera página. Pero 
además de la relativa insuficiencia de la parte que 
les es dado reivindicar en la educación de la Hu- 
manidad, su carácter mismo les niega la posibi- 
lidad de la hegemonía. La Naturaleza no les ha 
concedido el genio de la propaganda ni la vocación 
apostólica. Carecen de ese don superior de ama- 
bilidad — en alto sentido — , de ese extraordinario 
poder de simpatía con que las razas que han sido 
dotadas de un cometido providencial de educación 
saben hacer de su cultura algo parecido á la be- 
lleza de la Helena clásica, en la que todos creían 
reconocer un rasgo propio. Aqueila civilización 
puede abundar, ó abunda indudablemente, en su- 
gestiones y en ejemplos fecundos; ella puede ins- 
pirar admiración, asombro, respeto, pero es difícil 
que cuando el extranjero divisa desde alta mar su 
gigantesco símbolo, la Libertad, de Bartholdi, que 
yergue triunfalmente su antorcha sobre el puerto 
de Nueva York, se despierte en su ánimo la emo- 
ción profunda y religiosa con que el viajero antiguo 
debía ver surgir, en las noches diáfanas del Ática, 
el toque luminoso que la lanza de oro de la Atenea 
de la Acrópolis dejaba notar á la distancia en la 
pureza del ambiente sereno. 

Y advertid que cuando, en nombre de los de- 



ARIEL 



rechos del espíritu, niego al utilitarismo nor- 
teamericano ese carácter típico con que quiere 
imponérsenos como suma y modelo de civiliza- 
ción, no es mi propósito afirmar que la obra reali- 
zada por él haya de ser enteramente perdida con 
relación á los que podríamos llamar los intereses 
del alma. Sin el brazo que nivela y construye, no 
tendría paz el que sirve de apoyo á la noble frente 
que piensa. Sin la conquista de cierto bienestar 
material, es imposible en las sociedades humanas 
el reino del espíritu. Así lo reconoce el mismo 
aristocrático idealismo de Renán cuando realza, 
del punto de vista de los intereses morales de la 
especie y de su selección espiritual en lo futuro, la 
significación de la obra utilitaria de este siglo. 
cElevarse sobre la necesidad — agrega el maestro — 
es redimirse.» En lo remoto del pasado, los efectos 
de la prosaica é interesada actividad del mercader 
que por primera vez pone en relación á un pueblo 
con otros tienen un incalculable alcance idealiza- 
dor, puesto que contribuyen eficazmente á multi- 
plicar los instrumentos de la inteligencia, á pulir y 
suavizar las costumbres y á hacer posibles, quizá, 
los preceptos de una moral más avanzada. La 
misma fuerza positiva aparece propiciando las 
mayores idealidades de la civilización. El oro acu- 
mulado por el mercantilismo de las repúblicas 
italianas cpagó — según Saint-Víctor — los gastos 
del Renacimiento». Las naves que volvían de los 
países de Las mil y una noches colmadas de es- 
pecias y marfil hicieron posible que Lorenzo de 
Módicis renovara en las lonjas de los mercaderes 
florentinos los convites platónicos. La Historia 
muestra, en definitiva, una inducción recíproca 
entre los progresos de la actividad utilitaria y la 
ideal. Y así como la utilidad suele convertirse en 



90 JOSÉ BNBIQUH RODÓ 

fuerte escudo para las idealidades, ellas provocan 
con frecuencia (á condición de no proponérselo 
directamente) los resultados de lo útil. Observa 
Bagehot, por ejemplo, cómo los inmensos bene- 
ficios positivos de la navegación no existirían 
acaso para la Humanidad si en las edades primi- 
tivas no hubiera habido soñadores y ociosos — se- 
guramente mal comprendidos de sus contempo- 
ráneos — á quienes interesase la contemplación de 
lo que pasaba en las esferas del cielo. Esta ley de 
armonía nos enseña á respetar el brazo que labra 
el duro terruño de la prosa. La obra del positi- 
vismo norteamericano servirá á la causa de Ariel, 
en último término. Lo que 8quel pueblo de cíclo- 
pes ha conquistado directamente para el bienestar 
material, con su sentido de lo útil y su admirable 
aptitud de la invención mecánica, lo convertirán 
otros pueblos, ó el mismo en lo futuro, en eficaces 
elementos de selección. Así, 18 más preciosa y fun- 
damental de las adquisiciones del espíritu — el al- 
fabeto, que da alas de inmortalidad á la palabra — 
nace en el seno de las factorías cananeas y es el 
hallazgo de una civilización mercantil que, al uti- 
lizarlo con fines exclusivamente mercenarios, igno- 
raba que el genio de razas superiores lo transfigu- 
raría, convirtiéndole en el medio de propagar su 
más pura y luminosa esencia. La relación entre los 
bienes positivos y los bienes intelectuales y mora- 
les es, pues, según la adecuada comparación de 
Fouillée, un nuevo aspecto de la cuestión de la 
equivalencia de las fuerzas, que, así como permite 
transformar el movimiento en calórico, permite 
también obtener de las ventajas materiales ele- 
mentos de superioridad espiritual. 

Pero la vida norteamericana no nos ofrece aún 
un nuevo ejemplo de esa relación indudable, ni 



ARIBL 91 

nos lo anuncia como gloria de una posteridad que 
se vislumbre. Nuestra confianza y nuestros votos 
deben inclinarse á que, en un porvenir más inac- 
cesible á la indiferencia, esté reservado á aquella 
civilización un destino superior. Por más que, bajo 
el acicate de su actividad vivísima, el breve tiem- 
po que la separa de su aurora haya sido bastante 
para satisfacer el gasto de vida requerido por una 
evolución inmensa, su pasado y su actualidad no 
pueden ser sino un introito con relación á lo futu- 
ro. Todo demuestra que ella está aún muy lejana 
de su fórmula definitiva. La energía asimiladora 
que le ha permitido conservar cierta uniformidad 
y cierto temple genial, á despecho de las enormes 
invasiones de elementos étnicos opuestos á los que 
hasta hoy han dado el tono á su carácter, tendrá 
que reñir batallas cada día más difíciles, y en el 
utilitarismo proscriptor de toda idealidad no en- 
contrará una inspiración suficientemente pode- 
rosa para mantener la atracción del sentimiento 
solidario. Un pensador ilustre que comparaba al 
esclavo de las sociedades antiguas con una partí- 
cula no digerida por el organismo social podría 
quizá tener una comparación semejante para ca- 
racterizar la situación de ese fuerte colono de pro- 
cedencia germánica que, establecido en los Esta- 
dos del centro y del Far-West, conserva intacta, 
en su naturaleza, en su sociabilidad, en sus cos- 
tumbres, la impresión del genio alemán, que, en 
muchas de sus condiciones características más 
profundas y enérgicas, debe ser considerado una 
verdadera antítesis del genio americano. Por otra 
parte, una civilización que esté destinada á vivir y 
á dilatarse en el mundo; una civilización que no 
haya perdido, momificándose, á la manera de los 
Imperios asiáticos, la aptitud de la variabilidad, 



92 JOSÉ BNR1QU» RODÓ 

no puede prolongar indefinidamente la dirección 
de sus energías y de sus ideas en un único y ex- 
clusivo sentido. Esperemos que el espíritu de 
aquel titánico organismo social, que ha sido hasta 
hoy voluntad y utilidad solamente, sea también 
algún día inteligencia, sentimiento, idealidad. Es- 
peremos que de la enorme fragua surgirá, en 
último resultado, el ejemplar humano, generoso, 
armónico, selecto, que Spencer, en un ya citado 
discurso, creía poder augurar como término del 
costoso proceso de refundición. Pero no le bus- 
quemos ni en la realidad presente de aquel pueblo 
ni en la perspectiva de sus evoluciones inmediatas, 
y renunciemos á ver el tipo de una civilización 
ejemplar donde sólo existe un boceto tosco y 
enorme, que aún pasará necesariamente por mu- 
chas rectificaciones sucesivas antes de adquirir la 
serena y firme actitud con que los pueblos que 
han alcanzado un perfecto desenvolvimiento de su 
genio presiden al glorioso coronamiento de su 
obra, como en el sueño del cóndor que Leconte de 
Lisie ha descrito con su soberbia majestad, ter- 
minando, en olímpico sosiego, la ascensión pode- 
rosa más arriba de las cumbres de la Cordillera. 

* 

Ante la posteridad, ante la Historia, todo gran 
pueblo debe aparecer como una vegetación cuyo 
desenvolvimiento ha tendido armoniosamente á 
producir un fruto en el que su savia acrisolada 
ofrece al porvenir la idealidad de su fragancia y 
la fecundidad de su simiente. Sin este resultado 
duradero, humano, levantado sobre la finalidad 
transitoria de lo útil, el poder y la grandeza de los 
Imperios no son mas que una noche de sueño en 



ARIEL 93 

la existencia de la Humanidad; porque, como las 
visiones personales del sueño, no merecen con- 
tarse en el encadenamiento de los hechos que 
forman la trama activa de la vida. 

Gran civilización, gran pueblo — en la acepción 
que tiene valor para la Historia — , son aquellos 
que, al desaparecer materialmente en el tiempo, 
dejan vibrante para siempre la melodía surgida de 
su espíritu y hacen persistir en la posteridad su 
legado imperecedero— según dijo Garlyle del alma 
de sus héroes — , como una nueva y divina porción 
de la suma de las cosas. Tal en el poema de Goethe, 
cuando la Elena evocada del reino de la Noche 
vuelve á descender al Orco sombrío deja a Fausto 
su túnica y su velo. Estas vestiduras no son la 
misma deidad; pero participan, habiéndolas lle- 
vado ella consigo, de su alteza divina, y tienen la 
virtud de elevar á quien las posee por encima de 
las cosas vulgares. 

Una sociedad definitivamente organizada que 
limite su idea de la civilización á acumular abun- 
dantes elementos de prosperidad y su idea de la 
justicia á distribuirlos equitativamente entre los 
asociados, no hará de las ciudades donde habite 
nada que sea distinto, por esencia, del hormiguero 
ó la colmena. No son bastantes, ciudades populo- 
sas, opulentas, magníficas, para probar la cons- 
tancia y la intensidad de una civilización. La gran 
ciudad es, sin duda, un organismo necesario de 
la alta cultura. Es el ambiente natural de las más 
altas manifestaciones del espíritu. No sin razón 
ha dicho Quinet que cel alma que acude á beber 
fuerzas y energías en la íntima comunicación con 
el linaje humano, esa alma que constituye al 
grande hombre, no puede formarse y dilatarse en 
medio de los pequeños partidps de una ciudad 



94 J08É BNRIQUB RODÓ 

pequeña*. Pero así la grandeza cuantitativa de 1» 
población como la grandeza material de sus ins- 
trumentos, de sus armas, de sus habitaciones, 
son sólo medios del genio civilizador, y en ningún 
caso resultados en los que él pueda detenerse. De 
las piedras que compusieron á Cart8go no dura 
una partícula transfigurada en espíritu y en luz. 
La inmensidad de Babilonia y de Nínive no repre- 
senta, en la memoria de la Humanidad, el hueco 
de una mano si se la compara con el espacio que 
va desde la Acrópolis al Pireo. Hay una perspec- 
tiva ideal en la que la ciudad no aparece grande 
sólo porque prometa ocupar el área inmensa que 
había edificada en torno á la torre de Nemrod; ni 
aparece fuerte sólo porque sea capaz de levantar 
de nuevo ante sí los muros babilónicos, sobre los 
que era posible hacer pasar seis carros de frente; 
ni aparece hermosa sólo porque, como Babilonia, 
luzca en los paramentos de sus palacios losas de 
alabastro y se enguirnalde con los jardines de 
Semíramis. 

Grande es en esa perspectiva la ciudad cuando 
los arrabales de su espíritu alcanzan más allá de 
las cumbres y los mares, y cuando, pronunciado 
su nombre, ha de iluminarse para la posteridad 
toda una jornada de la historia humana, todo un 
horizonte del tiempo. La ciudad es fuerte y her- 
mosa cuando sus días son algo más que la inva- 
riable repetición de un mismo eco, reflejándose 
indefinidamente de uno en otro círculo de una 
eterna espiral; cuando hay algo en ella que flota 
por encima de la muchedumbre; cuando entre las 
luces que se encienden durante sus noches está la 
lámpara que acompaña la soledad de la vigilia 
inquietada por el pensamiento y en la que se 
incuba la idea que ha de surgir al sol del otro día 



AR1BL 95 

convertida en el grito que congrega y la fuerza 
que conduce las almas. 

Entonces sólo la extensión y la grandeza ma- 
terial de la ciudad pueden dar la medida para cal- 
cular la intensidad de su civilización. Ciudades re- 
gias, soberbias aglomeraciones de casas, son para 
el pensamiento un cauce más inadecuado que la 
absoluta soledad del desierto, cuando el pensa- 
miento no es el señor que las domina. Leyendo 
el Maud, de Ténnyson, halló una página que po- 
dría ser el símbolo de este tormento del espíritu 
allí donde la sociedad humana es para él un gé- 
nero de soledad. Presa de angustioso delirio, el 
héroe del poema se sueña muerto y sepultado á 
pocos pies dentro de tierra, bajo el pavimento de 
una calle de Londres. A pesar de la muerte, su 
conciencia permanece adherida á los fríos despo- 
jos de su cuerpo. El clamor confuso de la calle, 
propagándose en sorda vibración hasta la estre- 
cha cavidad de la tumba, impide en ella todo 
sueño de paz. El peso de la multitud indiferente 
gravita á toda hora sobre la triste prisión de aquel 
espíritu, y los cascos de los caballos que pasan 
parecen empeñarse en estampar sobre él un sello 
de oprobio. Los días se suceden con lentitud 
inexorable. La aspiración de Maud consistía en 
hundirse más dentro, mucho más dentro de la 
tierra. El ruido ininteligente del tumulto sólo sir- 
ve para mantener en su conciencia desvelada el 
pensamiento de su cautividad. 

Existen ya, en nuestra América latina, ciuda- 
des cuya grandeza material y cuya suma de civili- 
zación aparente las acercan con acelerado paso á 
participar del primer rango en el mundo. Es ne- 
cesario temer que el pensamiento sereno que se 
aproxime á golpear sobre las exterioridades fas- 



96 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

tuosas como sobre un cerrado vaso de bronce 
sienta el ruido desconsolador del vacío. Necesario 
es temer, por ejemplo, que ciudades cuyo nombre 
fué un glorioso símbolo en América; que tuvieron 
á Moreno, á Rivadavia, á Sarmiento; que llevaron 
la iniciativa de una inmortal revolución; ciudades 
que hicieron dilatarse por toda la extensión de 
un continente, como en el armonioso desenvolvi- 
miento de las ondas concéntricas que levanta el 
golpe de la piedra sobre el agua dormida, la glo- 
ria de sus héroes y la palabra de sus tribunos, 
puedan terminar en Sidón, en Tiro, en Cartago. 

A vuestra generación toca impedirlo; á la ju- 
ventud que se levanta, sangre y músculo y nervio 
del porvenir. Quiero considerarla personificada en 
vosotros. Os hablo ahora figurándome que sois 
los destinados á guiar á los demás en los comba- 
tes por la causa del espíritu. La perseverancia de 
vuestro esfuerzo debe identificarse en vuestra inti- 
midad con la certeza del triunfo. No desmayéis 
en predicar el evangelio de la delicadeza á los es- 
citas, el evangelio de la inteligencia á los beocios, 
el evangelio del desinterés á los fenicios. 

Basta que el pensamiento insista en ser — en 
demostrar que existe, con la demostración que 
daba Diógenes del movimiento — , para que su di- 
latación sea ineluctable y para que su triunfo sea 
seguro. 

El pensamiento se conquistará, palmo á pal- 
mo, por su propia espontaneidad, todo el espacio 
de que necesite para afirmar y consolidar su 
reino entre las demás manifestaciones de la vida. 
El, en la organización individual, levanta y en- 
grandece, con su actividad continuada, la bóveda 
del cráneo que le contiene. Las razas pensadoras 
revelan, en la capacidad creciente de sus cráneos, 



ARJBL 97 

ase empuje del obrero interior. El, en la organiza- 
ción social, sabrá también engrandecer la capaci- 
dad de su escenario, sin necesidad de que para 
ello intervenga ninguna fuerza ajena á él mismo. 
Pero tal persuasión, que debe defenderos de un 
desaliento cuya única utilidad consistiría en eli- 
minar á los mediocres y los pequeños de la lucha, 
debe preservaros también de las impaciencias que 
exigen vanamente del tiempo la alteración de su 
ritmo imperioso. 

Todo el que se consagre á propagar y defender 
en la América contemporánea un ideal desintere- 
sado del espíritu — arte, ciencia, moral, sinceridad 
religiosa, política de ideas — , debe educar su vo- 
luntad en el culto perseverante del porvenir. Ei 
pasado perteneció todo entero al brazo que com- 
bate; el presente pertenece, casi por completo 
también, al tosco brazo que nivela y construye; el 
porvenir — un porvenir tanto más cercano cuanto 
más enérgicos sean la voluntad y el pensamiento 
de los que le ansian — ofrecerá, para el desenvol- 
vimiento de superiores facultades del alma, la es- 
tabilidad, el escenario y el ambiente. 

¿No la veréis vosotros la América que nosotros 
soñamos: hospitalaria para las cosas del espíritu, 
y no tan sólo para las muchedumbres que se am- 
paren á ella; pensadora, sin menoscabo de su ap- 
titud para la acción; serena y firme, á pesar de sus 
entusiasmos generosos; resplandeciente con el en- 
canto de una seriedad temprana y suave, como la 
que realza la expresión de un rostro infantil cuan- 
do en él se revela, al través de la gracia intacta 
que fulgura, el pensamiento inquieto que des- 
pierta? Pensad en ella á lo menos; el honor de 
vuestra historia futura depende de que tengáis 
constantemente ante los ojos del alma la visión 



98 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

de esa América regenerada cerniéndose en lo 
alto sobre las realidades del presente, como en la 
nave gótica el vasto rosetón que arde en luz so- 
bre lo austero de los muros sombríos. No seréis 
sus fundadores, quizá; seréis los precursores que 
inmediatamente la precedan. En las sanciones 
glorificadoras del futuro hay también palmas para 
el recuerdo de los precursores. Edgardo Quinet, 
que tan profundamente ha penetrado en las ar- 
monías de la Historia y la Naturaleza, observa 
que para preparar el advenimiento de un nuevo 
tipo humano, de una nueva unidad social, de una 
personificación nueva de la civilización, suele pre- 
cederles de lejos un grupo disperso y prematuro, 
cuyo papel es análogo, en la vida de las socieda- 
des, al de las especies prof éticas de que, á propó- 
sito de la evolución biológica, habla Héer. El tipo 
nuevo empieza por significar apenas diferencias 
individuales y aisladas; los individualismos se or- 
ganizan más tarde en variedad; y por último, la 
variedad encuentra para propagarse un medio 
que la favorece, y entonces ella asciende quizá al 
rango específico: entonces — digámoslo con las 
palabras de Quinet — el grupo se hace muchedum- 
bre, y reina. 

He ahí por qué vuestra filosofía moral, en el 
trabajo y el combate, debe ser el reverso del carpe 
diem horaciano; una filosofía que no se adhiera 
á lo presente sino como al peldaño donde afir- 
mar el pie ó como á la brecha por donde entrar 
en muros enemigos. No aspiraréis, en lo inmedia- 
to, á la consagración de la victoria definitiva, sino 
á procuraros mejores condiciones de lucha. Vues- 
tra energía viril tendrá con ello un estímulo más 
poderoso, puesto que hay la virtualidad de un in- 
terés dramático mayor en el desempeño de ese 



ARIEL 



papel, activo esencialmente, de renovación y de 
conquista, propio para acrisolar las fuerzas de 
una generación heroicamente dotada, que en la 
serena y olímpica actitud suelen las edades de 
oro del espíritu imponer á los oficiantes solemnes 
de su gloria. cNo es la posesión de los bienes — ha 
dicho profundamente Taine hablando de las ale- 
grías del Renacimiento — ; no es la posesión de 
los bienes, sino su adquisición, lo que da á los 
hombres el placer y el sentimiento de su fuerza.» 

Acaso sea atrevida y candorosa esperanza creer 
en un aceleramiento tan continuo y dichoso de la 
evolución, en una eficacia tal de vuestro esfuerzo, 
que basta el tiempo concedido á la duración de 
una generación humana para llevar en América 
las condiciones de la vida intelectual, desde la in- 
cipiencia en que las tenemos ahora, á la categoría 
de un verdadero interés social y á una cumbre 
que de veras domine. Pero donde no cabe la trans- 
formación total, cabe el progreso; y aun cuando 
supierais que las primicias del suelo penosamente 
trabajado no habrían de servirse en vuestra mesa 
jamás, ello sería, si sois generosos, si sois fuertes, 
un nuevo estímulo en la intimidad de vuestra con- 
ciencia. La obra mejor es la que se realiza sin las 
impaciencias del éxito inmediato, y el más glo- 
rioso esfuerzo es el que pone la esperanza más 
allá del horizonte visible; y la abnegación más 
pura es la que se niega en lo presente, no ya la 
compensación del lauro y el honor ruidoso, sino 
aun la voluptuosidad moral que se solaza en la 
contemplación de la obra consumada y el término 
seguro. 

Hubo en la antigüedad altares para los «dioses 
ignorados». Consagrad una parte de vuestra alma 
al porvenir desconocido. A medida que las socie- 



100 JOSÉ HNRIQUfl RODÓ 

dades avanzan, el pensamiento del porvenir entra 
por mayor parte como uno de los factores de su 
evolución y una de las inspiraciones de sus obras. 
Desde la imprevisión obscura del salvaje, que sólo 
divisa del futuro lo que falta para el terminar de 
cada período de sol, y no concibe cómo los días que 
vendrán pueden ser gobernados en parte desde el 
presente, hasta nuestra preocupación solícita y 
previsora de la posteridad, media un espacio in- 
menso, que acaso parezca breve y miserable algún 
día. Sólo somos capaces de progreso en cuanto lo 
somos de adaptar nuestros actos á condiciones 
cada vez más distantes de nosotros, en el espacio 
y en el tiempo. La seguridad de nuestra interven- 
ción en una obra que haya de sobrevivimos, fruc- 
tificando en los beneficios del futuro, realza nues- 
tra dignidad humana, haciéndonos triunfar de las 
limitaciones de nuestra naturaleza. Si por desdi- 
cha la Humanidad hubiera de desesperar defini- 
tivamente de la inmortalidad de la conciencia in- 
dividual, el sentimiento más religioso con que 
podría sustituirla sería el que nace de pensar que, 
aun después de disuelta nuestra alma en el seno 
de las cosas, persistiría en la herencia que se 
transmiten las generaciones humanas lo mejor de 
lo que ella ha sentido y ha soñado, su esencia 
más íntima y más pura, al modo como el rayo lu- 
mínico de la estrella extinguida persiste en lo in- 
finito y desciende á acariciarnos con su melan- 
cólica luz. 

El porvenir es, en la vida de las sociedades hu- 
manas, el pensamiento idealizador por excelencia. 
De la veneración piadosa del pasado, del culto de 
la tradición por una parte, y por la otra del atrevi- 
do impulso hacia lo venidero, se compone la noble 
fuerza que, levantando el espíritu colectivo sobre 



ARIEL 101 

las limitaciones del presente, comunica á las agi- 
taciones y los sentimientos sociales un sentido 
ideal. Los hombres y los pueblos trabajan, en sen- 
tir de Fouillée, bajo la inspiración de las ideas, 
como las irradiaciones bajo la inspiración d¿ los 
instintos; y la sociedad que lucha y se esfuerza, á 
veces sin saberlo, por imponer una idea á la reali- 
dad, imita, según el mismo pensador, la obra ins- 
tintiva del pájaro que, al construir el nido bajo el 
imperio de una imagen interna que le obsede, obe- 
dece á la vez á un recuerdo inconsciente del pasa- 
do y á un presentimiento misterioso del porvenir. 

Eliminando la sugestión del interés egoísta de 
las almas, el pensamiento inspirado en la preocu- 
pación por destinos ulteriores á nuestra vida, todo 
lo purifica y serena, todo lo ennoblece, y es un 
alto honor de nuestro siglo el que la fuerza obli- 
gatoria de esa preocupación por lo futuro, el sen- 
timiento de esa elevada imposición de la dignidad 
del ser racional, se hayan manifestado tan clara- 
mente en él, que aun en el seno del más absoluto 
pesimismo, aun en el seno de la amarga filosofía 
que ha traído á la civilización occidental, dentro 
del loto de Oriente, el amor de la disolución y la 
nada, la voz de Hartmann ha predicado, con la 
apariencia de la lógica, el austero deber de conti- 
nuar la obra del perfeccionamiento, de trabajar 
en beneficio del porvenir, para que, acelerada la 
evolución por el esfuerzo de los hombres, llegue 
ella con más rápido impulso á su término final, 
que será el término de todo dolor y toda vida. 

Pero no, como Hartmann, en nombre de la 
muerte, sino en el de la vida misma y la esperan- 
za, yo os pido una parte de vuestra alma para la 
obra del futuro. Para decíroslo, he querido inspi- 
rarme en la imagen dulce y serena de mi Ariel. El 



102 JOSÉ BNRIQUB RODÓ 

bondadoso genio en quien Shakespeare acertó & 
infundir, quizá con la divina inconsciencia fre- 
cuente en las adivinaciones geniales, tan alto sim- 
bolismo, manifiesta claramente en la estatua su 
significación ideal, admirablemente traducida por 
el arte en líneas y contornos. Ariel es la razón y 
el sentimiento superior. Ariel es este sublime ins- 
tinto de perfectibilidad, por cuya virtud se magni- 
fica y convierte en centro de las cosas, en arcilla 
humana, á la que vive vinculada su luz, la misera- 
ble arcilla de que los genios de Arhimanes habla- 
ban á Manfredo. Ariel es, para la Naturaleza, el 
excelso coronamiento de su obra, que hace termi- 
narse el proceso de ascensión de las formas orga- 
nizadas con la llamarada del espíritu. Ariel triun- 
fante, significa idealidad y orden en la vida, noble 
inspiración en el pensamiento, desinterés en mo- 
ral, buen gusto en arte, heroísmo en la acción, 
delicadeza en las costumbres. El es el héroe epó- 
nimo en la epopeya de la especie; él es el inmortal 
protagonista; desde que con su presencia inspiró 
los débiles esfuerzos de racionalidad del hombre 
prehistórico, cuando por primera vez dobló la 
frente obscura para labrar el pedernal ó dibujar 
una grosera imagen en los huesos de reno; desde 
que con sus alas avivó la hoguera sagrada que el 
aria primitivo, progenitor de los pueblos civiliza- 
dos, amigo de la luz, encendía en el misterio de 
las selvas del Ganges, para forjar con su fuego 
divino el cetro de la majestad humana, hasta que, 
dentro ya de las razas superiores, se cierne des- 
lumbrante sobre las almas que han extralimitado 
las cimas naturales de la Humanidad, lo mismo 
sobre los héroes del pensamiento y el ensueño que 
sobre los de la acción y el sacrificio; lo mismo 
sobre Platón en el promontorio de Súnium que 



ARIEL 103 

sobre San Francisco de Asís en la soledad de 
Monte Alvernia. Su fuerza incontrastable tiene por 
impulso todo el movimiento ascendente de la vida. 
Vencido una y mil veces por la indomable rebelión 
de Calibán, proscripto por la barbarie vencedora, 
asfixiado en el humo de las batallas, manchadas 
las alas transparentes al rozar el «eterno esterco- 
lero de Job», Ariel resurge inmortalmente, Ariel 
recobra su juventud y su hermosura, y acude ágil, 
como el mandato de Próspero, al llamado de 
cuantos le aman ó invocan en la realidad. Su be- 
néfico imperio alcanza, á veces, aun á los que le 
niegan y le desconocen. El dirige á menudo las 
fuerzas ciegas del mal y la barbarie para que con- 
curran, como las otras, a la obra del Dien. El cru- 
zará la historia humana, entonando, como en el 
drama de Shakespeare, su canción melodiosa para 
animar á los que trabajan y á los que luchan, hasta 
que el cumplimiento del plan ignorado á que obe- 
dece le permita — cual se liberta, en el drama, del 
servicio de Próspero — romper sus lazos materia- 
les y volver para siempre al centro de su lumbre 
divina. 

Aún más que para mi palabra, yo exijo de vos- 
otros un dulce ó indeleble recuerdo para mi esta- 
tua de Ariel. Yo quiero que la imagen leve y gra- 
ciosa de este bronce se imprima desde ahora en la 
más segura intimidad de vuestro espíritu. Recuer- 
do que una vez que observaba el monetario de un 
museo, provo :ó mi atención en la leyenda de una 
vieja moneda la palabra Esperanza, medio borrada 
sobre la palidez decrépita del oro. Considerando 
la apagada inscripción, yo meditaba en la posible 
realidad de su influencia. ¿Quién sabe qué activa 
y noble parte sería justo atribuir, en la formación 
del carácter y en la vida de algunas generaciones 



104 JOSÉ KNRIQUa RODÓ 

humanas, á ese lema sencillo actuando sobre los 
ánimos como una insistente sugestión? ¿Quién 
sabe cuántas vacilantes alegrías persistieron, cuán- 
tas generosas empresas maduraron, cuántos fata- 
les propósitos se desvanecieron, al chocar las mi- 
radas con la palabra alentadora, impresa, como 
un gráfico grito, sobre el disco metálico que cir- 
culó de mano en mano?... Pueda la imagen de 
este bronce — troquelados vuestros corazones con 
ella — desempeñar en vuestra vida el mismo in- 
a párente pero decisivo papel. Pueda ella, en las 
horas sin luz del desaliento, reanimar en vuestra 
conciencia el entusiasmo por el ideal vacilante, 
devolver á vuesto corazón el calor de la esperanza 
perdida. Afirmado primero en el baluarte de vues- 
tra vida interior, Ariel se lanzará desde allí á la 
conquista de las almas. Yo le veo, en el porvenir, 
sonrióndoos con gratitud, desde lo alto, al sumer- 
girse en la sombra vuestro espíritu. Yo creo en 
vuestra voluntad, en vuestro esfuerzo, y más aún 
en los de aquellos á quienes daréis la vida y trans- 
mitiréis vuestra obra. Yo suelo embriagarme con 
el sueño del día en que las cosas reales harán 
pensar que jla cordillera que se yergue sobre el 
suelo de América ha sido tallada para ser el pe- 
destal definitivo de esta estatua, para ser el ara 
inmutable de su veneración! 

* 
* * 

Así habló Próspero. Los jóvenes discípulos se 
separaron del maestro después de haber estrecha- 
do su mano con afecto filial. De suave palabra, iba 
con ellos la persistente vibración en que se pro- 
longa el lamento del cristal herido en un ambien- 
te sereno. Era la última hora de la tarde. Un rayo 



ARIEL 106 

del moribundo sol atravesaba la estancia, en me- 
dio de discreta penumbra, y tocando la frente de 
bronce de la estatua parecía animar en los alti- 
vos ojos de Ariel la chispa inquieta de la vida. 
Prolongándose luego, el rayo hacía pensar en una 
larga mirada que el genio, prisionero en el bron- 
ce, enviase sobre el grupo juvenil que se alejaba. 
Por mucho espacio marchó el grupo en silencio. 
Al amparo de un recogimiento unánime, se veri- 
ficaba en el espíritu de todos ese fino destilar de 
la meditación, absorta en cosas graves, que un 
alma santa ha comparado exquisitamente á la 
caída lenta y tranquila del rocío sobre el vellón 
de un cordero. Guando el áspero contacto de la 
muchedumbre les devolvió á la realidad que les 
rodeaba, era la noche ya. Una cálida y serena no- 
che de estío. La gracia y la inquietud que ella de- 
rramaba de su urna de ébano sobre la tierra 
triunfaban de la prosa flotante sobre las cosas 
dispuestas por mano de los hombres. Sólo estor- 
baba para el éxtasis la presencia de la multitud. 
Un soplo tibio hacía estremecerse el ambiente con 
lánguido y delicioso abandono, como la copa tré- 
mula en la mano de una bacante. Las sombras, sin 
ennegrecer el cielo purísimo, se limitaban á dar á 
su azul el tono obscuro en que parece expresar- 
se una serenidad pensadora. Esmaltándolas, los 
grandes astros centelleaban en medio de un cor- 
tejo infinito: Aldebarán, que ciñe una púrpura de 
luz; Sirio, como la cavidad de un nielado cáliz de 
plata volcado sobre el mundo; el Crucero, cuyos 
brazos abiertos se tienden sobre el suelo de Amé- 
rica como para defender una última esperanza... 
Y fué entonces, tras el prolongado silencio, 
cuando el más joven del grupo, á quien llamaban 
Enjolrás por su ensimismamiento reflexivo, dijo,. 



106 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

señalando sucesivamente la perezosa ondulación 
del rebaño humano y la radiante hermosura de 
la noche: 

— Mientras la muchedumbre pasa, yo observo 
que, aunque ella no mira al cielo, el cielo la mira. 
Sobre su masa indiferente y obscura como tierra 
del surco, algo desciende de lo alto. La vibración 
de las estrellas se parece al movimiento de unas 
acianos de sembrador. 



Fin de «Ariel» 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 



La expulsión de los crucifijos 



(Carta publicada en «La Razón» del 5 de Julio de 19tfc) 



Señor .*** 

Estimado amigo: Desea usted mi opinión so- 
bre la justicia y oportunidad del acuerdo de la 
Comisión de Caridad y Beneficencia pública, que^ 
sanciona definitivamente la expulsión de los cru- 
cifijos que hasta no ha mucho figuraban en las pa- 
redes de las salas del Hospital. 

Voy á complacer á usted, pero no será sin sig- 
nificarle, ante todo, que hay inexactitud en la ma- 
nera como usted califica la resolución sobre que 
versa su consulta, al llamarla cacto de extremo y 
radical liberalismo». 

¿Liberalismo? No; digamos mejor jacobinismo. 
Se trata, efectivamente, de un hecho de franca in- 
tolerancia y de estrecha incomprensión moral ó 
histórica, absolutamente inconciliable con la idea 
de elevada equidad y de amplitud generosa que va 
incluida en toda legitima acepción del liberalismo, 



110 JOSÉ HNRIQUK RODÓ 

cualesquiera que sean los epítetos con que se re- 
fuerce ó extreme la significación de esta palabra. 

Ocioso me parece advertir — porque no es us- 
ted quien lo ignora — que, rectamente entendida la 
idea de liberalismo, mi concepción de su alcance, 
en la esfera religiosa como en cualquiera otra ca- 
tegoría de la actividad humana, abarca toda la 
extensión que pueda medirse por el más decidido 
amor de la libertad. E igualmente ocioso sería pre- 
venir que, por lo que respecta á la personalidad 
y la doctrina $e Cristo — sobre las que he de hablar 
para poner esta cuestión en el terreno en que 
deseo — , mi posición es, ahora como antes, en ab- 
soluto independiente, no estando unido á ellas por 
más vínculos que los de la admiración puramente 
humana, aunque altísima, y la adhesión racional 
á los fundamentos de una doctrina que tengo por 
la más verdadera y excelsa concepción del espíritu 
del hombre. 

Dicho esto, planteemos sumariamente la cues- 
tión. La Comisión de Caridad inició, hace ya tiem- 
po, la obra de emancipar de toda vinculación reli- 
giosa la asistencia y disciplina de los enfermos; y 
en este propósito plausible, en cuanto tendía á 
garantizar una completa libertad de conciencia 
contra imposiciones ó sugestiones que la menos- 
cabasen, llegó á implantar un régimen que satis- 
facía las más amplias aspiraciones de libertad. 
Fueron suprimidos paulatinamente los rezos y 
los oficios religiosos que de tradición se celebra- 
ban; fueron retirados los altares, las imágenes y 
los nichos que servían para los menesteres del 
culto. Quedaba, sin embargo, una imagen que no 
había sido retirada de las paredes de las salas de 
los enfermos, y esta imagen era la del fundador 
de la caridad cristiana. Un día, la Comisión en- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 111 

cuentra que no hay razón para que este límite se 
respete, y ordena la expulsión de los crucifijos. 
Acaso pensó irreflexivamente no haber hecho con 
ello mas que dar un paso adelante, un paso últi- 
mo, en la obra de liberalismo en que se hallaba 
empeñada. ¿Era, efectivamente, sólo un paso más, 
sólo un paso adelante? No; aquello, como he de 
demostrarlo luego, equivalía á pasar la frontera 
que separa lo justo de lo injusto, lo lícito de lo 
abusivo. Aquello tenía, en realidad, un significado 
enteramente nuevo, y que parecía denunciar, en 
las mismas supresiones y eliminaciones anterio- 
res, un espíritu, una tendencia, diferentes de los 
que las habrían justificado... 

Y ahora el error, que pudo explicarse cuando 
se cometió por vez primera como acto inconsulto, 
adquiere la persistencia de una ratificación labo- 
riosamente meditada, de una ratificación defi- 
nitiva. 



II 



El hecho es sencillamente este: la expulsión 
reiterada é implacable de la imagen de Cristo del 
seno de una casa de caridad. 

Un profesor de filosofía que, encontrando en 
el testero de su aula el busto de Sócrates, funda- 
dor del pensamiento filosófico, le hiciera retirar 
de allí; una Academia literaria española que orde- 
nase quitar del salón de sus sesiones la efigie de 
Cervantes; un Parlamento argentino que dispu- 
siera que las estatuas de San Martín ó de Bel- 
grano fueran derribadas para no ser repuestas; 



112 JOSÉ KNRIQUB RODÓ 

un Círculo de impresores que acordase que el re- 
trato de Gutenberg dejase de presidir sus delibe- 
raciones sociales, suscitarían, sin duda, nuestro 
asombro, y no nos sería necesario mas que el sen- 
tido intuitivo de la primera impresión para cali- 
ficar la incongruencia de su conducta. 

Y una Comisión de Caridad que expulsa del 
seno de las casas de caridad la imagen del crea- 
dor de la caridad — del que la trajo al mundo como 
sentimiento y como doctrina — , no ofrece, para 
quien desapasionadamente lo mire, espectáculo 
menos desconcertador ni menos extraño. Aun 
prescindiendo del interés de orden social que va 
envuelto en el examen de este hecho, como mani- 
festación de un criterio de filosofía militante que 
se traduce en acción y puede trascender en otras 
iniciativas parecidas, siempre habría en él el inte- 
rés psicológico de investigar por qué lógica de 
ideas ó de sentimientos, por qué vías de convic- 
ción ó de pasión ha podido llegarse a tan contra- 
dictorio resultado: la personificación indiscutida 
de la caridad expulsada de un ambiente que no 
es sino la expansión de su espíritu, por aquellos 
mismos que ministran los dones de la caridad. 

Pero no es necesario afanarse mucho tiempo 
para encontrar el rastro de esa lógica: es la lógica 
en linea recta del jacobinismo, que así lleva á las 
construcciones idealistas de Condorcet ó de Ro- 
bespierre como á los atropellos inicuos de la into- 
lerancia revolucionaria, y que, por lo mismo que 
sigue una regularidad geométrica en el terreno de 
la abstracción y de la fórmula, conduce fatalmen- 
te á los más absurdos extremos y á las más irri- 
tantes injusticias cuando se la transporta á la es- 
fera real y palpitante de los sentimientos y los ac- 
tos humanos. 



LIBBRALISMO T JACOBINISMO 113 



III 



La vinculación entre el espíritu de las institu- 
ciones de Beneficencia que la Comisión de Cari- 
dad gobierna y el significado histórico y moral de 
la imagen que ella ha condenado á proscripción, 
es tan honda como manifiesta é innegable. 

Si la Comisión de Caridad se propone apurar 
el sentido de este nombre que lleva y evoca para 
ello la filiación de la palabra, fácilmente encon- 
trará el vocablo latino de donde inmediatamente 
toma origen; pero á buen seguro que, desentra- 
ñando la significación de este vocablo en el len- 
guaje de la grandeza romana, no hallará nada que 
se parezca á la intima, á la sublime acepción que 
la palabra tiene en la civilización y los idiomas de 
Jos pueblos cristianos: porque para que este ine- 
fable sentido aparezca, para que el sentimiento 
nuevo á que él se refiere se infunda en la palabra 
que escogió, entre las que halló en labios de los 
hombres, y la haga significar lo que ella no había 
significado jamás, es necesario que se levante en 
la historia del mundo, dividiéndola en dos mita- 
des — separando el pasado del porvenir con sus 
brazos abiertos — , esa imagen del Mártir veneran- 
do que el impulso del jacobinismo acaba de aba- 
tir de las paredes del Hospital de Caridad. 

La caridad es creación, verbo, irradiación del 
fundador del cristianismo. El sentimiento que le- 
vanta hospicios para los enfermos, asilos para los 
menesterosos, refugio para los huérfanos y los 
ancianos, y los levanta en nombre del amor que 



114 J08É ENRIQUE RODÓ 

identifica al protector y al socorrido, sin condición 
de inferioridad para ninguno, es — por lo menos 
dentro de la civilización y la psicología histórica 
de los pueblos occidentales — absolutamente inse- 
parable del nombre y el ejemplo del reformador 
á quien hoy se niega lo que sus mismos proscrip- 
tores no negarían tal vez á ningún otro de los 
grandes servidores de la Humanidad: el derecho 
de vivivir perdurablemente — en imagen — en las 
instituciones que son su obra, en las piedras 
asentadas para dar albergue á su espíritu, en el 
campo de acción donde se continúa y desenvuel- 
ve su iniciativa y su enseñanza. 



IV 



Sentado el derecho que militaba para la per- 
manencia, y militaría para la reposición, de las 
imágenes de Cristo en las salas del Hospital de 
Caridad, paso á examinar las consideraciones con 
que el desconocimiento de ese derecho se autoriza. 

Todos sabemos la razón falaz de libertad y to- 
lerancia que se invoca para cohonestar la real in- 
tolerancia de la expulsión: se habla del respeto 
debido á las creencias ó las convicciones de aque- 
llos que, acogiéndose á la protección del Hospital, 
no crean en ia divinidad de la imagen que verían 
á la cabecera de su lecho. La especiosidad de la 
argumentación no resiste más al ligero examen. Si 
de garantizar la libertad se trata, impídase, en 
buen hora, que se imponga ni sugiera al enfermo 
la adoración ó el culto de esa imagen; prohíbase 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 115 

que se asocie á ella ningún obligado rito religioso, 
ninguna forzosa exterioridad de veneración si- 
quiera: esto será justo y plausible, esto significará 
respetar la inmunidad de las conciencias, esto será 
liberalismo de buena ley y digno de sentimiento 
del derecho de todos. Pero pretender que la con- 
ciencia de un enfermo pueda sentirse lastimada 
porque no quiten de la pared de la sala donde se 
le asiste una sencilla imagen del reformador mo- 
ral, por cuya enseñanza y cuyo ejemplo— converti- 
dos en la más íntima esencia de una civilización — 
logra él, al cabo de los siglos, la medicina y la pie- 
dad, ¿quién podrá legitimar esto sin estar ofus- 
cado por la más suspicaz de las intolerancias? 

Para que la simple presencia de esa efigie su- 
blevase alguna vez el ánimo del enfermo, sería 
menester que las creencias del enfermo involucra- 
sen, no ya la indiferencia ni el desvío, sino la re- 
pugnancia y el odio por la personalidad y la doc- 
trina de Cristo. Demos de barato que esto pueda 
ocurrir de otra manera que como desestimable 
excepción. ¿Podría el respeto por ese sentimiento 
personal y atrabiliario de unos cuantos hombres 
prevalecer sobre el respeto infinitamente más im- 
perativo, sobre la alta consideración de justicia 
histórica y de gratitud humana que obliga á hon- 
rar á los grandes benefactores de la especie, y á 
honrarlos y recordarlos singularmente allí donde 
está presente su obra, su enseñanza, su legado in- 
mortal?... Fácil es comprender que si el respeto 
á la opinión ajena hubiera de entenderse de tal 
modo, toda sanción glorificadora de la virtud, del 
heroísmo, del genio, habría de refugiarse en el si- 
gilo y las sombras de las cosas prohibidas. Los 
pueblos erigen estatuas en parajes públicos á sus 
grandes hombres. Entre los miles de viandantes 



116 JOSÉ HNR1QU0 RODÓ 

que diariamente pasan frente á esas estatuas, for- 
zosamente habrá muchos que, por su nacionali- 
dad ó por sus doctrinas, ó bien por circunstancias 
y caprichos exclusivamente personales, no parti- 
ciparán de la veneración que ha levantado esas 
estatuas, y acaso experimentarán ante ellas la 
mortificación del sentimiento herido, de la convic- 
ción contrariada. ¿Quién se atrevería á sostener 
que esto podría ser motivo para que la admiración 
y la gratitud de las colectividades humanas se 
condenasen á una ridicula abstención de toda 
forma pública, de todo homenaje ostensible?... Lo 
que la conciencia de un pueblo consagra — y aún 
más: lo que la conciencia de la Humanidad con- 
sagra — como juicio definitivo y sanción perdura- 
ble, tendrá siempre derecho á imponerse sobre 
toda disonancia individual para las manifestacio- 
nes solemnes de la rememoración y la gloria. 

Hablemos con sinceridad, pensemos con sin- 
ceridad. Ningún sentimiento, absolutamente nin- 
gún sentimiento respetable se ofende con la pre- 
sencie de una imagen de Cristo en las salas de 
una casa de caridad. El creyente cristiano verá en 
ella la imagen de su Dios, y en las angustias del 
sufrimiento físico levantará á ella su espíritu. Los 
que no creemos en tal divinidad, veremos sencilla- 
mente la imagen del más grande y puro modelo 
de amor y abnegación humana glorificado donde 
es más oportuna esa glorificación: en el monu- 
mento vivo de su doctrina y de su ejemplo; á lo 
que debe agregarse todavía que ninguna depre- 
sión y ningún mal, sí muy dignificadoras influen- 
cias, podrá recibir el espíritu del enfermo cuyos 
ojos tropiecen con la efigie del Maestro sublime, 
por quien el beneficio que recibe se le aparecerá, 
no como una obligación que se le debe en nombre 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 11? 

de una ley de amor, y por quien, al volver al trá- 
fico del mundo, llevara acaso consigo uno suges- 
tión persistente que le levante alguna vez sobre 
las miserias del egoísmo y sobre las brutalidades 
de la sensualidad y de la fuerza, habiéndole de la 
piedad para el caído, del perdón para el culpado, 
de la generosidad con el débil, de la esperanza de 
justicia que alienta el corazón de los hombres y 
de la igualdad fraternal que los nivela por lo alto. 
Es este criterio y este sentimiento de honda 
justicia humana el que habría debido mantenerse 
y prevalecer sobre la suspicacia del recelo antirre- 
ligioso. Pero el jacobinismo, que con relación á los 
hechos del presente tiene por lema: tLa intoleran- 
cia contra la intolerancia», tiene por característi- 
ca, con relación á las cosas y á los sentimientos 
del pasado, esa funesta pasión de impiedad histó- 
rica que conduce á no mirar en las tradiciones y 
creencias en que fructificó el espíritu de otras 
edades mas que el límite, el error, la negación, y 
no lo afirmativo, lo perdurable, lo fecundo, lo que 
mantiene la continuidad solidaria de las genera- 
ciones, perpetuada en la veneración de esas gran- 
des figuras sobrehumanas — profetas, apóstoles, 
reveladores — que desde lo hondo de las genera- 
ciones muertas iluminan la marcha de las que 
viven, como otros tantos faros de inextinguible 
idealidad. 



Si la intolerancia ultramontana llegara un día 
¿ ser gobierno, mandaría retirar de las escuelas 
públicas el retrato de José Pedro Várela. ¿Qué im- 



118 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

porta que. la regeneración de la educación popu- 
lar haya sido obra suya? No modeló su reforma 
dentro de lo que al espíritu ortodoxo cumplía; no 
tendió á formar fieles para la grey de la Iglesia; 
luego su obra se apartó de la absoluta verdad, y 
es condenable. jNo puede consentirse su glorifica- 
ción, porque ella ofende á la conciencia de los ca- 
tóiicosl Esta es la lógica de todas las intolerancias. 
La intolerancia jacobina— incurriendo en una 
impiedad mucho mayor que la del ejemplo su- 
puesto, por la sublimidad de la figura sobre quien 
recae su irreverencia — quiere castigaren la ima- 
gen del Redentor del mundo el delito de que haya 
quienes, dando un significado religioso á esa ima- 
gen, la conviertan en paladión de una intoleran- 
cia hostil al pensamiento libre. Sólo se ve en el 
crucifijo al dios enemigo, y enceguécese para la su- 
blimidad humana y excelso significado ideal del 
martirio que en esa figura está plasmado. ¿Se dirá 
que lo que se expulsa es el signo religioso, el ico- 
no, la imagen del dios, y no la imagen del grande 
hombre sacrificado por amor de sus semejantes? 
La distinción es arbitraria y casuística. Un cruci- 
fijo sólo será signo religioso para quien crea en la 
divinidad de aquel á quien en él se representa. El 
que lo mire con los ojos de la razón — y sin las 
nubes de un odio que sería inconcebible por lo 
absurdo — , no tiene por qué ver en él otra cosa 
que la representación de un varón sublime, del 
más alto Maestro de la Humanidad, figurado en 
el momento del martirio con que selló su aposto- 
lado y su gloria. Sólo una consideración fanática 
— en sentido opuesto y mil veces menos tolerable 
que la de los fanáticos creyentes — podría ver en 
el crucifijo, per se, un signo abominable y nefando 
donde haya algo capaz de sublevar la conciencia 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 119 

de un hombre libre y de enconar las angustias del 
enfermo que se revuelve en el lecho del dolor. 

¿Por qué el enfermo librepensador ha de ver en 
el crucifijo más de lo que ól le pone ante los ojos: 
una imagen que evoca con austera sencillez el 
más sublime momento de la historia del mundo 
y la más alta realidad de perfección humana? 
¿Acaso porque ese crucifijo, puesto en manos de 
un sacerdote, se convierte en signo ó instrumento 
de una fe religiosa? Pero no es en manos de un 
sacerdote donde le verá, sino destacándose inmó- 
vil sobre la pared desnuda, para que su espíritu 
lo refleje libremente en la quietud y desnudez de 
su conciencia... 



VI 



Desde cualquier punto de vista que se la con- 
sidere, la resolución de la Comisión de Caridad 
aparece injustificada y deplorable. 

No reivindica ningún derecho, no restituye nin- 
guna libertad, no pone límite á ningún abuso. 

Y en cambio, hiere á la misma institución en 
cuyo nombre se ha tomado ese acuerdo, quitan- 
do de ella el sello visible que recordaba su altísi- 
mo fundamento histórico; que insustituiblemente 
concretaba el espíritu del beneficio que allí se dis- 
pensa, en nombre de una ley moral que no ha de- 
jado de ser la esencia de nuestra civilización, de 
nuestra legislación y de nuestras costumbres. Y 
hiere á la conciencia moral, interesada en que no 
se menoscabe ni interrumpa el homenaje debido 



120 JOSÉ HNRIQUBJ RODÓ 

á las figuras venerandas que son luz y guía de la 
Humanidad; homenaje que si es un esencialísimo 
deber de justicia y gratitud humana, es, además, 
para la educación de las muchedumbres, un po- 
deroso medio de sugestión y de enseñanza objeti- 
va, lo mismo cuando se encarna en los bronces y 
los mármoles erigidos en la plaza pública, que 
cuando se manifiesta por la efigie colgada en las 
paredes de la escuela, del taller, de la biblioteca 
ó del asilo: de toda casa donde se trabaje por el 
bien ó la verdad. 

Esto es lo que sinceramente siento sobre el 
punto que usted someto á mi consideración; esto 
es lo que yo propondría á la meditación de todos 
los espíritus levantados sobre los fanatismos y las 
intolerancias. 

Haga usted de esta carta el uso que le parezca 
bien, y créame su afectísimo amigo, 



José Enrique Rodó 



Contrarréplicas 



(Publicadas en «La Razón», con motivo de le 
conferencia dada por el doctor don Pedro Díaz 
en el Círculo Liberal, el día 14 de Julio, refu- 
tando las ideas expuestas en la carta anterior.) 



Esperaba con interés la publicación de la con- 
ferencia que el doctor don Pedro Díaz consagró á 
refutar mi crítica de la expulsión de ios crucifijos 
de las salas del Hospital de Caridad. No se mez- 
claba á ese interés el propósito preconcebido de 
contrarreplicarie, y hasta deseaba que mi partici- 
pación personal en la agitación de ideas promovi- 
da alrededor de tan sonado asunto quedara ter- 
minada con la exposición serena de mi juicio. 

No es que no sea para mí un placer quebrar 
una lanza con inteligencia tan reflexiva y espíritu 
tan culto como los que me complazco en recono- 
cer, desde luego, en mi adversario de ocasión; pero 
confieso que, un tanto desengañado sobre la efica- 
cia virtual de la polémica como medio de aquilatar 
y depurar ideas, me hubiera contentado con dejar 
de persistir frente á frente mi argumentación y su 
réplica, para que por su sola virtud se abrieran 
camino en los espíritus dotados de la rara cuali- 
dad de modificar sinceramente sus juicios ó pre- 
juicios por la influencia del raciocinio ajeno. 

Pero por otra parte, el grave mal de estas 
disputas sobre puntos de índole circunstancial y 



122 JOSÉ BNRIQ UE RODÓ 

transitoria es que, en sus proyecciones, quedan 
casi siempre envueltos puntos mucho más altos, 
de interés imperecedero y esencial, que las con- 
veniencias accidentales del polemista resuelven 
en el sentido más favorable á su tesis del mo- 
mento, propendióndose con frecuencia así á de- 
formar la verdad, á arraigar la mentira histórica, 
á fomentar sofismas perniciosos y enormes injus- 
ticias, que acaso quedan flotando en el 8ire y se 
fijan luego en las asimilaciones inconscientes del 
criterio vulgar, como el único y deplorable rastro 
de estas escaramuzas efímeras. No es otro el in- 
terés que me mueve á no dejar sin contrarréplica 
la refutación á que aludo. 

Me detendré ante todas las fases de la cues- 
tión que encara el doctor Díaz, y aun ante algu- 
nas otras, y le seguiré paso á paso, en todas las 
evoluciones y los giros y las vueltas y revueltas 
de su habilidosa argumentación, por lo cual ha 
de disculpárseme de antemano si abuso, con más 
extensión y por más días que fuera mi deseo, de 
la afectuosa hospitalidad de este diario. 

Libre de toda vinculación religiosa, defiendo 
una gran tradición humana y un alto concepto de 
la libertad. 

No miro á mi alrededor para cerciorarme de 
si está conmigo la multitud que determina el si* 
lent vote de la opinión y que determinaría el sí ó 
el no en un plebiscito de liberales. Me basta con 
perseverar en la norma de sinceridad invariable, 
que es la única autoridad á que he aspirado siem- 
pre para mi persona y mi palabra. Recuerdo que 
cuando por primera vez tuve ocasión de hablar 
en una reunión política, en vísperas de elecciones 
y con la consiguiente exaltación de los ánimos, 
fué para«decir á la juventud, en cuyo seno me en- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 123 

contraba, que mi partido debía ceder el poder si 
caía vencido en la lucha del sufragio. Tal manifes- 
tación, hecha en días de gran incertidumbre elec- 
toral y en un ambiente de apasionamientos juve- 
niles, no era como para suscitar entusiasmos, y á 
los más pareció, cuando menos, inoportuna; pero 
no pasó mucho tiempo sin que pudiese compro- 
bar que más de uno de los que se acercaran á 
censurármelo en aquel momento se habían habi- 
tuado á escuchar sin escándalo, y aun á reconocer 
por sí mismos, que la conservación del poder debía 
plantearse en el terreno franco y llano del derecho. 
El más seguro camino, no ya para la aprobación 
interior, sino también para el triunfo definitivo, es 
el de decir la verdad, sin reparar en quién sea el 
favorecido ocasionalmente por la verdad, y nunca 
habrá satisfacción más intensa para la conciencia 
leal que cuando se le presente oportunidad de 
proclamar la razón que asiste del lado de l&s ideas 
que no se profesan y de defender el derecho que 
radica en el campo donde no se milita. 

Dicho esto, entremos, sin más dilaciones, en 
materia. 



Los orígenes históricos de la caridad 



Afirmó en mi carta, y repito y confirmo ahora, 
que la vinculación entre el espíritu de las casas de 
Beneficencia y el significado de la imagen que ha 
sido expulsada de su seno es tan honda como ma- 



324 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

nifiesto ¿innegable que Jesús es, en nuestra civi- 
lización, y aun en el mundo, el fundador de la 
caridad; que por él, este nombre de caridad tom6 
en labios de los hombres acepción nueva y subli- 
me, y que son su enseñanza y su ejemplo los que, 
al cabo de los siglos, valen para el enfermo la me- 
dicina y la piedad. 

El estimable conferenciante desconoce rotun- 
damente todo esto; sostiene que «no es por la idea 
ni por el sentimiento cristiano por lo que el hom- 
bre socorre al hombre»; califica de falso mi con- 
cepto de la personalidad de Jesús, y añade que, 
en este concepto, importa atribuir al fundador del 
cristianismo en la historia de la Humanidad una 
significación que «la ciencia» (asi dice) le niega en 
absoluto. 

Escuchemos la severa palabra de la ciencia. La 
ciencia nos opone, por labios del doctor Díaz, un 
argumento deductivo y copiosos argumentos his- 
tóricos. El argumento deductivo consiste en inferir 
que, siendo las revoluciones morales y sociales la 
obra impersonal de las fuerzas necesarias que se 
desenvuelven, con el transcurso del tiempo, en el 
seno de las sociedades humanas, importa una 
anomalía inaceptable atribuir la iniciativa de un 
nuevo sentimiento moral á la inspiración perso- 
nalísima de un hombre: cosa que, de ser cierta, 
invadiría la esfera del milagro y conformaría para 
Cristo la naturaleza que le negamos á Dios. 

No se necesita mucho esfuerzo para mostrar 
la inconsistencia de tal razonamiento, aun colo- 
cándose dentro del criterio histórico que más* lo fa- 
vorezca. Porque, sin menoscabar la acción de las 
fuerzas necesarias que presiden á la evolución de 
las sociedades y preparan en su obscuro laborato- 
rio los resultados ostensibles de la historia huma* 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 125 

na, cal. e perfectamente valorar la misión histórica 
y la originalidad do las grandes personalidades 
que, con carácter de iniciadores y reformadores, 
aparecen personificando en determinado momen- 
to los impulsos enérgicos de innovación, aunque 
su obra haya sido precedida por un largo proceso 
de preparación lenta é insensible y aunque la ac- 
ción del medio en que actúan colabore incons- 
cientemente con ellas para el triunfo que se mani 
fiesta como exclusiva conquista de su superio- 
ridad. 

Por mucho que se limitase la jurisdicción de 
la voluntad y el pensamiento personales; por mu- 
cho que se extremara la concepción determinista 
de la Historia, nunca podría llegarse á anular el 
valor de aquellos factores hasta el punto de que 
no fuera lícito á la posteridad, en sus rememora- 
ciones y sanciones, vincular á un nombre indivi- 
dual la gloria máxima de una iniciativa, la inspi- 
ración capital de una revelación, el mérito supe- 
rior de una reforma. La invención personal, en la 
esfera de las ideas morales, representa una reali- 
dad tan positiva é importante — según ha mostrado 
Ribot en su análisis de la imaginación creadora — 
como en el terreno de la ciencia ó del arte (1). 

Pero hay más: para atribuir á Jesús la. funda- 
ción de la moral caritativa, no sólo no se requiere 
desconocer las fuerzas históricas que obren por 



(1) «En el origen de las civilizaciones se encuentran per- 
sonajes semi históricos y semilegendarios (Manú, Zoroastro, 
Moisés, Confacio, etc.) que han sido inventores ó reforma- 
dores en el orden social y moral. Que una parte de la inven- 
ción que se les atribuye es debida & sus predecesores y á sus 
sucesores, es evidente; pero la invención, sea quienquiera el 
autor, no es por eso menos cierta. Hemos dicho en otra parte, 
y se nos permitirá repetirlo ahora, que esta expresión inven- 



126 J08ÍJ ENRIQUE RODÓ 

encima de la personalidad humana para producir 
los movimientos morales y sociales, sino que no 
es necesario desconocer siquiera los precedentes, 
más ó menos directos y eficaces, que aquella mo- 
ral haya tenido dentro mismo de la conciencia y 
la acción personal de los hombres. El doctor Díaz 
refuerza su argumento deductivo con abundantes 
citas históricas, para demostrarnos que el senti- 
miento da la caridad ha existido en el mundo 
desde mucho antes de Jesús, y que ya entendían 
de caridad Gonfucio, Buda, Zoroastro, Sócrates y 
cien otros. Muy pronto desvaneceremos la ilusión 
que pueda cifrar el doctor Díaz en estos recursos 
de erudición histórica, y reduciremos á su verda- 
dero valor la congruencia y oportunidad de tales 
citas. Pero aceptándolas provisionalmente, y con- 
cediendo que fuesen exactas y oportunas, ellas no 
serían un motivo para que Jesús no pudiera ser 
llamado, en el sentido usual de este género de ca- 
lificaciones históricas, el fundador de la caridad 
en el mundo. El mismo argumento que invocaba 
el doctor Díaz para resistirse á aceptar que la mo- 
ral del cristianismo haya significado tan excep- 
cional vuelco de ideas, su mismo argumento de 
que no hay obra humana sin preparación y ante 
cedentes, determinaría el significado de las rela- 
ciones que pudieran encontrarse, en la historia 
anterior al cristianismo, con la obra de Jesús. No 



tores, aplicada á la moral, podrá parecer extraña á algunos, 
porque están imbuidos por la hipótesis de un conocimiento 
del bien y del mal innato, universal, compartido por todos loe 
hombres y en todos los tiempos. Si se admite, por el contrario, 
como lo impone la observación, no una moral hecha de ante- 
mano, sino una moral que se va haciendo poco á poco, preciso 
es que sea la creación de un individuo ó de uu grupo.» (Ribot, 
Ensayo sobre la imaginación creadora, tercera parte, cap. VII.) 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 127 

hay obra humana sin preparación y antecedentes, 
y sin embargo de ello, hay y habrá siempre, para 
el criterio de la Historia, iniciadores, hombres 
que resumen en sí el sentido de largos esfuerzos- 
colectivos, la originalidad de una reforma social? 
la gloria de una revolución de ideas. 

Cuatro siglos antes que Lutero quemase en la 
plaza de Wittemberg las bulas de León X, habían 
rechazado los albigenses la autoridad del pontífice 
romano y sostenido la única autoridad de las Es- 
crituras; largos años antes de Lutero, habían sido 
arrojadas al Tíber las cenizas de Arnaldo de Bres- 
cia y había perecido Juan Huss por la libertad de 
la conciencia humana. Pero Lutero es y será siem- 
pre ante la justicia de los siglos el fundador de la 
reforma religiosa. 

Varias generaciones antes de que Sócrates pla- 
ticase de psicología y de moral con los ciudadanos 
de Atenas, había filosofado Tales, y Pitágoras ha- 
bía instituido su enseñanza sublime, y habían ra- 
zonado los. atomistas, y habían argumentado los 
eleáticos; pero Sócrates es y será siempre en la me- 
moria de la posteridad el fundador del pensa- 
miento filosófico. 

Mucho tiempo antes de que Colón plantase en 
la playa de Guanahaní el estandarte de Castilla, 
los marinos normados habían llegado con sus 
barcos de cuero, no ya á las costas del Labrador y 
de Terranova, sino á las mismas tierras donde hoy 
se levantan las más populosas, más opulentas y 
más cultas ciudades de la civilización americana; 
pero Colón es y será siempre, ante la conciencia 
de la Historia, el descubridor del Nuevo Mundo. 

Más de un siglo antes de que la Revolución 
del 89 proclamara el principio de la soberanía 
popular y realizase la forma republicana, los puri- 



128 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

taños de Inglaterra habían reivindicado ios dere- 
chos del pueblo, y el trono de los Estuardos había 
precedido en la caída al de los Borbones; y á pesar 
de ello, la Revolución del 89 es el pórtico por 
donde la sociedad moderna pasa del absolutismo 
monárquico al ideal de las instituciones libres. 

Siempre habrá un precedente que invocar, un 
nombre que anteponer, una huella que descubrir 
en el campo de las más audaces creaciones de los 
hombres, pero las sanciones de la justicia humana 
no se atendrán jamás ai criterio que parta del rigor 
de estos fariseísmos cronológicos, miserables cues- 
tiones de prioridad, cuyo sentido se disipa en la 
incertidumbre crepuscular de todos los orígenes. 
La predilección en el recuerdo, la superioridad en 
la gloria, no será nunca del que primero vislum- 
bra ó acaricia una idea, del que primero prueba 
traducirla en palabras ó intenta comunicarle el 
impulso de la acción, sino del que definitivamente 
la personifica y consagra, del que la impone á la 
corriente de los siglos, del que la convierte en sen- 
tido común de las generaciones, del que la en- 
traña en la conciencia de la Humanidad, como la 
levadura que se mezcla en la masa y la hace cre- 
cer con su fermento y le da el punto apetecido. 

Por lo demás, si existe originalidad humana, 
no que excluya todo precedente, pero sí que se 
encuentre en desproporción con los precedentes 
que puedan señalársele, es, sin duda, la origina- 
lidad de la persona y la obra de Jesús. El entu- 
siasta conferenciante manifiesta extrañar, por ho- 
nor de la Humanidad, que se acepte que en las 
civilizaciones anteriores á Cristo el sentimiento 
de la caridad no fuera conocido y practicado en 
formas tan, altas por lo menos como las que ha 
realizado la enseñanza cristiana. La extrañeza es 



LIBMRALISMO T JACOBINISMO 129 

absurda en quien tanto habla de fuerzas que go- 
biernan la Historia por determinismo y evolución. 
Lo que implicaría un concepto evidentemente con- 
tradictorio con toda idea de evolución y determi- 
nismo sería imaginar que la razón humana ha 
podido levantarse, desde el primer instante de su 
desenvolvimiento, á la concepción de la moral 
más alta, y que la idea del deber no ha necesitado 
pasar por adaptaciones y modificaciones correla- 
tivas con los caracteres del medio, la raza y los 
demás complejos factores de la Historia, antes de 
llegar á la moral que constituye el espíritu de 
nuestra civilización. 

Pero entremos á examinar menudamente el 
valor que tengan las citas históricas del doctor 
Dhz en la relación con nuestro asunto. Tal será 
el tema del artículo siguiente. 



II 



¿Cuál deberá ser el criterio para graduar la 
oportunidad y eficacia de las citas con que se 
disputa á Jesús la originalidad de la moral cari- 
tativa y el derecho á ser glorificado en primer tér- 
mino por el le? El criterio no puede ser otro que 
el de aquilatar la influencia que las doctrinas y 
los nombres citados representan en la obra de 
difundir y realizar aquella moral con anterioridad 
á Jesús. Y como ninguna sociedad humana está 
obligada á tributar agradecimiento ni gloria por 
beneficios de que no ha participado, debe agre- 
garse como condición que el alcance de tales in« 



130 JOSÉ ENRIQUB RODÓ 

fluencias llegue, directa ó indirectamente, á la so- 
ciedad que ha de rememorarlas y glorificarlas. De 
donde se sigue que la cuestión queda lógicamente 
reducida á investigar los orígenes del sentimiento 
de la caridad en cuanto se relacione con la civili- 
zación, de cuyo patrimonio y espíritu vivimos: la 
civilización, que, tomando sus moldes últimos y 
persistentes en los pueblos de la Europa occiden- 
tal, tiene por fundamentos inconcusos la obra 
griega y romana por una parte; la revolución re- 
ligiosa, en que culminó el cometido histórico del 
pueblo hebreo, por la otra. 

No negará el doctor Díaz que esta es la ma- 
nera como deben encararse los títulos históricos 
que se pongan frente á los de Jesús; porque de lo 
contrario, si se admitiera que la simple prioridad 
cronológica, fuera de todo influjo real, determi- 
nase derecho preferente para la apoteosis, llega- 
ríamos á la conclusión de que, resuelto un día el 
problema de la comunicación interplanetaria y 
averiguándose que en Marte ó en Saturno em- 
pezó á existir antes que en la Tierra una especie 
racional capaz de virtudes y heroísmo, la Huma- 
nidad debería posponer la glorificación de sus 
apóstoles y sus héroes á la de ios héroes y los 
apóstoles saturnianos ó marcianos. 

Establecido, pues, el criterio con que procede- 
remos, ha de permitirnos, ante todo, nuestro ilus- 
trado contendor que pongamos un poco de orden 
en la sucesión tumultuosa de sus citas, disponién- 
dolas con arreglo á cierta norma, que, á falta de 
otra menos empírica, será la de su corresponden*- 
cia geográfica de Oriente á Occidente. Y ha de per- 
mitirnos también que, comenzando, según este 
orden, por Confucio, le neguemos resueltamente 
el pasaporte, con todo el respeto debido á tan ma- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 131 

jestuosa personalidad. Del lado de Confucio no es 
posible que haya venido para la civilización euro- 
pea ni frío ni calor, ni luz ni sombra. Ninguna 
suerte de comunicación espiritual, ninguna noti- 
cia positiva siquiera, habían fijado la idea de la 
China en el espíritu de Europa antes de los viaje- 
ros del Renacimiento. Era aquélla una tierra de 
leyenda, la Sérica de los antiguos, la Catay semi- 
soñada de Marco Polo. Apenas cuando los nave- 
gantes portugueses llegaron á las extremidades 
orientales del Asia comenzó á abrirse á las mira- 
das del mundo el espectáculo de ese pueblo que 
había permanecido por millares de años en invio- 
lada soledad, tan sjeno á los desenvolvimientos 
convergentes y progresivos de la historia humana 
como lo estaría la raza habitadora de un planeta 
distinto. ¿Por qué grietas de la famosa muralla 
ha podido filtrarse un soplo del aire estagnado 
dentro de aquella inmensa sepultura, para infun- 
dirse en el espíritu de otras civilizaciones y concu- 
rrir a formar el sentido moral de la Humanidad?... 
Convengamos en que esta piadosa evocación de la 
gesta mongola de Confucio no pasa de ser un ex- 
ceso de dilettantismo chinesco. 

Tras de Confucio, sale á la luz la fisonomía, 
menos pavorosa, de Buda. Nos encontramos en 
presencia de un ideal moral realmente alto, y en 
algunos respectos no inferior, sin duda, al cristia- 
nismo. Nos encontramos además en un mundo 
que, desde el punto de vista étnico, puede consi- 
derarse más vinculado al origen de los pueblos 
occidentales que el propio mundo de Jesús. Y con 
todo, ¿cuál es la influencia histórica positiva del 
budismo en la elaboración del espíritu de la civi- 
lización cristiana? 

Absolutamente ninguna. La religión de Sakia- 



132 JOSÉ BNK1QUB RODÓ 

Muni, expulsada, no bien nacida, de su centro por 
la persecución de la ortodoxia brahmánica, se ex- 
tiende hacia el Oriente y hacia el Norte, sigue una 
trayectoria enteramente opuesta á la que hubiera 
podido llevarla al gran estuario de ideas de Occi- 
dente, y queda así sustraída á la alquimia de que 
resultó nuestra civilización. Si algún esfuerzo hace 
el budismo para tomar el rumbo de las remotas 
emigraciones de los arias, ante la certidumbre 
histórica, ese esfuerzo no pasa de manifestaciones 
obscuras y dispersas. Si ecos menos vagos de su 
espíritu cabe sospechar en alguna de las sectas 
gnósticas de los primeros tiempos cristianos, los 
ecos se disipan con ellas. Es menester que mu- 
chos siglos transcurran, y que el maravilloso sen- 
tido histórico del siglo XIX despeje el enigma 
multisecular de esa India, que no había sido hasta 
entonces en la imaginación europea mas que una 
selva monstruosa, para que ei foco de infinito 
amor y de melancólica piedad que había irradiado 
en la palabra de Buda se revele á la conciencia de 
Occidente con su poética y enervante atracción, 
suscitando en el pensamiento germánico las con- 
geniales simpatías que llevaron el espíritu de 
Schopenhauer al amor del loto de Oriente é indu- 
jeron á Hartmann á buscar en el desesperanzado 
misticismo del solitario de Urulviva el germen 
probable de la futura religión de los hombres (1). 



(1) Las conjeturas de Hartmann sobre el porvenir de la 
evolución religiosa no excluyen de este porvenir la persisten- 
cia de elementos cristianos, ni impiden que el filósofo del pe- 
simismo reconozca explícitamente que la preponderancia y el 
sentido progresivo de la civilización occidental se deben á la 
superioridad de la filosofía cristiana, en cuanto afirma la rea- 
lidad del mundo sobre el idealismo nihilista que ha detenido 
la evolución de los arias asiáticos. Para Hartmann, la fórmula 



LIBERALISMO T JACOBINISMO 133 

Queda cerrado el atajo de Sakia-Muni. Siga- 
mos adelante. Henos aquí en plena Persia, ante 
el formidable Zaratustra de Nietzsche ó el Zoroas- 
tro de la denominación vulgar. «¿Cómo hablaba 
Zaratustra?t Según el doctor Díaz, de manera no 
menos alta y generosa que Jesús. Démoslo de ba- 
rato y vamos á lo pertinente: ¿ha trascendido de 
allí al espíritu de nuestra civilización una influen- 
cia positiva que menoscabe la originalidad de 
nuestra ley moral? Este es, sin duda, un campo 
histórico más fronterizo que los de Buda y Con- 
fucio con los orígenes de la civilización cristiana. 
Admitamos sin dificultad que el ambiento de la 
religión de la Persia, respirado por los profetas 
durante el cautiverio, haya suministrado elemen- 
tos teológicos y morales á la elaboración del me» 
sianismo judío. Concedamos también que, fuera 
de esa vía de comunicación, el espíritu occidental 
haya podido asimilarse, por intermedio de la cul- 
tura helénica, partículas que procedan del conte- 
nido ideal del mazdeísmo, sea desde los viajes 
más ó menos legendarios de Pitágoras, sea desde 
las expediciones de Alejandro. ¿Quién es el que 
se atrevería á precisar, aun así, la vaguedad in- 
coercible de estas infiltraciones históricas, de 
aquellas que no faltan jamás ni alrededor de la 
obra de más probada espontaneidad, y quién po- 
dría demostrar, sobre todo, que ellas se relacionan 

religiosa del porvenir será una síntesis del desenvolvimiento 
religioso ariano y el semítico, del budismo y el cristianismo; 
sólo que concede marcada preferencia al primero, por enten- 
der que el panteísmo es una concepción más conciliable con 
la idea cientiñca del mundo que el deísmo personal trascen- 
dente, y por creer en las ventajas del pesimismo, como fun- 
damento ético, sobre el espíritu, optimista eu definitiva, de 
la moral judeocristiana.— Véase Hartmann, La religión del 
porvenir, caps. VIII y IX. 



134 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

con el sentimiento moral cuya procedencia discu- 
timos, y que se relacionan hasta el punto de de- 
terminar una influencia capaz de considerarse 
como valor histórico y estimable y de pesaren las 
sanciones de la posteridad? Por otra parte, ó esta 
cuestión no existe, ó se reduce á la de la origina- 
lidad de la obra de Jesús con relación al testa- 
mento antiguo y á la moral de los filósofos griegos, 
únicos puentes posibles entre el espíritu del re- 
formador de la Bactriana y la conciencia de la 
moderna civilización. Ningún otro influjo autoriza 
á incluir la moral del mazdeísmo entre ios prece 
dentes de la moral que profesamos. La religión 
del Zend Avesta no sólo perdió en Maratón y Sa- 
lamina la fuerza necesaria para propagarse ó in- 
fluir en los destinos del mundo, sino que aún supo 
persistir dentro de sus propias fronteras y fué ba- 
rrida de ellas ai primer empuje de proselitismo 
del Corán, para arrinconarse en las semiignora- 
das regiones donde aún prolonga su lángida ago- 
nía. La evocación de Zoroastro no tiene, pues, 
más oportunidad que la de Gonfucio y Buda. 

Análogas razones invalidan la cita del Egipto, 
cuya intervención veneranda negocia también el 
distinguido orador para que le auxilie con la mo- 
ral del Libro de los muertos. Aquí el contacto es 
evidente por ambas fases de los orígenes cristia- 
nos; evidente el contacto del pueblo de Israel con 
el Imperio de los Faraones, y por tanto, muy pre- 
sumible la influencia de la tradición egipcia en el 
espíritu de la ley mosaica, y evidente el contacto 
del pensamiento griego, desde Pitágoras, ó desde 
antes de Pitágoras, con la enseñanza de los sacer- 
dotes del Nilo. Pero estas vinculaciones quedan 
incluidas entre las de la doctrina de Jesús con la 
antigüedad hebrea y helénica, punto que hemos 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 135 

<de considerar en breve, llevados por los pasos de 
nuestro replicante. Si Cristo se relaciona con ios 
adoradores de Osiris, será por intermedio de Moi- 
sés; y si el cristianismo primitivo se asimila ele- 
mentos de procedencia egipcia, será por interme- 
dio de los pensadores griegos, y singularmente 
del neoplatonismo de Alejandría. Lo que cabe pre- 
guntar desde luego es si la originalidad y virtud 
de la moral cristiana, como ley de amor extendida 
á todos los hombres, ha podido venir del seno del 
Libro de los muertos; y para esta pregunta, 18 res- 
puesta negativa se impone con absoluta certidum- 
bre, siendo indudable que lo que la tradición de 
los egipcios haya proporcionado para la constitu- 
ción del dogma cristiano podrá referirse á la parte 
teológica ó teogónica, pero nunca al espíritu y la 
expansión de la moral, que aquel pueblo de for- 
mulistas y canonistas, con su inmovilidad hierá- 
tica y su egoísmo desdeñoso y estrecho, jamás 
hubiera sido capaz de infundir, por su propia 
eficacia, en el organismo de una fe apta para pro- 
pagarse é imponerse al mundo. 

Vea, pues, nuestro estimable antagonista cómo 
podíamos habernos ahorrado este paseo por 
Oriente. No es en aquellas civilizaciones donde se 
encendió, para la nuestra, el fuego de la caridad. 
No será allí donde sea posible hallar argumentos 
que menoscaben la grandeza de la obra de Jesús 
ni la originalidad de su moral, como títulos para 
nuestra gratitud y glorificación. Y esta razón de- 
cisiva nos exime de entrar en argumentos de otro 
orden y juzgar el árbol por sus frutos, según en- 
seña el Evangelio: el valor de la doctrina por los 
resultados de la aplicación; y mostrar á la China 
<le Confucio momificada en el culto inerte de sus 
tradiciones; al Tíbety la Indo-China de Buda dur- 



186 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

miendo, bajo el manzanillo del Nirvana, el sueño» 
de la servidumbre; á la Persia de Zoroastro olvi- 
dada de su originalidad y su grandeza, para echar- 
se á los pies del islamismo; y á la Europa y la 
América de la civilización cristiana manteniendo 
en alto la enseña capitana del mundo sobre qui- 
nientos millones de hombres fortalecidos por la 
filosofía de la acción, de la esperanza y de Ja 
libertad. 

Mañana relacionaremos la idea cristiana de la 
caridad con sus inmediatos precedentes, la ley 
hebrea y la moral helénica, y examinaremos si en 
este terreno tiene mejor éxito la dialéctica del 
doctor Díaz. 



III 



Admiremos, ante todo, los contradictorios re- 
sultados á que lleva la pasión de la polémica. Es 
indudable que, para quien se proponga negar la 
originalidad de Jesús, significa una posición mu- 
cho más fuerte colocarse dentro del Antiguo Tes- 
tamento y tender á demostrar la identidad de su 
espíritu con la moral cristiana, que remontarse, 
en busca de inoportunos precedentes, á Gonfucio, 
Buda y Zoroastro. Pero como el interés es amen- 
guar á toda costa la fama histórica de Jesús, y 
como el Antiguo Testamento está demasiado vin- 
culado con Jesús para que allí pueda reconocerse 
cosa buena siendo el fundador del cristianismo 
tan insignificante y tan nulo, nuestro replicante 
presenta lo que debiera haber sido la parte prin- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 187 

cipal de su argumentación en esta forma displi- 
cente y casi despectiva: tEn los mismos iibros del 
Antiguo Testamento, anteriores á Jesús, hay pre- 
ceptos de caridad. ..>, etc. 

Los hay, sin duda, y en este punto no sólo 
aceptamos el argumento que se nos opone, sino 
que, antes de refutarlo, lo ampliamos y reforza- 
mos por nuestra cuenta. 

La caridad — puede efectivamente decírsenos — 
estaba toda en el espíritu y la letra de la Ley an- 
tigua. El amor del pobre, del desamparado, del 
vencido, es la esencia misma de esa clamorosa 
predicación de los profetas, que constituye el más 
penetrante grito de la conciencia popular entre 
las resonancias de la historia humana. No hay 
más efusión de caridad en las parábolas del Evan- 
gelio que en las sentencias del Deuteronomio ó en 
la poesía de los Salmos. La glorificación del es- 
clavo, del humilde, no necesitaba ser revelada por 
Jesús al pueblo que había probado por sí mismo 
las amarguras del esclavo durante la larga noche* 
de su cautiverio. 

¿En qué consiste entonces la originalidad mo- 
ral de la Ley nueva? ¿En qué consiste que la ca- 
ridad deba llevar el sello de Jesús y no el sello de 
Moisés ó Isaías? Apenas aparece necesario decir- 
lo. En que la Ley y los profetas fueron una obra 
eminentemente nacional, y la obra de Jesús fué 
una obra esencialmente humana; en que la Ley y 
los profetas predicaban para su pueblo, y Jesús 
predicaba para la Humanidad; en que Ja caridad 
de la Ley y los profetas no abrazaba mas que los- 
limites estrechos de la nacionalidad y de la patria, 
y la caridad de Jesús, mostrando abierto el ban- 
quete de las recompensas á los hombres venidos 
de los cuatro puntos del horizonte, rebosaba so- 



138 JOSÉ BHRlQUB RODÓ 

bre la prole escogida de Abraham y llenaba los 
ámbitos del mundo. 

La campaña contra la imagen de Cristo levanta 
por bandera el postulado de que la caridad prtva 
lece sobre las diferencias religiosas, y desconoce 
que ese mismo postulado á que se acoge, ese mis- 
mo principio en que se escuda, pertenecen, por de- 
recho irrefragable, á quien, oponiéndolos a la tole- 
rancia orguilosa de su tiempo, los consagró para 
siempre, con la hermosa sencillez de sus parábo- 
las, en el ejemplo de «el samaritano y el levita» (1), 



(1) San Lucas, X, 30-37.— El señor Bossi, en el libro de 
que se hablará más adelante (Jesucristo nunca ha existido, 
pág. 173 de la traducción española), invierte loa términos de 
esta notoria diferencia entre la moral del Antiguo Testamento 
y la del Nuevo, atribuyendo á la fraternidad cristiana el ca- 
rácter nacionalista ó sectario, y á la judía el humanitarismo. 
La paradoja no tiene siquiera el mérito de la originalidad. 
Esta es, desde luego, una cuestión palmariamente resuelta 
por los hechos históricos, que presentan al cristianismo ten- 
diendo, desde su nacer, á universalizarse y fundando la unidad 
humana más amplia y comprensiva, y al judaismo confirmán- 
dose después de la destrucción de su Templo, y perseverando 
hasta nuestros días en su exclusivismo de raza y su insocia- 
bilidad genial. El señor Bossi no puede desconocer lo eviden- 
te, y confiesa (pág. 178) que la fraternidad universal es «la 
esencia del cristianismo»; sólo que atribuye este resultado á 
influencias extrañas á la moral, que llama sectaria, del Evan- 
gelio. Pero es absurdo pretender que el humanitarismo cris- 
tiano proceda, en lo fundamental, de otra parte que do la 
moral evangélica. Las citas en que apoya la paradoja el señor 
Bossi (pág. 116) son unilaterales y contrarias á todo priuci- 
pio de lealtad y corrección en la crítica. No sólo se atiene casi 
exclusivamente al Evangelio de San Mateo, que, como sabe, 
es el más penetrado de judaismo conservador, sino que toma 
únicamente de él lo que puede convenir á su prejuicio. Así, 
menciona la prohibición de entrar en ciudades de gentiles y 
aamaritanos (Mateo, X, 5-7), y el episodio de la mujer cana- 
nea (Mateo, XV, 22-26), no sin excluir de la referencia loa 
versículos finales (27 y 28), que completan y en cierto modo 
rectifican el sentido, y el pasaje que presenta á los apóstoles 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 139 

que minaba las bases de la caridad fundada sólo 
en la coparticipación de la fe. 

Pero abramos campo todavía. Imaginemos que 
esta extensión universal del espíritu caritativo es- 
tuviera ya en germen en los preceptos de la anti- 
gua Ley y no necesitara sino desenvolverse y pro- 
pagarse. Aun así, el vínculo por el cual esa escon- 
dida virtud de la tradición mosaica se habría 
comunicado con el mundo y le habría conquistado 
y redimido.no sería otro que la palabra de Jesús. 
En Grecia, en Roma, en todo el Oriente del Medi- 



juzgando sólo á las doce tribus de Israel (Mateo, XIX, 28)! La 
refutación de pleitista consistiría en argüir que el significado 
de esos y otros pasajes debe tomarse en la inteligencia de una 
simple prioridad cronológica en la conversión de los judíos 
respecto de la de los gentiles, como cabe sostener, fundándose 
en la versión dada por San Marcos (VII, 27) de las palabras 
de Jesús á la cananea, y en las de San Pablo y San Bernabé a 
los judíos en las Actas de los apóstoles (XIII, 46). Pero la sin- 
ceridad crítica y el interés desapasionado en la indagación de 
la verdad, están en aceptar derechamente el significado judais- 
ta de tales referencias, para argumentar luego con que no es 
admisible valorarlas sin poDer al lado de ellas los lugares en 
que aparece, de manera clara ó inequívoca, el sentido huma- 
nitario. Así, en el miamo Mateo, el episodio del centurión de 
Oafarnaum (VIII, 6-18) y la parábola de los labradores susti- 
tuidos en el cultivo de la viña (Mateo, XXI, 88-43; Marcos, 
XII, 1-9; Lucas, XX, 9 16) y la de los caminantes llamados 
al convite de bodas (Mateo, XXU, 2-10; Lucas, XIV, 16-23), 
y en Lucas, la citada parábola del samaritauo y el levita, y el 
caso del samaritano agradecido (XVII, 11-16), y en Juan, la 
hermosísima escena de la samaritana (IV, 5-23), y finalmente, 
los mandatos de que el Evangelio se predique á todas las gen- 
tes y naciones, en Mateo (XXIV, 14. y XXVIII, 19), en Mar- 
cos (XVI, 15), y en Lucas (X, 1, XXIV, 47), corroborados en 
Juan con el anuncio de la glorificación de Jesús por los gen- 
tiles (XII, 20-23). Es, pues, inexcusable la necesidad de reco- 
Mocer en los Evangelios la huella de ambas tendencias— ju- 
daismo y humanitarismo — , tal como alternativamente se 
imponían al espíritu de los evangelistas, y partiendo de aquí, 
quien se proponga inferir con sinceridad, entre ambas, cuál 



140 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

terréneo, las colonias judías precedieron en mu- 
cho tiempo á las misiones de los apóstoles; pero 
su espíritu no fué, antes de la propagación del 
cristianismo, mas que un ánfora cerrada, sin tras- 
cendencia real en el ambiente. ¿Qué miserable 
virtud había de tener por sí solo para mover la 
corriente magnético de las simpatías humanas? 
La sinagoga sin Jesús es el fariseísmo: el hedor 
del sepulcro, la hipocresía de la fórmula. Jamás 
pudo surgir de almas de fariseos la redención de 



es la que verdaderamente interpreta la posición original de 
Jesús, se inclinará, sin género de duda, á atribuirle el sentido 
humanitario, y hallará para los vestigios de judaismo, ya la 
explicación de que el Maestro no llegó probablemente á aquél 
desde el primer instante de sus predicaciones, ya la de las re- 
sistencias que en la mente de los discípulos, sujeta todavía 
por los vínculos de la tradición y la raza, debía hallar el atre- 
vimiento de un espíritu inmensamente superior al de ellos en 
amplitud é independencia genial de tales vínculos. Sabido es 
que la lucha entre la tendencia universalista y la judaica cons- 
tituye, durante el primer siglo, el conflicto interior del cris- 
tianismo naciente, y por mucha parte que deba atribuirse en 
el triunfo de la expansión humanitaria á la iniciativa de San 
Pablo, es seguro que esta iniciativa no hubiera prosperado á 
no tener hondas raíces en la doctrina original. Nadie puede 
lealmente desconocer que el sentido humanitario es el que se- 
conforma y urmoniza con el carácter general de la personali- 
dad y la doctrina de JesÚ9, y desde luego, el que fluye nece- 
sariamente de su concepción del sentimiento religioso: sepa- 
rando este sentimiento de la autoridad de la tradición y de la 
ley para darle por fundamento único la intimidad de la con- 
ciencia, la sinceridad del corazón, no podía menos de llegarse 
á repudiar la idea del privilegio de un pueblo elegido y de la 
indignidad de los otros. Los dos grandes historiadores del Je- 
sús humano concuerdan en la interpretación del espíritu del 
Reformador en este punto. (Véase Renán, Vida de Jesús, capi- 
tulo XIV, «Relaciones de Jesús con los paganos y los samari- 
tanos», y Strauss, Nueva vida de Jesús, lib. I, XXVI, «Jesús 
y los gentiles». Consúltese también en Strauss la «Mirada re- 
trospectiva sobre los tres primeros Evangelios, ob. cit., In- 
troducción, XIX, XX y XXI.) 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 141 

la Humanidad. Lejos de cooperar desde sus re- 
ductos á la obra histórica del cristianismo, la or- 
todoxia judía, que sacrificó al Reformador en nom- 
bre de la ley, fué el mortal enemigo que hubo de 
vencer la fe naciente, no ya fuera, sino dentro mis- 
mo de su seno; y el cristianismo necesitó romper 
los últimos lazos que le sujetaban á la tradición, 
para no perecer consumido por su sombra, como 
habría perecido, sin duda, si el genio propagador 
y humanitario de San Pablo no le arrancara de 
aquella atmósfera de muerte, separando, según el 
precepto del Maestro, el vino nuevo de las odres 
que le hubieran agriado. 

Cabe aún una última objeción, si es que puede 
llegarse á la última objeción cuando se tiene en- 
frente la pertinacia imperturbable de las opinio- 
nes sistemáticas. Jesús no se levanta sobre la pla- 
nicie del fariseísmo como montaña aislada y sú- 
bita, á manera de los conos volcánicos. Anhelos ó 
impulsos de reforma; tendencias inconexas, pero 
inconscientemente convergentes en el sentido de 
comunicar más efusión de amor al espíritu de la 
caridad, más amplitud y fuerza íntima al senti- 
miento religioso, más extensión humanitaria á la 
idea de la solidaridad social, se agitaban, con la 
recrudescencia de las esperanzas mesiánicas, en 
torno de la sinagoga; y en ese desasosiego presa- 
gioso, el maestro de Nazaret no fué el único ni oi 
primero. Algo aprovecha de este argumento posi- 
ble el doctor Díaz; y así, aunque con un tanto de 
incongruencia — furtivamente deslizado entre su 
Bada, su Zoroastro y su Confucio— , trae á luz el 
nombre de Filón, el judío de Alejandría que, si- 
multáneamente ó con alguna anterioridad á Jesús, 
obtuvo de la conciliación del deísmo de su pueblo 
con la filosofía neoplatónica una moral inspirada 



142 JOSÉ BNRIQUK RODÓ 

en un alto sentimiento de la fraternidad humana. 
Demos paso á Filón, y hasta proporcionémosle 
cortejo, recordando que aún pudo el conferencian- 
te abonar su tesis contraria a la originalidad del 
cristianismo con nombres que convinieran mejor 
á su objeto que el de Filón, siendo así que, res- 
pecto del pensador alejandrino, nadie duda que 
permaneció Jesús en incomunicación absoluta, 
mientras que es sostenible la influencia de los 
esenios, con su apartamiento de las observancias 
exteriores y su sentido semicristiano de la cari- 
dad; y muy sostenible la de moralistas como Hi- 
Uel, el rabino de las suaves sentencias, más ver- 
dadero precursor de Jesús que el tétrico y adusto 
Bautista. Pero ya se refieran los precedentes á la 
utopia social de los esenios, ya al judaismo hele* 
nizante de Filón, ya á las sentencias de la tradi- 
ción oral recogida en las paginas de los libros 
talmúdicos, es indudable que en los últimos tiem- 
pos de la antigua Ley cabe encontrar, antes ó 
fuera de la palabra de Jesús, muchos de los ele- 
mentos en que pueda concretarse la diferencia 
literal de la Ley nueva respecto de la antigua. 

¿Qué dificultad hemos de oponer para recono» 
cerlo quienes no vemos en la obra del fundador 
del cristianismo cosa divina, materia de revela- 
ción, sino obra de genio y monumento de gran- 
deza humana? Demuéstrese triunfalmente todo 
ello; ordénense, en dos columnas paralelas, el 
Nuevo Testamento por un lado, por el otro extrac- 
tos del Antiguo, de los tratados de Filón y del 
Talmud; señálense las relaciones, las semejanzas, 
las coincidencias... y después de esto, la originali- 
dad de Jesús quedará siendo tan alta, que jamás 
obra humana merecerá más justo título que su 
obra el nombre de creación. 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 143 

Lo que queda dicho al precisar las condiciones 
que determinan la calidad histórica de los inicia- 
dores y reformadores define suficientemente el 
sentido de esa afirmación, que no será paradojal 
mas que para los que se alleguen á estas cuestio- 
nes con la estrechez del criterio legista, apegado 
a la ruindad de la tierra, incapaz de la mirada que 
desencarna el alma de los acontecimientos y las 
cosas. 

El genio es esencialmente la originalidad que 
triunfa sobre el medio, pero esta originalidad en 
que consiste el elemento específico del genio no 
significa la procedencia extrateiúrica del aero- 
lito; no excluye, como lo entendería una interpre- 
tación superficial, la posibilidad de rastrear, den- 
tro del mismo medio, los elementos de que, cons* 
ciente ó inconscientemente, se ha valido; los 
precedentes que de cerca ó de lejos le han prepa- 
rado; el cultivo que ha hecho posible la floración 
maravillosa. Lo que sobrepuja en el genio todo 
precedente, lo que se resiste en el genio á todo 
examen, lo que desafía en el genio toda explica- 
ción, es la fuerza de síntesis, que reuniendo y 
compenetrando por un golpe intuitivo esos ele- 
mentos preexistentes, infunde al conjunto vida y 
sentido inesperados, y obtiene de ello una unidad 
ideal, una creación absolutamente única, que per- 
severará en el patrimonio de los siglos, como la 
síntesis química obtiene de la combinación de los 
elementos que reúne un cuerpo con propiedades 
y virtudes peculiares, un cuerpo que no podría 
definirse por la acumulación de los caracteres de 
sus componentes. 

Así en el arte como en la ciencia, como en la 
creación moral. Todo Shakespeare puede ser re- 
constituido con autores que le precedieron, para 



144 JOSÉ ENRIQUFl RODÓ 

quien sólo atienda 6 los argumentos de sus obras; 
y en cuanto á la originalidad literal, dos mil entre 
seis mil versos suyos son remedos ó reminiscen- 
cias; pero no es sino Shakespeare quien, con ese 
material ya empleado, impone a la admiración 
«terna de los hombres Romeo y Julieta, Hamlet, 
Macbeth, Ótelo. 

Y hemos de ver más adelante que cuando se 
trata de la iniciativa de revoluciones morales, las 
ideas— en cuanto este nombre designa la simple 
noción intelectual — son, no menos que en el arte, 
elemento secundario, y la personalidad viviente 
del reformador, la personalidad que siente y obra, 
es casi todo. Las ideas que el análisis puede diso- 
ciar en la doctrina de Jesús se hallaban en la ley 
mosaica, en los profetas, en el Eclesiástico, en Hi- 
llel, en Antígono de Soco, en Filón, en el Bautista; 
pero sólo Jesús, sólo su fuerza sublime de perso- 
nalidad obtiene de esos elementos flotantes, dis- 
persos ó inactivos, esta síntesis soberana: la moral 
y la religión de veinte siglos, el porvenir del mun- 
do, la regeneración de la Humanidad. 

Toda argucia fracasa ante la sencillez formi- 
dable de este hecho: cualquiera otro hombre á que 
quisiera vincularse la gloria de la caridad, entre 
los que hemos citado, sólo tendrá tras sí ó el olvido 
o una fama sin calor ni trascendencia activa en 
la realidad de lo presente, y el nombre de Jesús 
as, y seguirá siendo, durante un porvenir cuyo lí- 
mite no se columbra, el núcleo del proselitismo 
más fervoroso, más expansivo y más avasallador 
de que haya ejemplo en la memoria de los 
hombres. 



MBBRALISHO 7 JACOBINISMO 145 



IV 



Empezaremos hoy agradeciendo al doctor Díaz 
que nos proporcione ocasión de respirar por una 
hora el aire que circula entre los mármoles de la 
Acrópolis y sacude las ramas de los olivos de Mi- 
nerva. Siempre es grata esa peregrinación á que 
nos invita. De aquella parte vino lo más noble de 
nuestro patrimonio intelectual: ciencia, arte, in- 
vestigación metódica, sentido de lo bello, ¿Vino 
también de allí un ideal de amor caritativo que, 
excediendo de la extensión de la ciudad y de la 
raza, y trascendiendo de la esfera del pensamiento 
abstracto al sentimiento y á la acción, volviese 
vana la enseñanza del Redentor del mundo? 

Examinemos la nueva provisión de citas de 
nuestro estimable replicante. Procede descartar, 
desde luego, la que se refiere (de modo general y 
sin abonarse concretamente la oportunidad de la 
cita) á las sentencias que en las epopeyas de Ho- 
mero y los poemas de Hesíodo reflejan las ideas 
de. conducta que gobernaban el espíritu de aque- 
llas sociedades en tiempos primitivos y semibár- 
baros, caracterizando un sentido moral que fuera 
absurdo parangonar con el que orienta la marcha 
de nuestra civilización (1). La moral de Pitégoras, 



(1) El espirita de la moral anterior a la filosofía pnede con- 
cretarse de esta manera: «El bien para el amigo; el mal para 
el enemigo.» La venganza era el placer de los dioses. Esta no- 
ción espúrea de justicia suele reaparecer, aun en la plenitud 
de la cultura griega, en los filósofos y en los poetas. Véase, 
por ejemplo, en Esquilo, la contestación de Prometeo al coro 

10 



116 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

si señala un nivel más alto, no pasa de especula- 
ción filosófica á ley de conducta, sino en la forma 
de organización clausurada y conventual, necesa- 
riamente efímera en un pueblo á cuyas más ínti- 
mas condiciones repugnaba, y que pronto prefirió 
volverse á atender del lado de los sofistas el juego 
vano, pero alegre y audaz, de las ironías dialécti- 
cas. Más sentido y substancia hay, sin duda, en el 
recuerdo de Sócrates, por quien un ideal superior 
al recibido de la tradición aparece al aire libre de 
la propaganda. 

Nadie puede negarse á reconocer en la esencia 
de la doctrina de Sócrates elementos comunes con 
los que imprimieron carácter á la revolución mo- 
ral del cristianismo — Sánete Socrate ora pro nobis, 
rezaba el viejo Erasmo— . Emancipando la moral 
de la tradición y la costumbre, para fundarla sobre 
la íntima potestad de la conciencia, Sócrates anti- 
cipaba en cierto modo la reivindicación cristiana 
de tel espíritu y la verdad», antepuestos á la auto- 
ridad tradicional de la ley. Oponiendo al egoísmo 
receloso de la ciudad antigua aquel vislumbre de 
sentimiento humanitario que inspira las palabras 
que nos ha transmitido Cicerón: «No soy de Ate- 
nas: soy del mundo», anunciaba el sentido de cos- 
mopolitismo con el que los estoicos prepararían 
el escenario del Imperio romano á la propaganda 
de la idea cristiana. Sellando su amor de la ver- 
dad con la resolución del sacrificio, daba el ejem- 



que le exhorta á cejar (Prometeo encadenado, verso 970). Si la 
caridad tiene, desde los primeros tiempos de Grecia, un leja- 
no anuncio en las costumbres, éste es la hospitalidad: el aga- 
sajo del caminante y el extranjero, hecho en obsequio de Jú- 
piter Hospitalario, con el candor patriarcal cuya poesía em- 
balsama la encantadora fábula de Filemón y Baucis, reprodu- 
cida por Ovidio (Metamorfosis, lib. VIH)* 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 147 

pío de) testimonio sublime de los mártires, de que 
el cristianismo recibiría su prestigio y su fuerza. 

Pero si injusto sería desconocer la gloria de 
estos precedentes, aún más injusto sería exaltarla 
hasta el punto de anular por ella la originalidad 
de Jesús. Desde luego — y esto bastaría á nuestro 
propósito — , lo que entendemos por caridad no 
tiene marco que ocupar en la doctrina socrática. 
El sentido cristiano de la caridad es el bien prac 
ticado sin condiciones, aun á cambio del mal re- 
cibido, y aun con la presunción de la ingratitud 
del mal. Y la moral de Sócrates nunca pasó de la 
noción de justicia que se define activamente por 
la retribución del bien con el bien, y que frente al 
mal sólo prescribe la actitud negativa de no retri- 
buirlo con el mal. No es, en lo que tiene de activo, 
mas que la relación armoniosa que el maravilloso 
instinto plástico de la fábula griega había perso- 
nificado en las tres Gracias, la que concede el be- 
neficio, la que lo recibe y la que lo devuelve. Las 
Gracias formaban un grupo inseparable, y la ter- 
cera nunca quedó aparte de las otras. 

Esta consideración sería suficiente — insisto en 
ello — para eliminar la oportunidad de la cita; pero 
aun cuando se concediera que la enseñanza reco- 
gida por Jenofonte y por Platón entrañase una 
moral tan alta como la que se propagó desde las 
márgenes del Genezaret, siempre quedaría subsis- 
tente la diferencia esencialísima que se refiere á 
la eficacia y la extensión de ambas iniciativas mo- 
rales. Por más que Sócrates predicase en la plaza 
pública y hablara al pueblo en el lenguaje del pue- 
blo, su forma nacía destinada á no prevalecer sino 
en las altas regiones del espíritu. Su ley moral 
partía de la eficiencia del conocimiento, de la ne- 
cesidad de la sabiduría como inspiración de la 



148 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

conducta, y esta concepción aristocrática, que li- 
mitaba forzosamente la virtud á un tesoro de 
almos escogidas, llevaba en sí misma la imposibi- 
lidad de popularizarse y unlversalizarse. De Só- 
crates no hubiera podido surgir jamás, para la 
transformación del mundo, una pasión ferviente 
ni un proselitismo conquistador. 

Instituyó, sí, una orientación filosófica perdu- 
rable, un fundamento racional y metódico, que 
perseveró en las construcciones de la ciencia he- 
lénica, y que en la relación de la moral produjo 
ideas que en Platón y sus discípulos se elevan á 
menudo á una alta noción de la solidaridad hu- 
mana y á conceptos no distantes de la caridad, 
desenvolviendo esa teoría de amor que había de 
ser el más eficaz elemento que hallaría el cristia- 
nismo naciente para asimilarse y apropiarse la 
obra de la filosofía. Pero nunca esta moral tras- 
ciende del ambiente de la escuela y se levanta en 
llama capaz de inflamar y arrebatar las almas, 
determinando una revolución que modifique los 
moldes de la realidad social y convierta sus prin- 
cipios en sentido común de los hombres. Nada 
era menos conciliable con la íntima serenidad del 
genio griego que el instinto da la propaganda mo- 
ral apasionada y simpática, de donde nacen los 
grandes movimientos de reforma social ó reli- 
giosa. 

En el espíritu romano — tributario, como es 
bien sabido, del griego en todo lo que no surgió 
de su ruda y soberbia espontaneidad — , el hecho 
histórico es que la caridad no tiene, antes del 
auge del estoicismo, precedentes más intensos ni 
extensos, en la teoría ni en la conducta, que los 
que cabe hallarle dentro de Grecia, á pesar de los 
conceptos puramente abstractos, sin fuerza de 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 149 

propaganda y realización, que— como el ckaritas 
generis humam ciceroniano—puedan entresacarse 
para demostrar la oportunidad con que nuestro 
replicante haya procedido en sus citas de Cicerón, 
Horacio y Lucrecio. Y dejemos de lado la extra- 
vagancia de incluir al liviano y gracioso espíritu 
de Horacio, sólo porque haya hablado alguna vez 
de austeridad y de virtud entre los educadores y 
propagandistas morales, que es como si á alguien 
se le ocurriera retratar á lord Byron con el uni- 
forme del «Ejército de Salvación»... 

Llegan las vísperas de la regeneración del 
mundo. La filosofía clésica parece aspirar, en 
aquella espectativa inconsciente, á un sentido 
más activo y revolucionario que la convierta en 
fuerza de sociabilidad y en inspiración de la vo- 
luntad individual, y sobre el desborde de todas 
las abyecciones y todas las concupiscencias, se 
propaga la moral á que el conferenciante alude 
con los nombres de Epicteto, Séneca y Lucano: 
se propaga la moral del estoicismo, por quien la 
escuela adquiere ciertos visos de religión; por 
quien el convencimiento asume ciertos caracteres 
de fe; por quien la razón teórica tiende á infun- 
dirse y encarnarse en la eficiente realidad de la 
vida. El estoicismo trajo como fermento de su 
moral la idea más alta que se hubiera profesado 
nunca de la igualdad de los hombres, lo mismo 
en la relación del ciudadano al extranjero que en 
la del señor al esclavo: preconizó la dignidad del 
dolor; exaltó la aprobación de la conciencia sobre 
Jos halagos del mundo, y produjo su magnífica 
flor de grandeza humana en el alma perfecta de 
Marco Aurelio. ¿Con qué conquista positiva, con 
qué adelanto tangible en la práctica de la benevo- 
lencia y la beneficencia, contribuyó, entretanto, el 



150 JOSÉ BNRIQUa RODÓ 

estoicismo al advenimiento de la caridad?... Tal 
vez con algún alivio en la suerte del esclavo cuan- 
do el señor era estoico; tal vez con algún influjo 
en las modificaciones de la legislación para miti- 
gar las diferencias sociales; pero ningún resultado 
práctico nació del estoicismo que, ni remotamen- 
te, se hallara en proporción con la teoría ni pro- 
metiese en él la aptitud de realizarla por sus fuer- 
zas. Faltaban á aquella última y suprema fórmula 
de la moral pagana el jugo de amor y la energía 
comunicativa, y su virtud apática, su deber de 
abstención y resistencia, capaces de suscitar de- 
chados de austeridad individual, pero ineptos 
para remover el fondo de la conciencia común y 
arrancar de ella el ímpetu de una reforma, per- 
manecían con la inmovilidad del mármol ante el 
espectáculo de aquel orden moral que se disolvía 
y de aquel mundo que se desmoronaba. Después, 
como antes de los estoicos, el pueblo no tuvo nor- 
ma que seguir del lado de la filosofía: en el espí- 
ritu del pueblo la filosofía había destruido y no 
había edificado, y la corrosión del escepticismo, 
que apresuraba la fuga de los dioses, no se repa- 
raba con ninguna afirmación que viniese á llenar 
el vacío de las conciencias sin gobierno y á retem- 
plar la fibra enervada, de los corazones. 

Esto es todo cuanto el mundo clásico ofrece 
como precedentes del sentimiento cristiano de la 
caridad. La dominación espiritual de Grecia dio 
á la unidad romana el resplandor de las ideas, la 
selección de las costumbres, el timón del criterio, 
la aguja magnética del gusto; pero no le dio la 
regeneración moral. Encarézcanse en buen hora 
los elementos con que el espíritu de Grecia con- 
tribuyó á desenvolver y dejar constituido en orga- 
nismo cabal y poderoso el germen de la idea cris- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 151 

tiana, desde que este germen tomó vuelo hacia 
Occidente. Vayase aún más allá, y señálese en 
la excitación que concurrió á fomentarlo y madu- 
rarlo dentro de su propio terruño la parte que 
quepa atribuir á las influencias helénicas que hu- 
bieren alcanzado á penetrar en el ambiente de 
Judea por medio de los prosélitos paganos, y si 
se quiere, de la misma escuela helenizante de 
Egipto. Todo lo que se diga no alterará la verdad 
de que la célula central, el germen precioso, don- 
de está la fuerza d8 vida sin cuya virtud la más 
pingüe tierra nunca dará de sí un tallo de hierba, 
vino de otra parte y no tenía en el espíritu de la 
civilización grecorromana cosa capaz de susti- 
tuirlo. 

No he de ser yo quien propenda á amenguar 
la autoridad con que Grecia preside en lo más 
bello y más sólido de nuestro pensamiento. Aquel 
pueblo único produjo para la Humanidad su obra 
cien veces gloriosa, y ella dura y durará por los 
siglos de los siglos. Sin la persistencia de esta 
obra, el cristianismo sería un veneno que consu- 
miría hasta el último vestigio de civilización. Las 
esencias más salutíferas, los específicos más no- 
bles, son terribles venenos tomados sin medida ni 
atenuante. Es una gota de ellos lo que salva, pero 
no por ser una gota deja de ser la parte esencial 
^en la preparación con que se les administra. Lo 
que en la redoma del farmacéutico da el olor aro- 
mático, el color, la eficacia medicinal, la virtud tó- 
nica, es, á menudo, una gota diluida en muchas 
partes de agua. El agua fresca y preciosísima, el 
agua pura de la Verdad y la Naturaleza, es lo que 
Grecia ha suministrado al espíritu de nuestra ci- 
vilización. Agradezcamos esta agua, pero no des- 
conozcamos por eso la gota de quinta esencia que 



162 JOSÉ BNB1QUB RODÓ 

la embalsama, y le da virtud de curar, y la guarde 
de que se corrompa. 

Ambos principios han llegado á conciliarse,. 
más ó menos armoniosamente, en la complexidad 
de nuestro espíritu, en nuestro sentimiento de la 
vida; pero en cuanto á su origen, ni pudieron 
brotar juntos, ni era dable que se lograsen sino á 
condición de crecer en medios diferentes, adecua- 
dos á las respectivas leyes de su desarrollo. La 
obra de Grecia no sólo arraigó en la conciencia 
humana el sentimiento de la caridad, sino que 
implícitamente lo excluía. Cada civilización, cada 
raza, consideradas como factor histórico, son un 
organismo cuyas fuerzas convergen necesaria- 
mente á un resultado que, por naturaleza, excluye 
la posibilidad de otros bienes y excelencias que 
aquellos que están virtualmente contenidos en el 
principio de su desenvolvimiento. No se corona el 
rosal con las pomas del manzano; no tiene el ave 
de presa el instinto de la voz melodiosa, ni á las 
razas que recibieron el don del sentimiento esté- 
tico y la invención artística fué concedida la exal- 
tación propagadora en materia de moral y de fe. 
La obra de Grecia era el cultivo de la perfección 
plástica y serena: la formación de la criatura hu- 
mana noble, fuerte, armoniosa, rica de facultades 
y potencias, para expandirse, con la alegría de 
vivir, en el ambiente luminoso del mundo; y en la 
prosecución de esta obra, el débil quedaba olvida- 
do, el triste quedaba excluido, la caridad no tenía 
sentido atendible ni parte que desempeñar. Donde 
la libertad, no acompañada por un vivo sentimien- 
to de la solidaridad humana, es la norma supre- 
ma, el egoísmo será siempre la sombra inevitable 
del cuadro. La compasión, nunca muy tierna y ab- 
negada, ni aun entre los vinculados por los lazos» 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO ]53 

de la ciudadanía, tocaba su limito en la sombra 
donde habitaban el esclavo y el bárbaro. 

Un día se presentó en el Areópago de Atenas 
un judío desgarbado y humilde, que hablaba, con 
palabras balbucientes, de un dios desconocido, de 
una ley ignorada, de una era nueva... Su argu- 
mentar inhábil hizo sonreír á los filósofos y ios 
retores, iniciados en los secretos de la diosa que 
comunica los dones de la razón serena y de la 
irresistible persuasión. El extranjero pasó; ellos 
quedaron junto á sus mármoles ssgrados, y nadie 
hubiera podido hacerles comprender entonces por 
qué, con \s dirección moral de su sabiduría, el 
mundo se había rendido á la parálisis que le man- 
tenía agarrotado bajo la planta de los Césares, y 
por qué Pablo de Tarsos, el judío de la dialéctica 
torcida y la palabra torpe, lievaba consigo el se- 
creto de Ja regeneración del mundo. 



La personalidad en los reformadores morales 



Hemosexaminadouna poruña Iaspruebas his- 
tóricas que se nos oponían, y hemos demostrado 
la inoportunidad de todas ellas, ya por referirse 6 
influencias que no alcanzan el ambiente de nues- 
tra civilización, ya por aludir á sistemas morales 
inferiores á la idea cristiana del deber ó que care- 
cieron de aptitud de proselitismo y realización. 
Todo cuanto puede concederse es que preexistie- 
ra, en las fórmulas de la moral pagana, el concepto 
intelectual de la caridad, de manera más ó menos 



154 JOSÉ BNRIQUB RODÓ 

aproximada á la extensión humanitaria y á la ca- 
tegoría moral de deber imperativo que dio á aquel 
concepto la doctrina cristiana. Y ahora, ¿por qué 
los que, dentro del paganismo ó dentro da las ten- 
dencias más ó menos divergentes de la sinagoga, 
llegaron intelectualmente al principio del amor 
caritativo no dejaron tras sí mas que indiferencia 
ó ecos vanos y estériles, y sólo Jesús produjo la 
revolución moral que le da derecho imprescripti- 
ble á la posesión y á la gloria del principio? 

Porque una cosa es formular ideas y otra muy 
distinta sugerir y propagar sentimientos. 

Porque una cosa es exponer la verdad y otra 
muy distinta entrañarla en la conciencia de los 
hombres de modo que tome forma real y activa. 

Lo primero es suficiente en los descubrimien- 
tos ó invenciones de la ciencia; lo segundo es lo 
difícil y precioso y lo que determina la calidad de 
fundador en los dominios de la invención moral. 

Las revoluciones morales no son obra de cul- 
tura, sino de educación humana; no se satisfacen 
con revelar una idea y propagarla, sino que tienen 
como condición esencialísima suscitar un entu- 
siasmo, una pasión, una fe, que, cundiendo en el 
contagio psíquico de la simpatía y manteniéndose 
triunfalmente en el tiempo, concluya por fijarse y 
consolidarse en hábitos y renueve así la fisonomía 
moral de las generaciones. 

El mecanismo de la psicología colectiva no es 
diferente del de la psicología individual; y en la 
una como en la otra, para que la idea modifique 
el complexo viviente de la personalidad y se haga 
carne en la acción, ha menester trascender el 
sentimiento, infalible resorte de la voluntad, sin 
cuyo calor y cuya fuerza la idea quedará aislada 
~t¡é inactiva en la mente, por muy clara que se haya 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 155 

percibido su verdad y por muy hondo que se haya 
penetrado en su lógica. 

Los grandes reformadores morales son crea- 
dores de sentimientos, y no divulgadores de ideas. 

La moral de Séneca el estoico se levanta casi 
tan alta como la del Evangelio, pero Séneca no 
sólo dejó inmóvil é indiferente el ánimo de sus 
contemporáneos, sino que su moral, falta del 
calor que se une á la luz intelectual de la convic- 
ción para refundir el carácter, no impidió que la 
conducta del propio Séneca siguiese el declive del 
egoísmo abyecto de su tiempo. Era la suya «mo- 
ral muerta>, como diría Ribot. 

¿Cuál es, entonces, la condición necesaria para 
inflamar ese fuego del sentimiento con que se 
forjan las revoluciones morales? Ante todo, que el 
reformador empiece por transformar en sí mismo 
la idea en sentimiento; que se apasione y exalta 
por su idea con la pasión que arrastra las perse- 
cuciones y el martirio, y además que demuestre 
la constancia de este amor por medio de sus actos, 
haciendo de su vida la imagen animada, el arque- 
tipo viviente de su palabra y su doctrina. El ver- 
dadero inventor de una idea en el mundo moral 
es, pues, el que primero la transforma en senti- 
miento propio y la realiza en su conducta. 

Pero aún no son suficientes esas dos condicio- 
nes para que la iniciativa del apóstol alcance la 
virtualidad que la convierte en substancia de los 
hechos históricos, ya que puede el apóstol apasio- 
narse por su idea, y rendirle la vida en holocausto, 
y haberla hecho carne en su conducta, y á pesar 
de ello no dejar en torno de su nombre mas que 
silencio y soledad, sino que la palabra y los actos 
del reformador han de tener la virtud comunica- 
tiva, el irresistible poder de sugestión, el don sim- 



156 JOSÉ BNRJQUB RODÓ 

pático que solemos llamar prestigio, y que hace 
que, dejando de ser aquellos actos una excepción 
individual, se difundan por la imitación y el ejem- 
plo, de donde concluiremos definitivamente que 
el verdadero inventor de una idea, con relación al 
mundo moral, es el que la transforma en senti- 
miento, la realiza en conducta y la propaga en 
ejemplo. 

Considerada á esta luz, la personalidad dal fun- 
dador del cristianismo asume, con preeminencia 
incontestable, la representación del ideal moral 
que selló con su martirio. Es por él por quien la 
candad desciende de ía región de las ideas y se 
convierte en sentimiento universal y perdurable; 
por él por quien inflama los corazones para tra- 
ducirse persistentemente en acción, y reserva un 
lugar en el organismo de la ciudad para el hospi- 
tal, el asilo, el refugio de ancianos, la casa de 
huérfanos. Apreciando de esta manera 18 magni- 
tud de su obra, es como se tendrá la medida de su 
originalidad sublime. 

No fué otra ia originalidad de Buda en su me- 
dio. Cuanto hay de teórico y doctrinario en su en- 
señanza preexistía, y era el fondo de los libros 
sankias y vedantes; pero por él se transformó en 
sistema activo, en revolución social, en proselitis- 
mo religioso. 

Concretaremos de manera más simple y breve 
lo que va expresado si decimos que lo que impor- 
ta en el origen de las revoluciones morales es, 
ante todo, la personalidad real y viva del refor- 
mador: su personalidad, y no abstractamente su 
doctrina. 

El don de atraer las almas que infundió la pa- 
labra de Jesús en el núcleo humilde de sus prime- 
ros adeptos, hasta el punto de darles, con esta 



LIBERALISMO T JACOBINISMO 157 

vocación propagandista, la fuerza necesaria para 
resistir el peso de un imperio y una ciencia hosti- 
les, como la burbuja de aire que, por su fuerza in- 
finita de expansión, equilibra el peso de ia colum- 
na atmosférica; esta eficacia misteriosa y nunca 
igualada, no venía directamente de la doctrina del 
Maestro, sino, ante todo, de la maravillosa suges- 
tión de su personalidad, de la impresión imborra- 
ble y fascinadora que dejó en el espíritu de su 
pobre cohorte, de la locura de amor que supo in- 
flamar en torno suyo. 

Este era el talismán incontrastable que aquel 
grupo de hombres sin malicia llevaba consigo. La 
personalidad del Maestro, viva en su memoria y 
en su corazón; la doctrina, propagada en alas de 
ese recuerdo fervoroso, de esa onda magnética de 
sugestión persistente: tai es el secreto de aquel 
triunfo único en lo humano: de esta manera fué 
regenerado el mundo. 

No tendrá clara idea de la psicología de las re- 
voluciones morales el que no conceda todo el 
valor que deba atribuirse á este factor importantí- 
simo de la personalidad. 

Sócrates mismo — con no haber sido un funda- 
dor moral en el sentido de Jesús ó de Buda — de- 
bió la mayor parte de su influencia real, no tanto 
á la profesión de una doctrina determinada y con- 
creta — puesto que fué mucho más lo que sugirió 
que lo que significó y concretó — , cuanto á la 
atracción que supo ejercer en torno suyo, á la 
persistencia que acertó á infundir en la impre- 
sión causada en el ánimo de los que le rodeaban, 
por la sugestión de su palabra y el modelo de 
su vida. 

Hay dentro mismo del escenario de los oríge- 
nes cristianos un interesante ejemplo de lo que 



158 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

decimos. Ei influjo de la personalidad del funda- 
dor es hecho tan esencial, que un hombre del ge- 
nio y la asimilación intuitiva de San Pablo nunca 
logró compensar del todo la inferioridad en que 
quedó, en muchos respectos, para con los cando- 
rosos discípulos de Galilea, con no haber vivido 
como ellos en compañía del Maestro; con no haber 
presenciado por sus propios ojos las escenas de la 
Pasión; con no haber escuchado por sus propios 
oídos el Sermón de la Montaña... Bien se echa de 
ver en San Pablo, á pesar de toda su grandeza, 
que no estuvo nunca al lado de Jesús. 

Y este valor de la personalidad de los reforma- 
dores, independientemente de lo que hay de con- 
creto en su doctrina, adquiere singular oportuni- 
dad é importancia cuando se trata de evitar el 
riesgo de juzgarles con lamentable insuficiencia y 
estrechez, al apreciar los quilates de su originali- 
dad y la eficacia de su influjo. 

La personalidad del genio es un elemento irre- 
ductible y necesario en la misteriosa alquimia de 
la Historia. Hay algo de inexacto, pero hay mucho 
de verdadero, en la teoría de los héroes de Garlyle. 
La fatalidad de las fuerzas naturales; la acumula- 
ción de las pequeñas causas; la obra obscura de 
los trabajadores anónimos; la acción inconsciente 
de los instintos colectivos, no incluyen el dina- 
mismo peculiar de la personalidad genial, como 
factor insustituible en ciertos momentos y para 
ciertos impulsos; factor que puede ser traído, si 
se quiere, por la corriente de los otros; fuerza 
que puede no ser sino una manifestación ó con- 
creción superior de aquellas mismas fuerzas, to- 
mando conciencia de sí, acelerando su ritmo y 
concentrando su energía; pero que, de cualquier 
modo que se la interprete, responde á una nece- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 169 

sidad siempre renovada y tiene significado sus- 
tantivo (1). 

No se explican los impulsos enérgicos de in- 
novación que responden ¿ una norma ideal orgá- 
nica sin la conciencia de un grande hombre; no 
se explica el origen de ia caridad cristiana sin el 
corazón y la voluntad de un Jesús. Por eso, los que 
se empeñan en desconocer la realidad histórica de 
esta sublime figura, los que niegan la existencia 
personal de Jesús, no reparan en que su tesis, hu- 
yendo de aceptar lo que llaman el milagro de una 
personalidad tari grande, incide en la suposición 



(1) Nadie que siga con algún interés el desenvolvimiento 
¿e la filosofía de la Historia desconoce que el problema del 
valor relativo de la conciencia genial y de la acción incons- 
ciente de la masa es uno de los que con más animación y 
persistencia se han discutido y discuten. El influjo de Nietzs- 
che, la nueva propagación de las doctrinas de Carlyle y de 
Emerson y otras influencias han determinado en los últimos 
tiempos una reacción contraria a la excesiva importancia que 
se concedió á la acción de la muchedumbre y favorable al 
papel histórico del genio. Pero lo que importa hacer notar, 
sobre todo, es que ninguna tesis autorizada ni duradera llegó 
nunca a la afirmación de uno solo de ambos factores y a la 
negación del otro, sino que toda3 ellas aceptan, aunque en di- 
versa proporción y según diferentes relaciones, la necesidad 
complementaria de ambos. Véase, por ejemplo, cómo el indi- 
vidualismo histórico de Hégel no sólo no significa negar el 
valor de la obra común, sino que implícitamente lo afirma, 
hasta el punto de que, según se considere su tesis, ya lleva á 
la deificación de los hombres providenciales, ya conduce á la 
idea de la pasividad del grande hombre, convertido en dócil 
instrumento, que no hace sino continuar y terminar la obra 
de todos, y esto mismo sólo porque el azar le coloca en el 
punto y hora en que ella ha de terminarse. (Hégel, Filosofía 
del Derecho, prefacio.) Y para ejemplo de la posición contra- 
ria, nótese cómo Le B >n, sostenedor de la preponderante efi- 
cacia de las multitudes, encarece la necesidad de la dirección 
individual que las polarice y oriente. (Le Bon, Psicología de 
las muchedumbres, lib. II, cap. III.) 



160 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

de un milagro mayor: el de una obra tan grande 
realizada por personalidades relativamente tan 
pequeñas como las que quedan en el medio desde 
el cual se propaga el cristianismo, si se elimina la 
personalidad del fundador (1). 



(1) Esta referencia á la tesis que niega la existencia per- 
sonal de Jeeús es oportuna, porque, á lo que parece, ella ha 
ganado algún auge en nuestro ambiente, á favor de la divul- 
gación de cierto libro escrito en italiano por el señor Emilio 
Bossi y traducido á nuestro idioma en volumen de la Bi- 
blioteca Contemporánea de Granada y Ponzinibbio, libro que 
está en todas las manos y explota la común afición hacia lo» 
ruidos que se tienen por nuevos, aunque se hallen muy lejos 
de serlo; libro iliterario por la forma y vulgarísimo en el fondo, 
donde la conocida tesis de Ganneval — y hasta cierto punto, de 
Havet — se rebaja á la entonación de ese. propaganda efectista 
y batallona que es en sí misma un prejuicio inconciliable con 
la indagación histórica de la verdad, 

Esa obra, profanación de fuentes muy dignas á menudo de 
estudio y de respeto, no merecería la menor atención si no 
entrañase el género de importancia común á todos estos libros 
escritos ad captandum vulgus, que llevan en su propia infe- 
rioridad la condición triunfal de su difusión y su influencia. 
El autor empieza por declarar ingenuamente en su prólogo 
que él no entiende mucho de estas cosas... á pesar de lo cual 
invade y resuelve, con admirable intrepidez, las más altas y 
delicadas cuestiones de historia, exégesis y mitología. Fun- 
dándose principalmente en el Origen de los cultos, de Dupuis, 
dedica el señor Bossi la tercera parte de su libro a asimilar la 
idea de Jesús con los mitos del paganismo y las religiones 
orientales; allí se saca filo al fecundísimo argumento basado 
en las analogías de nombres (Xristos y Xresto — Cristo y Crist- 
ina— Jez eus y Jesús). Allí se desarrolla, en sugestivos para- 
lelos, la identidad palmaria y decisiva de los más salientes 
rasgos atribuidos á la personalidad y la vida de Jesús con los 
más salientes rasgos de la historia ó la leyenda de Buda, y de 
las leyendas de Mitra, de Serapis, de Dionisios, de Adonis... 
No entra en la oportunidad ni en los límites de esta alusión 
incidental el comentario— ciertamente tentador— de tan altos 
portentos de mitología comparada. Sabido es, por otra parte, 
que este sufrido tema de los paralelos constituye, por exce- 
lencia, el burgo libre de la fantasía en los dominios de la espe- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 161 

Excluyanse, si se quiere— -por legendarias ó 
dudosas — , de la vida de Jesús toda determinación 
biográfica, toda circunstancia concreta: el naci- 
miento en Belén ó en Nazaret, la visita al Bau- 
tista, el grupo de pescadores, la crucificación en el 



colación histórica. Recordamos haber leído, hace tiempo, una 
oariosa página, muy espiritaaimente urdida, donde, sin ánimo 
«e convencer a nadie, y sí sólo por alarde de ingenio, se de- 
mostraba la tesis de la irrealidad legendaria de Napoleón, con- 
vertido en una paligenesia del mito griego de Apolo, con su 
significado solar (como el que atribuyen estos sutiles exégetas 
á Cristo), y con las hazañas heroicas del dios, desenvolvién- 
dose el paralelo á favor de semejanzas y coincidencias que 
hubieran resultado verdaderamente impresionantes á tratarse 
de una personalidad algo remota y de historia no muy preci- 
sa, sin excusarse entre tales relaciones las del oportuno cor- 
tejo de los nombres (Napoleón y Apollan.) 

Mucha más seriedad implican los conocidos argumentos 
que se fundan en lo insuficiente y vago de las fuentes históri- 
cas de que disponemos relativas á la persona de Jesús: sea 
por lo indirecto de las noticias, sea por la autenticidad inse- 
gura, sea por la mezcla del elemento milagroso y sobrenatu- 
ral, sea, en fío, por las discordancias de los cuatro Evangelios, 
Pero ya se indica en el texto el limite á que alcanza esta 
argumentación y cómo ella no llegará nunca á destruir lo 
único que en definitiva importa: la infinita probabilidad de la 
existencia de un fundador personal y la noción fundamental 
de su carácter, del modo como surge impuesta por el espíritu 
que infundió en quienes le siguieron y heredaron. 

De la manera como está escrito el precioso libro del señor 
Bossi dará idea la pintoresca acumulación de adjetivos con que 
se empenacha el siguiente fin de párrafo: «...el cristianismo 
intolerante, inmovilista, teocrático, iliberal, reaccionario, mis- 
tico, ascético y visionario.» Las inculpaciones contra la moral 
evangélica asumen rasgos cómicos en la página 124: «Se hace 
mantener por las mujeres de los demás.» «Se rodea de gente 
hambrienta.» «Manda á los apóstoles que no saluden á nadie.» 
El señor Bossi termina su libro con una invocación patética, 
para que la Humanidad, subyugada por la irresistible persua- 
sión de su palabra, se regocije de haberse librado de la pesadi- 
lla de creer en la existencia personal de Jesús, remora de todos 
sus adelantos y obstáculo de todas sus aspiraciones generosas. 

11 



162 JOSÉ BNR1QUJÜ RODÓ 

Calvario... y siempre quedará subsistente la nece- 
sidad psicológica de la existencia de la personali- 
dad capaz de haber dado el impulso genial, la 
forma orgánica de los elementos que compusie- 
ron la doctrina é inflamado el fuego del proseli- 
tismo. Y siempre subsistirá además la noción 
fundamental del carácter de esa personalidad, 
testimoniado por la índole de su obra, de su crea- 
ción, de su ejemplo, tal como éste toma formas 
vivas en los actos de sus discípulos y en la moral 
que prácticamente instituyeron. Aseguradas la 
existencia personal y la sublimidad del carácter, 
todo lo demás es secundario. Para la justicia de 
la glorificación hay bastante con ello. La imagen 
que con más ó menos probabilidades de exacti- 
tud plástica recuerda esa existencia personal, lle- 
va en sí títulos sobrados á perdurar en la vene- 
ración de la posteridad. Si no es efigie, es sím- 
bolo... Si no es retrato, es figuración legitimada 
por el amor de cien generaciones. 

Una vez más: las ideas, como agentes mora- 
les, sólo cobran eficacia en el caliente regazo del 
corazón y la voluntad humanos, y el corazón y la 
voluntad han de empezar por tomar formas per- 
sonales en el carácter vivo de un hombre, de un 
apóstol, de un iniciador, para que, instituido con 
el modelo el ejemplo, se propague á la personali- 
dad de los otros. 

Y esto nos lleva como de la mano á examinar 
lo que haya de substancia en ese aparatoso con- 
cepto de caridad científica que caracteriza y ex- 
pone nuestro replicante para coronar los argu- 
mentos históricos de su conferencia, y con el cual 
se pretende fundar la desvinculación entre la ca- 
ridad que hoy se profesa y practica y el legado 
inmortal del mártir del Calvario. 



LIBERALISMO T JACOBINISMO 163 



El sofisma de la «caridad científica» 



Cualquiera que sea el fundamento que, según 
las distintas concepciones morales, se reconozca 
para la idea de la caridad como deber humano, 
y ya se le dé por origen un dogma religioso, ya 
una ética espiritualista ó un criterio de utilitaris- 
mo, esa idea ha de pasar, de todos modos, á ser 
sentimiento y voluntad, si aspira á convertirse en 
realidad psicológica y social persistente. Sentado 
esto, examinaremos si es posible rechazar, en 
nombre de determinada teoría del deber caritati- 
vo, la solidaridad con la obra de Jesús. 

No sería necesario un análisis prolijo para 
encontrar, en la idea de la caridad, que surge ad 
litteram de la enseñanza evangélica, mucho que 
rectificar, mucho que circunscribir, y por lo tanto, 
reales diferencias que la separan del concepto de 
aquella virtud á que se alude cuando se habla de 
una caridad que tiene por norma la utilidad co- 
mún y lleva impreso el sello de la ciencia. Como 
nacida de la exaltación inspirada y absoluta, que 
es, por naturaleza de las cosas, el involucro ígneo 
de todas las grandes ideas que nacen— é la ma- 
nera del planeta envuelto en fuego antes de con- 
solidar su corteza — , la idea de la caridad surgió 
del espíritu de su autor ardiendo en llamas que 
excluían la posibilidad de toda consideración re- 
lativa. Su concepción del bien hacer era el sacrifi- 
cio de sí mismo, sin límites ni diferencias. La po- 
breza no sólo aparecía & sus ojos como objeto de 



164 JOSÉ ENRIQl/H RODÓ 

simpatía y de piedad, sino como supremo objeto 
de deseo y como la única condición conciliable 
con la práctica de la virtud. Quien no lo diera todo, 
no podía entrar en el número de los discípulos ni 
en el reino de los cielos. En el mendigo se glorifi- 
caba la imagen viva de la santidad. La norma de 
organización social era el comunismo ebionita, tai 
cual se realizó, con paradisíaco encanto, pero tan 
efímeramente como todas las organizaciones co- 
munistas.en la primera sociedad cristiana de Jeru- 
salén. 

¿Dejará por eso Jesús de ser el fundador hu- 
mano de la caridad? ¿Dejará de pertenecerle la re- 
velación del sentimiento, la iniciativa del ejemplo 
eficaz? ¿Se ha suscitado otro principio por minis- 
terio de la ciencia? ¿Convergen las corrientes del 
mundo moral á otro polo? 

Sería necesario confundir lamentablemente los 
términos para atribuir ese carácter á las conquis- 
tas de la sabiduría. La ciencia no ha sustituido un 
principio á otro principio. La caridad que se dis- 
pensa en nuestros hospitales no es otra que la que 
fué enseñada en la parábola de Lázaro el mendigo 
y en la del lisiado del camino de Jericó. El signo 
veinte veces secular permanece en lo alto. Lo que 
la ciencia ha hecho es depurar el concepto, encau- 
zar el sentimiento, organizar la práctica, asegurar 
los resultados. Y así, en las sucesivas manifesta- 
ciones de esta obra, encontrará la ciencia, para el 
ejercicio de la caridad, otros fundamentos y otras 
razones que los que sólo nacen de la igualdad fra- 
ternal en el seno de un amoroso Padre; reivindi- 
cará, contra la negación absoluta de la propia 
personalidad, el principio del libre y armonioso 
desenvolvimiento de todas nuestras facultades ca- 
paces de perfección; completará la armonía de los 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 165 

efectos altruistas con el amor de si mismo, que es 
el necesario antecedente de aquellos efectos y su 
límite copartícipe en el dominio de la obligación 
moral; demostrará que la caridad practicada sin 
discernimiento es una influencia desmoralizado- 
ra, que el sacrificio inconsulto de los buenos no 
tendría más resultado que el triunfo y la supervi- 
vencia de los malos; enseñará á proporcionar la 
caridad á su objeto; establecerá para su práctica 
diferencias, limitaciones, prevenciones, y llegará, 
finalmente, á asegurar la fructuosidad del bene- 
ficio, lo proficuo de la protección, la eficacia del 
remedio, con todos los recursos que el estudio 
paciente de la Naturaleza pone á disposición de 
los maravillosos instrumentos de la inteligencia 
humana. 

Pero la piedra angular del edificio, el impulso, 
el estímulo de la obra, no han surgido de las in- 
vestigaciones de la ciencia, sino que estaban en el 
núcleo de nuestra civilización; y el origen incon- 
cuso de este principio esencial de nuestra civiliza- 
ción es el sentimiento propagado y sostenido por 
el ejemplo del Fundador en la vida de cien gene- 
raciones, en virtud de la fuerza moral de imitación 
que reproduce una creencia, un amor, un ideal de 
carácter, al través del espacio y del tiempo, como 
la imitación inorgánica propaga la forma de una 
onda en el movimiento ondulatorio, y como la imi- 
tación biológica propaga un tipo individual en la 
reproducción de las especies. 

Y ese sentimiento es y será siempre lo funda- 
mental, lo que impulsa á la obra, lo que determi- 
na la acción, lo que mantiene vivo el fuego de la 
voluntad benéfica, por muchas que sean las modi- 
ficaciones que el saber y la prudencia instituyan 
en cuanto á la manera de dirigirlo y aplicarlo. 



166 JOSÉ BMRIQUH RODÓ 

Valgámonos de un ejemplo sugestivo. La ex- 
periencia y la ciencia de la política han depurado, 
en el siglo transcurrido desde la Revolución, que 
es génesis de la sociedad moderna, el concepto de 
la democracia y la república; lo han adaptado á 
una noción más justa del derecho, á un sentido 
más claro de las condiciones de la realidad, y 
nuestra idea de la uua y de la otra es hoy muy 
distinta de la que profesaron y ensayaron los hom- 
bres del 89. Pero cuando queremos glorificar su- 
premamente aquellas fórmulas de nuestra fe po- 
lítica, es á los hombres del 89 á quienes rememo- 
ramos y glorificamos, y son sus fechas históricas 
las que están universalmente consagradas para el 
festejo de la libertad; porque, cualesquiera que 
sean las deformaciones con que las interpretaron, 
ellos dieron á tales fórmulas el magnetismo, la 
pasión que las impuso al mundo: magnetismo y 
pasión sin los cuales no hubieran pasado nunca 
de entidades abstractas; magnetismo y pasión que 
jamás hubieran dado de sí las especulaciones se- 
veras de los constitucionalistas, el cálculo habili- 
doso de los hombres de Estado, capaces de recti- 
ficar y corregir, de completar la obra con toques 
prudentes y oportunos, pero incapaces de encen- 
der, como el apóstol, como el mártir, como el 
héroe, el fuego que arrebata los corazones y las 
voluntades y renueva el mundo por misteriosa 
transfiguración. 

¿Acaso, para que la gloria de una iniciativa 
persevere vinculada á un hombre, á una persona- 
lidad, á un hecho histórico, ha de ser necesario 
que la Humanidad quede inmovilizada después 
de ellos, sin revisar su legado ni complementar 
su obra? 

En el arranque de las revoluciones morales, no 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 167 

es un hombre de ciencia el que encontrará quien 
apele al testimonio de la Historia, sino un hombre 
ó una cooperación de hombres da simpatía y vo- 
luntad. No es un Erasmo, es un Lutero el que 
realiza una Reforma. Puede la ciencia anticipar la 
idea, pero ya queda dicho que si la idea, como 
quiere Fouillée, es una fuerza, lo debe sólo á sus 
concomitentes afectivos; y á su vez, si el senti- 
miento es el motor de las transformaciones mora- 
les, lo debe sólo á su absoluta potestad sobre I03 
resortes de la acción. 

Es de pésimo gusto esta invocación profética y 
solemne del nombre de la ciencia fuera de lugar y 
de tiempo: género de preocupación apenas tolera- 
ble en los coloquios famosos de la rebotica de 
Homais, con que Gustavo Flaubert levantó estas 
deformaciones caricaturescas de la ciencia en la 
picota de la sátira. 

Ha de darse é la ciencia lo que es de la ciencia, 
y á la voluntad inspirada lo que pertenece á las 
inspiraciones de la voluntad. 

El hornillo de Fausto producirá maravillosos 
resultados mientras se atenga á su esfera peculiar 
y propia; pero no engendrará mas que el humun- 
culus mezquino cuando trate de remedar la obra 
creadora de la vida. 

La confusión de tan conocidos límites se re- 
vela en su plenitud cuando indica e) doctor Díaz 
la justicia de erigir junto al crucifijo, en caso de 
habérsele dejado subsistente, un retrato de Kant... 
¿Qué he de pensar de esta idea novedosa? Sería 
una ridiculez pedantesca colgar la imagen de Kant 
de las paredes de los hospitales. Y en verdad que 
mal podía el ilustrado autor de la conferencia 
haber escogido nombre más apropiado que el de 
Kant para poner precisamente de relieve la incon- 



168 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

sistencia de este género de contraposiciones, que* 
se fundan en la identificación absurda de lo que 
no puede identificarse jamás: la obra del pensador 
con la obra del apóstol; la fórmula abstracta con 
la iniciativa creadora. Porque Kant personifica, 
por excelencia, la moral abstraída de todo jugo y 
calor de sentimiento; vale decir: privada de todo 
dinamismo eficaz, de toda fuerza propia de reali- 
zación; y este sentido ofrece el medio de demos- 
tración más palpable que pueda apetecerse para 
patentizar la diferencia que va de la esfera de la 
ciencia pura á la esfera de la voluntad inspirada. 
El moralista de Kónigsberg podría haber vivida 
tantos miles de años como los dioses de la mito- 
logía brahmánica y haber razonado y enseñado 
otros tantos en su cátedra de filosofía, admirando, 
según sus célebres palabras, «el espectáculo del 
cielo estrellado sobre su cabeza y el sentimiento 
del deber en el fondo de su corazón»; y podría ha- 
ber hecho todo esto sin que su moral estoica con- 
moviese una sola fibra del corazón humano ni hi- 
ciera extenderse jamás una mano egoísta para un 
llamado de perdón ó para un acto de generosidad. 
En cambio, una palabra apasionada y un acto de 
ejemplo de Jesús ó de Buda, de Francisco de Asís 
ó de Lutero, de Mahoma ó de Bab, es una suges- 
tión que convierte en dóciles sonámbulos á los 
hombres y los pueblos. cAquel que ame á su pa- 
dre ó á su madre más que á mí, no venga conmi- 
go»: sólo el que tiene fuerza para decir esto é im- 
ponerlo es el que funda, es el que crea, es el que 
clava su garra de diamante en la roca viva de la 
naturaleza humana. ¿Cuándo adquiriría derecho 
el retrato de Kant para figurar frente á la imagen 
de Jesús en las salas de las casas de caridad? 
Guando la moral de Kant hubiera desatado, como. 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 169 

la de Jesús, torrentes de amor, de entusiasmo y 
de heroísmo; cuando hubiera impulsado la volun- 
tad de sus apóstoles á difundirse para la con- 
quista del mundo y la voluntad de sus mártires 
á morir en la arena del Coliseo; cuando hubiera 
levantado las piedras para edificar hospicios y los 
corazones para el eterno sursum corda de una fe. 

El ejemplo puede encontrarse sin salir de jun- 
to al fundador del cristianismo. Ese Filón, cuyo 
nombre citaba el doctor Díaz entre los de los pre- 
cursores de la caridad cristiana, era lo que Jesús 
no fué nunca: hombre de ciencia, hombre de sa- 
biduría reflexiva y metódica. Ajustó la tradición 
hebraica á los moldes del raciocinio griego, y su 
espíritu condensaba el ambiente de aquella Ale- 
jandría donde el saber occidental y el oriental jun- 
taron en un foco sus luces. Y por obra de Filón, la 
ciencia planteó simultáneamente con las prédicas 
de Galilea su tentativa de legislación moral, para 
llegar á resultados teóricamente semejantes. ¿Cuál 
de ambas prevaleció, cuál de ambas dio fruto que 
aplacase el hambre de fe y esperanza del mundo? 
El nombre de Filón sólo existe para la erudición 
histórica, y Jesús gobierna, después de veinte si- 
glos, millones de conciencias humanas. 

Nada hay, por otra parte, en las conclusiones 
de ia moderna indagación científica, que ni aun 
teóricamente menoscabe la persistencia de la obra 
de Jesús. Si alguna relación debe establecerse en- 
tre los resultados de la ciencia, en sus aplicacio- 
nes morales y sociales y los principios de la ley 
cristiana, no es ciertamente la de que los unos 
anulen ó sustituyan á los otros, sino, por el con- 
trario, la relación gloriosísima para el fundamen- 
to histórico de nuestra civilización de que, bus- 
cando la ciencia una norma para la conducta 



170 JOSÉ B1NRIQUK RODÓ 

individual y una base para la sociedad de los hom- 
bres, no haya arribado a conclusiones diferentes 
de las que. estaban consagradas en la profesión de 
fe con quo se orientó la marcha de la Humanidad 
en el más brusco de ios recodos de su senda. 

Llámese al lazo social fraternidad, igualdad ó 
solidaridad; llámese al principio de desinterés ca- 
ridad, filantropía ó altruismo, la misma ley de 
amor se impone, confirmando como elementos 
esenciales de la sociabilidad humana, como subs- 
tratum de todas las legislaciones durables, los vie- 
jos principios con que se ilumina en la infancia ei 
despertar de nuestras conciencias: «Amaos los 
unos á los otros.» «No hagas á otro lo que no 
quieras que te hagan á ti.» «Perdona y se te per- 
donará.» «A Dios lo que es de Dios y al César lo 
que es del César.» La ley moral adoptada en el 
punto de partida por iluminación del entusiasmo 
y de la fe, reaparece al final de la jornada, como 
la tierra firme en que se realizase la ilusión del 
miraje... ¿Quién no se arroba ante estas supremas 
armonías de las cosas que parecen más lejanas y 
discordes? Hay en la inspiración moral, como en 
la alta invención poética, un género de potencia 
adivinatoria; y lo característico, en uno como en 
otro caso, es anticipar por la síntesis alada de la 
intuición lo que se recompondrá, tras largos orde- 
nados esfuerzos, con los datos menudos del aná- 
lisis. Aun los extremos, aun los desbordes del sen- 
timiento de la caridad, tal como su excelso autor 
quiso generalizarlos, y que constituirían un ideal 
de vida inconciliable con las condiciones de la so- 
ciedad actual, pueden considerarse como el subli- 
me anticipo de un estado de alma cuya posibilidad 
vislumbran, en la sociedad de un porvenir muy 
remoto, las conjeturas de la ciencia; cuando la 



LIBERALISMO T JACOBINISMO 171 

evolución de los sentimientos humanos y la re- 
ducción correlativa del campo del dolor y de nece- 
sidad en que quepa hacer bien á los otros deje en 
los corazones un exceso libre de simpatía, deter- 
minándose asi una emulación de desinterés y sa- 
crificio que sustituya á la competencia, todavía 
brutal, de la ambición y el egoísmo (1). 

No existe, pues, una caridad traída por reve- 
lación de la ciencia, que pueda oponerse, como 
entidad autónoma y substancialmente distinta, a 
la que hemos recibido de los brazos maternos de 
la tradición. La caridad es una sola; la caridad, 
como sentimiento, como voluntad, como hábito, 
como fuerza activa: la que levanta asilos, y recoge 
limosnas, y vela junto al lecho del dolor, no es sino 
una; y el fundador de esta caridad en la civiliza- 
ción que ha prevalecido en el mundo es Jesús de 
Nazaret; y la conciencia humana lo reconocerá y lo 
proclamará por los siglos de los siglos. 



Bl signo 



Pero aun dejando por encima la significación 
histórica del fundador del cristianismo, y aun 
cuando quede demostrado lo insoluble del lazo 
que le une á la idea de la caridad, la argumenta- 
ción que se nos opone encuentra todavía punto en 
que estribar para desconocer el respeto que se 
debe á su imagen. El crucifijo — se arguye — no es 



(1) Vóaae Spencer, Fundamentos de la moral, cap. XIV. 



172 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

Jesús. El crucifijo tiene su significado propio in- 
dependiente del mártir á quien en él se represen- 
ta, y es en ese concepto en el que se le repudia y 
proscribe. 

Negamos, desde luego, que cualquier otro sim- 
bolismo que quepa atribuir al crucifijo pueda pre- 
valecer sobre el que intuitivamente surge de su 
sencilla apariencia. El signo histórico, el supremo 
símbolo del cristianismo, es y será siempre la cruz. 
Cuando se busca una imagen, un emblema que 
materialice y ponga inmediatamente á los ojos de 
quien lo mire ia idea de la regeneración del mun- 
do, la gran tradición humana del cristianismo, 
despertando de una vez todas las asociaciones de 
sentimientos y de ideas que abarca la virtud su- 
gestiva de tan excelsos recuerdos, no se encuen- 
tra otra figura que la de los dos maderos cru- 
zados. Y el crucifijo no es mas que la última y de- 
finitiva forma en el desenvolvimiento iconográfico 
del signo de la cruz. No importa que el signo com- 
pleto no surgiera simultáneamente con la expan- 
sión y propagación del nuevo espíritu sino siglos 
más tarde. Los emblemas que los primitivos cris- 
tianos alternaban con el de la cruz quedaron se- 
pultados en el seno de las catacumbas, y prevale- 
ció el que recordaba plásticamente el martirio con 
que fué consagrada la idea. Luego, al instrumento 
del suplicio se añadió la figuración del cuerpo del 
mártir, y el signo adquirió su integridad y pleni- 
tud expresiva, para que, llegado el despertar glo- 
rioso de las artes, lo perpetuasen en metal, en 
piedra, en madera, en marfil, en tintas de color* 
los grandes orfebres, los grandes estatuarios y los 
grandes pintores de una de las más lozanas pri- 
maveras del ingenio humano: Benvenuto Cellini* 
Donatello, Velázquez, Van Dyck... No se menos- 



LIBHRALI8M0 Y JACOBINISMO 173 

precia con el mote grosero de fetiches estas for- 
mas sensibles en que cuaja la savia de idealidad y 
entusiasmo de una fe secular, desenvolviéndose 
en el espíritu de las generaciones humanas, á la 
manera como la imaginación inconsciente, que 
combina líneas y colores en las obras de la Natu- 
raleza, remata los laboriosos esfuerzos de un pro- 
ceso orgánico con la forma inspirada de una flor, 
con la flámula viva de un penacho de ave. No se 
inventan, ni reemplazan, ni modifican en un día 
estos signos seculares: se les recibe de los brazos 
de la tradición y se les respeta tal como fueron, 
consagrados por la veneración de las generacio- 
nes. El crucifijo no estaba en manos de Pablo ni 
de Pedro, ni sobre el pecho de los mártires del 
circo, ni en los altares ante los cuales se amansó 
la furia de los bárbaros. No por eso deja de sig- 
nificar el crucifijo la gloria de tales tradiciones; 
estuvo, antes de todas ellas, en realidad y carne 
humana, en la pelada cima del Gólgota... y aun 
cuando no hubiera estado, suya es la virtud de 
evocarlas y animarlas juntas en el recuerdo de la 
posteridad. 

Pero no se repudia sólo al crucifijo por ajeno 
á la significación del verdadero espíritu cristiano: 
se le repudia también por execrable. ¿Y en quó 
consiste el carácter execrable del crucifijo? Aquí 
el distinguido conferenciante remonta su oratoria 
al tono de la indignación, abraza de una síntesis 
arrebatada el espectáculo de los siglos, y se yer- 
gue triunfante con las pruebas de que el crucifijo 
ha presidido á muchas de las más negras abomi- 
naciones de que haya ejemplo en la memoria de 
la Humanidad, desde los excesos de las Cruzadas 
hasta las crueldades de las guerras de religión y 
de las persecuciones de herejes. «¿Qué importa 



174 JOSÉ ENRIQUE BOBO 

que en su significación primera — se pregunta — 
simbolizase ó hubiese podido simbolizar una idea 
de amor, de libertad, de redención? El crucifijo 
propició el ensañamiento de los cruzados contra 
los musulmanes de Ornar; estuvo en manos de 
los victimarios de la noche de Saint-Barthélemy; 
acompañó los desbordes sangrientos de la con- 
quista de América; presenció en las paredes del 
tribunal del Santo Oficio las sentencias que aho- 
gaban la libertad del pensamiento humano, y es 
hoy mismo, en los fanáticos de Rusia, el signo que 
ipcita á la matanza de los judíos de Bielostock... 
Luego el crucifijo ha perdido su significación ori- 
ginal; la ha desnaturalizado y pervertido, y lejos 
de ser emblema de salud y de vida, es sólo signo 
de opresión, de barbarie y de muerte.» 

No será necesario apurar mucho los ejemplos 
para demostrar que con la aplicación de este cri- 
terio estrecho y negativo, si ha de entenderse que 
los grandes símbolos históricos pierden su signi- 
ficado original é intrínseco en manos de quienes 
los desnaturalizan y falsean en el desborde de las 
pasiones extraviadas, recordándose exclusivamen- 
te, para caracterizarlos, todo lo que se haya hecho 
de ignominioso y funesto á su sombra, y nada de 
lo que á su sombra se haya hecho de glorioso y 
concorde con su genuina significación moral, no 
habrá símbolo histórico que quede puro y limpio 
después de apelarse á la deposición testimonial 
de la Historia, porque todos rodarán confundidos 
en la misma ola de sangre, lágrimas y cieno. 

La bandera tricolor, el iris de la libertad hu- 
mana, la enseña victoriosa de Valmy y de Jemma- 
pes, impulsaba, apenas nacida, el brazo del ver- 
dugo, y cobijaba con su sombra las bacanales 
sangrientas del Terror, no menos infames que la 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 175 

matanza de Saint Barthélemy, y propiciaba des- 
pués, en las conquistas de Napoleón ei Grande, 
las iniquidades de la invasión de Rusia y de la 
invasión de España, y resucitaba para servir un 
día de dosel, con la traición del 2 de Diciembre, á 
la consagración cesárea de Napoleón ei Chico, 
Luego la bandera tricolor, el iris de la propaganda 
revolucionaria, el guión de los ejércitos de Car- 
not, no es signo de esperanza y de gloria, sino de 
ferocidad, de opresión y de conquista. 

La bandera de Mayo, el cóndor blanco y ce- 
leste de los Andes, la enseña gloriosa de San 
Martín y de Belgrano, militó durante veinte años 
en los ejércitos de Rosas, y flameaba en Santos 
Lugares sobre el alcázar de la tiranía, y se en- 
charcaba en sangre en los degüellos de la Ma 
torca, y era destrozada á balazos por los hombres 
libres que defendían el honor de la civilización 
americana dentro de los muros de Montevideo. 
Luego la bandera de Mayo, el palladium de la re- 
volución de América, la enseña gloriosa de San 
Martín y de Belgrano, está imposibilitada de me- 
recer el homenaje de los buenos, maculada ante 
la conciencia de la Historia, prostituida por lo 
infinito de la posteridad. 

¿Adonde nos llevaría la lógica de este purita- 
nismo feroz? A la condena inexorable de toda en- 
seña ó símbolo que no hubiera sido secuestrado, 
desde el momento de nacer, dentro de las vitrinas 
de un museo. La acción histórica y el contacto 
con la realidad implican, para la idea que se hace 
carne en un emblema, en un señuelo de proseli- 
tismo, la profanación y la impureza, tan fatal- 
mente como la exposición al aire libre implica 
para la hoja de acero la oxidación que la empaña 
y la consume. 



176 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

El criterio de simpatía, de tolerancia y de equi- 
dad planteará las cuestiones de muy distinta ma- 
nera, y las resolverá con más honor para la espe- 
cie humana. ¿Eran los principios programados en 
la Declaración de los derechos del hombre los que 
se aplicaban en el instrumento de muerte que 
hizo rodar mil quinientas cabezas humanas en 
quince días, y los que amarraban á Francia al 
despotismo de los casares? No, sino absoluta- 
mente los contrarios. Luego la bandera en que se 
propagó la Daclaración de los derechos del hom- 
bre, la tricolor de las victorias de la libertad, per- 
manece en la entera posesión de su significado y 
su gloria. ¿Eran los principios sustentados en la 
revolución de Mavo los que encarnaba la tiranía 
vencida con la alianza extranjera en los campos 
de Caseros? No, sino absolutamente los contra- 
ríos. Luego el símbolo de la revolución de Mayo, 
la bandera cuya tradición inspiraba á los enemi- 
gos de la tiranía, queda firme y sin mácula en la 
cumbre de su dignidad histórica. ¿Eran los prin- 
cipios sellados con el martirio del Calvario los 
que se realizaban en la noche de Saint-B-trthélemy 
y en el atropello alevoso del cortejo de Atahualpa, 
y son ellos los que se realizan en las matanzas de 
judíos de Bielostock? No, sino absolutamente los 
contrarios. Luego el signo del Calvario, la imageH 
del que anatematizó toda matanza, todo odio, 
guarda ilesa é intacta su significación sublime, 
para veneración y orgullo de la Humanidad. 

Sólo con la aplicación de este criterio amplio 
y ecuánime podrá salvar la justicia histórica una 
tradición que no se presente enrojecida con la 
mancha indeleble de las manos de Macbeth; sólo 
así podrá instituirse en la memoria de los hom- 
bres un Panteón donde se reconcilien todas las 



L1BHRALISM0 Y JACOBINISMO 177 

reliquias venerandas, todos los recuerdos dignos 
de amor y de piedad. 

Imaginemos que el crucifijo representase, ex- 
clusiva ó eminentemente, la unidad católica tal 
como prevaleció desde el bautismo de los bárba- 
ros hasta la definitiva constitución de las naciona- 
lidades europeas y el impulso de libertad de la 
Reforma. Aun en este caso, de ninguna manera 
rehuiría por mi parte sostener la tesis afirmativa 
en cuanto al respeto histórico que se le debe. Se- 
ría el signo que presidió á la asimilación y la sín- 
tesis de los elementos constitutivos de la civiliza- 
ción moderna durante mil años de reacciones y 
esfuerzos proporcionados á la magnitud de la 
obra que había de cumplirse. La denigración his- 
tórica de la Edad Media es un tema de declama- 
ciones que han quedado, desde hace mucho tiem- 
po, relegadas á los estudiantes de quince años en 
las clases de Historia universal. La honda com- 
prensión de las cosas pasadas, con sus consi- 
guientes adelantos de exactitud y de justicia, es 
una He las imperecederas conquistas del siglo de 
los Thierry, los Macaulay y los Momsen. Ya no 
se infaman épocas enteras de la historia del mun- 
do: se las explica y comprende, y eso vale mucho 
mas. La historia no es ya una forma retrospectiva 
de la arenga y el libelo, como en ios tiempos de 
Gibbon y Voltaire. La historia es, ó bien un cam- 
posanto piadoso, ó bien un laboratorio de inves- 
tigación paciente y objetiva; y en cualquiera de 
ambos conceptos, un recinto al que hay que pe- 
netrar sin ánimo de defender tesis de abogado, 
recogiendo en ól, á favor de generalizaciones y 
abstracciones, que son casi siempre pomposas 
ligerezas, armas y pertrechos para las escaramu- 
zas del presente. Quien tenga desinteresado deseo 

12 



178 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

de acertar, ha de acercarse á ese santuario augus- 
to, purificado de las pasiones del combate, con un 
gran fondo de serenidad y de sinceridad realzadas 
todavia por una suficiente provisión de simpatía 
humana que le permita transportarse en espíritu 
al de los tiempos sobre que ha de juzgar, adap- 
tándose á las condiciones de su ambiente. Las 
instituciones que han quedado atrás en el movi- 
miento de la civilización, y que ya sólo represen- 
tan una tradición digna de respeto — y en su per- 
sistencia militante, una fuerza regresiva — , han 
tenido su razón de ser y sus días gloriosos y han 
prestado grandes servicios al progreso del mun- 
do; y es precisamente en el terreno de la Historia 
donde menos puede vulnerárselas. 

Para oponerse á los esfuerzos reaccionarios 
del clericalismo no es preciso hacer tabla rasa 
de la gloria de las generaciones inspiradas por 
la idea católica, cuando esta idea era la fórmula 
activa y oportuna, como para combatir las res- 
tauraciones imperiales no han menester los repu- 
blicanos franceses repudiar para la Francia la 
gloria de Marengo y Austerlitz, y para combatir la 
persistencia política y social del caudillaje no ne- 
cesitamos nosotros desconocer la fuerza fecunda 
y eficaz que representó la acción de los caudillos 
en el desenvolvimiento de la revolución de Amé- 
rica. ¿Imagina acaso el doctor Díaz que diez siglos 
de historia humana se tiran al medio de la calle 
bajo la denominación común de ignominia, igno- 
rancia, crueldad, miseria, rebajamiento y servilis- 
mo? Los tiempos en que él no ve mas que un pro- 
ceso de cdegradaciones tenebrosast son, en reali- 
dad, una esforzada lucha por rasgar, para los gér- 
menes soterrados de civilización, la dura corteza 
de los aluviones bárbaros, y es sin duda en el 



LJBHRALJ8M0 Y JACOBINISMO 179 

transcurso de esa lucha cuando la acción histó- 
rica del cristianismo presenta títulos más incon- 
testables á la gratitud de la posteridad, porque si 
el naufragio de la civilización fué desastroso, hu- 
biera sido completo sin el iris que el signo de la 
cruz levantaba sobre los remolinos tenaces de la 
barbarie; y si el despertar de la cultura intelectual 
fué difícil y lento, hubiera sido totalmente impo- 
sible sin la influencia de la única fuerza espiritual 
que se alzaba frente á la fuerza bruta, y reserva- 
ba, en medio de la guerra universal, un rincón de 
quietud para Ja labor de colmena de los escribas 
monacales, y salvaba el tesoro de las letras y las 
ciencias antiguas en los códices que, llegada la 
aurora del Renacimiento, romperían, merced á la 
invención de Gutenberg, sus obscuras crisálidas 
para difundirse por el mundo. Relea el doctor 
Díaz, sin ir más allá, las páginas que el gran es- 
píritu de Taine ha consagrado en su estudio del 
Antiguo régimen á delinear la estructura de la so 
ciedad anterior á la Revolución, y acaso refrescará 
muy oportunos recuerdos, y acaso reconocerá la 
necesidad de modificar buena parte de sus pre- 
juicios y de limitar no pocas de sus abomina- 
ciones. 

Otro tanto podría decirse en lo que respecta á 
alguna otra alusión de las que acumula el doctor 
Díaz en su síntesis de las tradiciones infamantes 
de la cruz, y singularmente la que se refiere á la 
conquista de América. Todo en la conquista fué 
oprobio y ferocidad; todo en ella fué abominación 
y exterminio; y cuanto en ella hubo positivamente 
de condenable á la luz de la razón serena, ¿ha de 
imputarse á la sugestión maldita de la cruz? ¿Por 
qué recordar, si se aspira á la severa equidad del 
juicio histórico, que la cruz representó en Gata- 



160 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

marca la sanguinaria brutalidad de la conquista 
y olvidar que representó en Guanahaní el naci- 
miento dé la América á la vida de la civilización, 
la primera luz de nuestro espíritu, el pórtico de 
nuestra historia? ¿Por qué recordar que estuvo en 
manos de Valverde para excitar al sacrificio de 
los indios y olvidar que estuvo en manos de Las 
Gasas para interponer ante el pecho de los indios 
un escudo de misericordia? ¿Por qué recordar que 
fué con Torquemada el signo oprobioso de las 
iniquidades inquisitoriales y olvidar que fué en 
la mente de Isabel la Católica el estímulo para 
ganar y redimir un mundo? ¿Por qué recordar 
al verdugo tonsurado y olvidar al evangelizador 
capaz del martirio? ¿Por qué recordar al fraile 
que mata y olvidar al fraile que muere? 

Bien es verdad que, para la justicia histórica 
del elocuente conferenciante, cuyo género de libe- 
ralismo recuerda, en esto como en muchas otras 
cosas, la fórmula absoluta del sectarismo religio- 
so: cFuera de lo que yo creo no hay virtud ni sal- 
vación», el misionero que se arroja á propagar su 
fe en climas lejanos no hace cosa mejor que cim- 
poner por la violencia el crucifijo, como un yugo 
de servidumbre, sobre la cabeza de las razas in- 
feriores». No lo sospechaba Víctor Hugo cuando t 
en una página inspiradísima de Los castigos (1), 
antes de marcar con el hierro candente de su sá- 
tira á los dignatarios del alto clero que agitaban 
el turíbulo de las alabanzas en la cohorte pala- 
ciega del gran corruptor del 2 de Diciembre, ento- 
naba un himno conmovido y conmovedor ante el 
cadáver del fraile decapitado en las misiones de la 
China por predicar allí la moral del Evangelio. La 



(1) Les Chátiments, VIII, «A un martyr», 



LMBRALISMO Y JACOBINISMO 181 

espontaneidad del corazón y el criterio de la equi- 
dad consisten en honrar la vocación del sacrificio, 
dondequiera que se la encuentre: bajo la sotana del 
fraile, como bajo la blusa del obrero ó la pechera 
deslumbrante del príncipe, y en glorificar la pro- 
paganda de la civilización, cualquiera que sea el 
abanderado de la gran causa humana: así el pion- 
ner que se abisma en el fondo del desierto con el 
hacha que traspasa los bosques, como el misio- 
nero que, con la Biblia católica ó la Biblia protes- 
tante en la mano, se acerca á remover la soporosa 
conciencia de la tribu. 

Por lo demés, no es interpretar fielmente el es- 
píritu de los hechos concretar en la significación 
del crucifijo, como emblema histórico, los motivos 
que han determinado su condena. Cualquiera otra 
imagen del fundador del cristianismo, aparte de 
Ja que le presenta clavado en la cruz, cualquiera 
otra imagen, cuadro ó estatua, hubiera sido sen- 
tenciada indistintamente á proscripción. ¿Es ó no 
cierto? Luego la condena va dirigida contra la glo- 
rificación de Jesús, que la suspicacia jacobina no 
concibe separada del culto religioso ni admite que 
pueda interpretarse de manera que allí mismo 
donde el creyente ve el icono objeto de su vene- 
ración, el no creyente vea la imagen representa- 
tiva del más alto dechado de grandeza humana. 

Juan Carlos Gómez acariciaba en su mente 
profética un pensamiento que ya se ha convertido 
en realidad. Soñaba que se levantase un día sobre 
una de las cumbres de la Cordillera, á modo de 
numen tutelar de la civilización americana, en- 
grandecida por la confraternidad de todas las ra- 
zas que se acogen á su seno y por la fructificación 
de las esperanzas y los ideales que ha alentado la 
humanidad en veinte siglos, una colosal estatua 



182 JOSÉ BNRXQUH RODÓ 

del Redentor del mundo, erguida allí, como sobre 
un agigantado Tabor, en la eterna paz de las altu- 
ras, bajo el signo indeleble del Crucero... Juan 
Garlos Gómez pensaba como un furibundo ultra- 
montano, y la realización da su sueño implica un 
privilegio ofensivo para millares de conciencias 
humanas que ven levantarse en su horizonte la 
imagen de un dios en que no creen, y lo implicará 
mientras no se levanten también en las cumbres 
circunvecinas, formando tabla redonda, otras se- 
mejantes estatuas de Buda, de Zoroastro, de Con- 
fucio, de Sócrates, de Filón... y de Kant. 



¿Jacobinismo? 



Concluye su refutación el doctor Díaz expo- 
niendo su concepto del liberalismo en relación 
con la idea de tolerancia que di por característica 
en mi carta al espíritu liberal. El criterio en que 
se funda ese concepto es genuinamente jacobino 
y confirma este nombre de jacobinismo que apli- 
qué á las iniciativas y tendencias cuya defensa ha 
asumido el conferenciante. 

Contestando en esta parte al doctor Díaz, expli- 
caré el por qué de la expresión al joven é inteli- 
gente escritor que me ha hecho cargos en las co- 
lumnas del semanario evangelista por el empleo, 
que juzga inadecuado, de tal nombre. 

El jacobinismo no es solamente la designación 
de un partido famoso que ha dejado impreso su 
carácter histórico en el sentido de la demagogia y 



LIBERALISMO T JACOBINISMO 188 

la violencia. El jacobinismo es una forma de es- 
píritu, magistralmente estudiada y definida por 
Taine en los Orígenes de la Francia contemporá* 
nea. La índole de la acción histórica y de la domi- 
nación del jacobinismo está virtualmente conte- 
nida ya en los datos esenciales de su psicología; 
pero estos caracteres esenciales se manifiestan y 
reconocen sin necesidad de que su exaltación su- 
prema, en el estallido de las crisis revolucionarias, 
los ponga en condición de deducir las últimas 
consecuencias prácticas y activas de su lógica. La 
idea central, en el espíritu del jacobino, es el ab- 
solutismo dogmático de su concepto de la verdad, 
con todas las irradiaciones que de este absolutis- 
mo parten para la teoría y la conducta. Así, en su 
relación con las creencias y convicciones de los 
otros, semejante idea implica forzosamente la in- 
tolerancia: la intolerancia, inepta para compren- 
der otra posición de espíritu que la propia; inca- 
paz de percibir la parte de verdad que se mezcla 
en toda convicción sincera y el elemento generoso 
de idealidad y de belleza moral que cabe hallar 
unido á las más palmarias manifestaciones de la 
ilusión y del error, determinando á menudo una 
fraternidad de móviles y sentimientos que se le- 
vanta por encima de los deslindes de ideas y vin- 
cula, con lazos más íntimos que los que establece 
la escuela, el partido ó la secta, á los hombres 
que militan para el mundo en campos distintos. 
Y como aptitud igualmente inconciliable con su 
índole, falta al jacobinismo el sentido humano de 
la realidad, que enseña á olvidar los procedimien- 
tos abstractos de la lógica cuando se trata de 
orientarse en el campo infinitamente complexo 
de los sentimientos individuales y sociales, cuyo 
conocimiento certero será siempre la base an- 



184 JOSÉ KNRIQUB RODÓ 

guiar de todo propósito eficaz de educación y re- 
forma. 

La misma facultad dominante que se halla en 
el fondo de los excesos brutales, pero indisputa- 
blemente sinceros, de la tiranía jacobina, consti- 
tuye el fondo de la intolerancia puramente ideo- 
lógica é inerme que inspiran una página ó una 
arenga neo-jacobinas sobre puntos de religión, 
filosofía ó historia, aunque para llegar del uno al 
otro extremo haya que salvar grandes distancias 
en el desenvolvimiento lógico de la misma pasión, 
y aunque, para no pasar de cierto grado en la 
transición del uno al otro, es indudable que sería 
suficiente en muchos casos la fuerza instintiva del 
sentido moral. El nombre, pues, clasifica con in- 
distinta exactitud ambas formas de intransigencia 
fanática, relacionándolas por una analogía más 
fundamental que las que se basan en la materia- 
lidad de los hechos ó las apariencias, así como las 
clasificaciones de los naturalistas ordenan, bajo 
un mismo nombre genérico, especies aparente- 
mente diferentísimas, pero vinculadas por un ras- 
go orgánico más hondo que los que determinan 
la semejanza formal. 

El antecedente teórico de la tendencia jacobi- 
na es la filosofía de la Enciclopedia: la ideología 
de Condillac, de Helvecio, de Rousseau, expresión 
del mismo espíritu de lógica y de dogmatismo que 
había engendrado, alrededor de ideas aparente- 
mente opuestas, la filosofía católica y monárquica 
del siglo de Luis XIV, con la argumentación ora- 
toria de Bossuet y la «razón razonante* de Des- 
cartes. Y el jacobinismo, como doctrina y escue- 
la, persiste y retoña hasta nuestros días, en este 
género de seudoliberalismo, cuya psicología se 
identifica en absoluto con la psicología de las seo 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 185 

tas: el mismo fondo dogmático; la misma aspira- 
ción al dominio exclusivo de la verdad; el mismo 
apogeo á la fórmula y la disciplina; el mismo me- 
nosprecio de la tolerancia, confundida con la in- 
diferencia ó con la apoetasía; la misma mezcla de 
compasión y de odio para el creyente ó para el na 
creyente. 

No cabe duda de que la filiación directa de esta 
escuela seudoliberal se remonta á la filosofía revo- 
lucionaria del siglo XVIII, á la filosofía que fruc- 
tificó en la terrible lógica aplicada del ensayo de 
fundación social del jacobinismo, y que, por lo que 
respecta al problema religioso, culminó en el crite- 
rio que privaba en las vísperas de la reacción neo- 
católica de Chateaubriand y Bonald; cuando se es- 
cribían y divulgaban Las ruinas de Palmira; cuan- 
do se admiraba a Holbach y á Le Mettrie; cuando 
las religiones aparecían como embrollas mons- 
truosas, urdidas calculadamente por unos cuan- 
tos impostores solapados y astutos, para asentar 
su predominio sobre un hato de imbéciles, so- 
porte despreciable de las futuras creencias de la 
Humanidad. 

El criterio histórico era en aquella filosofía, 
como lo es hoy en las escuelas que la han recibido 
en patrimonio, la aplicación rígida é inexorable 
de unos mismos principios al juicio de todas las 
épocas y todas las instituciones del pasado, sin 
tener en cuenta la relatividad de las ideas, de los 
sentimientos y de las costumbres; por donde fases 
enteras de la Historia, la Edad Media, la España 
del siglo XVI, el catolicismo, el feudalismo, eran 
condenadas de plano, sin la piadosa excepción de 
un hecho ó un nombre, como estériles, perversas, 
afrentosas y estúpidas. Si, renunciando á la impla- 
cabilidad de sus odios, aquella filosofía se levan- 



186 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

taba alguna veza la esfera de la tolerancia, jamás 
pasaba de la tolerancia intelectualista y displi- 
cente de Voltaire ó de Bayle, que no se funda en 
intuición de simpatía, en penetrante poder de 
comprensión, como la de un Renán ó un Sainte- 
Beuve, sino sólo en una fría lenidad intelectual. 
Y todos estos rasgos característicos se mantienen 
en las escuelas que representan, más ó menos 
adaptado á las condiciones del pensamiento con- 
temporáneo, el mismo espíritu, con la diferencia 
— no favorable, ciertamente, para éstas — de que 
la filosofía de la Enciclopedia tenía, para sus apa- 
sionamientos é injusticias, la disculpa de la gran- 
de obra de demolición y allanamiento que había 
de cumplir para cooperar en los destinos del 
mundo. 

Todo el sentido filosófico é histórico del si- 
glo XIX — si se le busca en sus manifestaciones 
más altas, en las cumbres, que son puntos per- 
sistentes de orientación — concurre á rectificar 
aquel estrecho concepto del pensamiento libre, y 
aquella triste idea de las cosas pasadas, y aquel 
pobre sistema de crítica religiosa. El pensador, en 
el siglo XIX, es Goethe, levantando la tolerancia 
y la amplitud á la altura de una visión olímpica, 
en que se percibe la suprema armonía de todas 
las ideas y de todas las cosas; es Spencer, remon 
tando su espíritu soberano á la esfera superior, 
desde la cual religión y ciencia aparecen como 
dos fases diferentes, pero no inconciliables, del 
mismo misterio infinito; es Augusto Gomte, ma- 
nifestando á cada paso su alto respeto histórico 
por la tradición cristiana, y tomándola como mo- 
delo en su sueño de organización religiosa; es 
Renán, obteniendo de la explicación puramente 
humana del cristianismo el más sólido funda- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 187 

mentó de su glorificación, y manteniendo vivo, át 
pesar de su prescindencia de lo sobrenatural tras- 
cendente, un profundo sentido de religiosidad; es 
Taine, declarando que la civilización europea no 
podría dejar extinguirse en su seno el espíritu 
cristiano sin provocar una recrudescencia de bar- 
barie, é instaurando el más severo proceso del ja- 
cobinismo práctico y teórico; es Carlyle, llevando 
su capacidad de simpatía hasta sentir el germen 
de idealidad y superiores anhelos que despunta 
en el fetichismo del salvaje; es Max Müller, apli- 
cando al estudio de las religiones tantos tesoros 
de ciencia como de intuitiva y piadosa sensibili- 
dad, y es Thierry, y es Sismondi, y es Viollet-le- 
Duc, y es Fustei de Goulanges, reconstruyendo la 
voluntad, el pensamiento y las instituciones so- 
ciales y políticas de los siglos más desdeñados ó 
calumniados de la Historia, para concurrir así á 
demostrar que no se interrumpió en ellos la ac- 
ción del nissus secreto que empuja la conciencia 
de la Humanidad á la realización de un orden, ai 
cumplimiento de una norma de verdad y de be- 
lleza. 

El sentido de la obra intelectual del siglo XIX 
es, en suma, la tolerancia; pero no sólo la toleran- 
cia material, la que protege la inmunidad de las 
personas, la que se refiere á derechos y libertades 
consignadles en constituciones y leyes, sino tam- 
bién, y principalmente, la tolerancia espiritual, la 
que atañe á las relaciones de las ideas entre ellas 
mismas, la que las hace comunicarse y cambiar 
influencias y estímulos, y comprenderse y am- 
pliarse recíprocamente: la tolerancia afirmativa y 
activa, que es la gran escuela de amplitud para el 
pensamiento, de delicadeza para la sensibilidad, 
de perfectibilidad para el carácter. 



188 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

No le agrada esta tolerancia al distinguido por- 
tavoz del € Centro Liberal», que ve en ella una 
suerte de claudicación pasiva, y nada manifiesta 
mejor la índole sectaria y estrecha de su liberalis- 
mo. Dando á la Verdad y el Error, en cierto gé- 
nero de ideas, la significación absolutamente pre- 
cisa con que se ilusionan todos los espíritus dog- 
máticos; que excluye cuanto hay de subjetivo y 
relativo en las opiniones de los hombres; que 
prescinde de la eterna plasticidad y el perpetuo 
devenir de las fórmulas de la verdad, reduciendo- 
la complexión infinita del pensamiento humano 
á la simplicidad de una lucha teogónica entre un 
Ormuzd todo claridad y un Ahrimán todo tinie- 
blas, concluye que no hay tolerancia legítima con 
el Error encarnado en ideas ó instituciones, sino 
que la Verdad ha de perseguirlo sin tregua ni mi- 
sericordia, para que no envenene las conciencias, 
y que esta implacable hostilidad y represión es 
«una grande obra de amor humano». Criterio per- 
manente de todas las intolerancias, criterio con 
que se han autorizado y legitimado todas las per- 
secuciones por motivo de ideas, y que constituye, 
desde luego, la exacta repetición de l8s razones 
que han estado siempre en labios de la Iglesia 
católica para justificar la persecución de la here- 
jía. Porque como nadie que tiene una fe ó una 
convicción absoluta deja de considerar que la 
verdad está con él y sólo con él, es obvio que, 
proclamada la vanidad ó la culpabilidad de ser 
tolerante con las instituciones y las ideas erró- 
neas, nadie dejará de reivindicar exclusivamente 
para sí el derecho de ejercer esa tolerancia lícita» 
plausible y redentora, en opinión del conferen- 
ciante, que consiste en perseguir al error, acorra- 
larlo y extinguirlo, sin consentirle medio de difun- 



LIBBRAL1SM0 Y JACOBINISMO 169 

dirse é insinuarse en las almas. Siempre habrá 
mil respuestas, absolutamente distintas, pero in- 
distintamente seguras de sí mismas, para la eter- 
na pregunta de Pilatos: «¿Qué significa la verdad?» 

¿Por qué inutilizas, monje de la Edad Media, 
ese precioso manuscrito para emplear el perga- 
mino en trazar las fórmulas de tus rezos? Porque 
lo que dice es falso y lo que yo voy á estampar 
encima es la verdad. ¿Por qué incendias, califa 
musulmán, los libros de la biblioteca de Alojan- 
dría? Porque si no dicen mas que lo que esta en 
mi Ley, que es la verdad, son innecesarios, y si 
dicen lo que no está en mi Ley, son mentirosos y 
blasfemos. ¿Por qué rompes, cristiano intolerante 
de los primeros siglos, esas bellísimas estatuas de 
Venus, de Apolo, de Minerva? Porque son dioses 
falsos que disputan su culto al Dios de la verdad. 
¿Por qué despedazas, sectario calvinista, las imá- 
genes de ese templo de Orleáns? Porque mi inter- 
pretación de la Biblia, que es la verdadera, me dice 
que son ídolos del error. ¿Por qué profanas, go- 
bierno revolucionario, las naves de Nuestra Señora 
de París? Porque allí tiene su nido la mentira, que 
estorba el paso á mi verdad. ¿Por qué arrojas al 
fuego, inquisidor español, esos tesoros de litera- 
tura oriental de Salamanca? Porque quien los co- 
nociere podría tentarse á abandonar la verdad por 
el error. ¿Por qué incluyes en tu Index, pontífice 
romano, tantas obras maestras de la filosofía, la 
exégesis y la literatura? Porque represento la Ver- 
dad y tengo el deber de guardar para ella sola el 
dominio de las conciencias. 

En el desenvolvimiento de esta lógica, es bien 
sabido que las personas mismas, en sus inmuni- 
dades más elementales y sagradas, no quedan 
muy seguras... Todo está en que se entenebrezca 



190 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

el horizonte y se desate la tormenta. Y así, todas 
las intolerancias, que empiezan por afirmar de 
modo puramente ideal y doctrinario: «Soy la eter- 
na, exclusiva é inmodificable verdad», pasan luego, 
si hallan la ocasión propicia, á auxiliarse del 
brazo secular para quemar libros ó romper esta- 
tuas, cerrar iglesias ó clausurar clubs, prohibir 
colores ó interdecir himnos, hasta que el último 
límite se quebranta, y las personas no son ya más 
invulnerables que las ideas y las instituciones; y 
partiendo por rumbos diametralmente opuestos, 
se unen en el mismo culto de Moloch — como ca- 
minantes que, dando la vuelta redonda, se asom- 
brasen de llegar al mismo punto — , Torquemada 
y Marat; Jacobo Clemente y Barére; los sambarto- 
íomistas y los septembristas; el Santo Oficio y el 
Comité de Salud pública; los expulsores de moros 
y judíos y los incendiarios de iglesias y conventos. 



Conclusión 



Falso concepto de la tolerancia que censura 
tiene el doctor Díaz, cuando supone que ella ex- 
cluye la acción en los partidarios de la libertad, 
dejando libre el campo á los avances enemigos. 
Las condiciones de la acción no son otras que el 
derecho y la oportunidad. Lo legítimo de la acción 
represiva empieza donde se prueba que el derecho 
de alguno ha ultrapasado sus límites para perju- 
dicar al de otros. Y la hora de una iniciativa ha 
sonado cuando se demuestra el interés social que 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 191 

la hace necesaria ú oportuna. No serán las agita- 
ciones liberales per se las que puedan disgustar- 
nos, sino lo gratuito é inoportuno de ellas. No es 
el movimiento anticlerical en sí mismo, sino su 
vana provocación con actos como el que discuti- 
mos, desacertados é injustos, que, aun cuando no 
lo fueran, estarían siempre en evidente despro- 
porción de importancia para con la intensidad de 
los agravios que causan y de las pasiones que 
excitan. Dígasenos cuál es la acción fecunda á que 
se nos convoca en nombre de la libertad; indique- 
senos dónde está concretamente la reforma que 
sea necesario, justo y oportuno hacer práctica, y 
si reconocemos la necesidad, y sentimos la justi- 
cia, y vemos la oportunidad, acompañaremos sin 
vacilar la iniciativa y ni aun nos importará que 
ella haya de realizarse á costa de esas turbulen- 
cias que son la protesta inevitable de la tradición 
y la costumbre. Pero suscitar primero la agitación 
para buscar después pretextos que la justifiquen; 
tocar primero á rebato para descubrir después el 
peligro á que deba correrse; componer primero la 
tonada para después idear la letra que haya que 
ajustar á su ritmo, eso no puede parecemos mas 
que fuerza perdida y bulla estéril, propia para al- 
borotar á los muchachos y sacar á luz toda la 
prendería de las declamaciones antipapales y anti- 
inquisitoriales, pero absolutamente vana para 
cuanto signifique un adelanto positivo en la mar- 
cha de las ideas, una conquista sólida en el sen- 
tido del pensamiento libre. 

¡Pensamiento libre!... He aquí otro motivo de 
consideraciones que bien merecerían una prolija 
atención, si estos artículos no se hubieran dila- 
tado ya más de lo justo. ¿Piensa, por ventura, el 
doctor Díaz que no hay mas que romper el yugo 



192 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

de los dogmas católicos para adquirir la libertad 
de pensar? El libre pensamiento es cosa mucho 
más ardua y compleja de lo que supone la super- 
ficial interpretación común que la identifica con 
la independencia respecto de la fe tradicional. Es 
mucho más que una fórmula y una divisa: es un 
resultado de educación interior, á que pocos, muy 
pocos alcanzan. Pensar con libertad, ó no signi- 
fica sino una frase hecha, ó significa pensar por 
cuenta propia, por esfuerzo consciente y racional 
del propio espíritu; y para consumar esta preciosa 
emancipación y para adquirir esta difícil capaci- 
dad, no basta con haberse libertado de la autori- 
dad dogmática de una fe. Hay muchas otras pre- 
ocupaciones, muchos otros prejuicios, muchas 
otras autoridades irracionales, muchos otros con- 
vencionalismos persistentes, muchas otras idola- 
trías, que no son la fe religiosa, y á los cuales ha 
menester sobreponerse el que aspire á la real y 
afectiva libertad de su conciencia. Todo lo que 
tienda á sofocar dentro de una fórmula preestable- 
cida la espontaneidad del juicio personal y del ra- 
ciocinio propio; todo lo que signifique un molde 
impuesto de antemano para reprimir la libre acti- 
vidad de la propia reflexión; todo lo que importe 
propósito sistemático, afirmación ó negación faná- 
ticas, vinculación votiva con cierta tendencia inca- 
paz de rectificarse ó modificarse, es, por definición, 
contrario á la libertad de pensamiento. Y por lo 
tanto, las organizaciones seudoliberales que entra- 
ñan la guerra incondicional y ciega contra deter- 
minada fe religiosa, excluyendo la posibilidad de 
diferenciar, de discernir, de hacer las salvedades 
y excepciones que la justicia exija, en cuanto á la 
tradición histórica ó en cuanto á las manifestacio- 
nes actuales de esa fe — vale decir, excluyendo la 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 193 

posibilidad de un ejercicio leal é independiente 
del criterio personal — , son en sí mismas una per- 
sistente negación del pensamiento libre. 

Si para llamarse á justo título librepensador 
bastara con inscribirse en los registros de una aso- 
ciación de propaganda y participar de los odios 
anticlericales, dependería de un acto de voluntad 
— menos aún, de un movimiento reflajo — el ser 
efectivamente librepensador; pero el hecho es que 
poder llamárselo con verdad es cosa difícil; tanto, 
que para que el librepensamiento pudiera ser la 
característica psicológica del mayor número, se re- 
queriría en la generalidad de los espíritus un es- 
tado de elevación mental que hoy no es lícito, ni 
aun con el mayor optimismo, reconocer sino en 
un escaso grupo. Fácil sería demostrar, en efecto, 
que la gran mayoría de los hombres, los que for- 
man multitud para echarse á la calle en día de 
mitin y auditorio numeroso con que llenar salas 
de conferencias para aplaudir discursos entusias- 
tas, no pueden ser, dado el actual nivel medio de 
cultura en las sociedades humanas, verdaderos 
librepensadores. Y no pueden serlo — si se da á esa 
palabra el significado que real é íntimamente tie- 
ne, y no el que le atribuye el uso vulgar — porque 
lo que creen y proclaman y juran, aunque marque 
el grado máximo de exaltación en punto á ideas 
liberales, no ha sido adquirido por vía de conven- 
cimiento racional, sino por prejuicio, por suges- 
tión ó por preocupación. La misma docilidad 
inconsciente y automática que constituía en lo 
pasado el populoso cortejo de los dogmas religio- 
sos, constituye en nuestros días el no menos po- 
puloso cortejo de las verdades científicas vulgari- 
zadas y de las ideas de irreligiosidad y libertad 
que han llegado al espíritu de la muchedumbre. 

13 



194 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

Muchísimos son — valga esto de ejemplo — los que 7 
aun en capas muy inferiores intelectualmente del 
vulgo, están enterados de que la tierra se mueve 
alrededor de sí misma y alrededor del sol. Pero 
entre cien que lo saben habrá dos ó tres que sean 
capaces de probarlo. Los demás quedarían abso- 
lutamente desconcertados si se les exigiera una 
demostración de que no tienen noticia ó que nun- 
ca han analizado por sí mismos para compren- 
derla; pero no por eso dejan de abrigar la íntima 
seguridad de lo que dicen, hasta el punto de que 
no vacilarían en aceptar en favor de ello una 
apuesta en que les fuese la fortuna ó la vida. La 
multitud cree, pues, en la autoridad de la ciencia 
por fe, por adhesión irracional, por docilidad hip- 
nótica, por motivos absolutamente ajenos á la 
activa intervención de su raciocinio, como hubiera 
creído, á nacer dos siglos antes, en la autoridad 
de la fe religiosa y en los dogmas que esta autori- 
dad impone. Y lo que se dice de las verdades 
científicas, puede, con doble fundamento, decirse 
de las ideas morales y sociales. Muy pocos son 
los que se encuentran en el partido, escuela ó co- 
munión de ideas á que pertenecen, por examen 
propio y maduro, por elección de veras consciente 
y no por influencias recibidas de la tradición, del 
ambiente ó de la superioridad ajena. Mientras el 
nivel medio de cultura de la Humanidad no al- 
cance muchos grados más arriba, no hay que ver 
en ningún género de proselitismo un convenci- 
cimiento comunicado, por operación racional, de 
inteligencia á inteligencia, sino una obra de mera 
sugestión. Si sugestionados son la mayor parte de 
los que llevan cirios en las procesiones, sugestio- 
nados son la mayor parte de los que se burlan de 
ellos desde el balcón ó la esquina. El sueño y la 



LIBERALISMO T JACOBINISMO 1% 

obediencia del sonámbulo, con los que Tarde ha 
asimilado la manera cómo se transmite y preva- 
lece la fuerza social de imitación, siguen siendo el 
secreto de toda propaganda de ideas y pasiones. 
No hay por qué sublevarse contra esto, que esta 
todavía en la naturaleza de las cosas humanas; 
pero propender á que deje de ser tal la ley de la 
necesidad es la gran empresa del pensamiento 
libre. 

Y entendido y definido así el librepensamien- 
to, ¿qué será necesario para aumentar el número, 
forzosamente reducido sún, de los que pueden 
llamarse librepensadores? Tratar de aumentar el 
número de los hombres capaces de examinar por 
si mismos antes de adoptar una idea, antes de 
afiliarse en una colectividad, antes de agregarse á 
la manifestación que ven pasar por la calle, antes 
de prenderse la divisa que ven lucir en el pecho 
del padre, del hermano ó del amigo. Y como esta 
capacidad depende de los elementos que propor- 
ciona la cultura y del recto ejercicio del criterio, 
se sigue que la tarea esencial para los fines del 
pensamiento libre es educar, es extender y mejo- 
rar la educación y la instrucción de las masas, por 
cuyo camino se llegará en lo porvenir, si no á for- 
mar una mayoría de librepensadores en la plena 
acepción de este concepto — porque la superior 
independencia de toda sugestión, preocupación y 
prejuicio siempre seguirá siendo privilegio de los 
espíritus más enérgicos y penetrantes — , por lo 
menos á asegurar en la mayor parte de los hom- 
bres una relativa libertad de pensar. Este es el li- 
beralismo para quien atienda á la esencia de las 
cosas y las ideas; este es el pensamiento libre, que, 
como se ve, abarca mucho más é implica algo mu- 
cho más alto que una simple obsesión antirreli- 



196 J08É HNRIQUB RODÓ 

giosa; y el procedimiento con que puede tenderse 
eficientemente é su triunfo es, lo repito, el de la 
educación, atinada y metódica, perseverante y se- 
gura, que nada tiene que ver con organizaciones 
sistemáticas, conducentes á sustituir un fanatismo 
con otro fanatismo; la autoridad irracional de un 
dogma con la autoridad irracional de una suges- 
tión de prejuicios; el amor ciego de una fe con el 
odio ciego de una incredulidad. 

Abandone, pues, el doctor Díaz su generosa 
ilusión de que todos los que concurren á oirle son 
librepensadores y de que su aplauso es la sanción 
consciente del librepensamiento. Mucho le aplau- 
de ahora su auditorio; pero si extremara la nota 
y subiera el tono de sus invectivas, no le quepa 
duda de que aún le aplaudirla mucho más. Lo 
característico del sentido critico de la mayoría es 
no entender de matices. En arte, como en moral, 
como en cualquier género de ideas, la ausencia de 
la intuición de los matices es el limite propio del 
espíritu de la muchedumbre. Allí donde la retina 
cultivada percibirá nueve matices de color, la re 
tina vulgar no percibirá mas que tres. Allí donde 
el oído cultivado percibirá doce matices de sonido, 
el oído vulgar no percibirá sino cuatro. Allí donde 
al criterio cultivado percibirá veinte matices de 
sentimientos y de ideas, para elegir entre ellos 
aquel en que esté el punto de la equidad y la ver- 
dad, el criterio vulgar no percibirá mas que dos 
matices extremos: el del si y el del no, el de la 
afirmación absoluta y el de la negación absoluta, 
para arrojar de un lado todo el peso de la fe ciega 
y del otro lado todo el peso del odio iracundo. 

Esto es así, y es natural y forzoso que sea asi, 
desde que la diferenciación de los matices implica 
un grado de complexidad mental que sería injusto 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 197 

y absurdo exigir del espíritu de la multitud. Es 
mes: quizás conviene en ella esta inferioridad re- 
lativa, porque el modo como puede ser eficaz la 
colaboración de la multitud en los acontecimien- 
tos humanos es el de la pasión fascinada é impe- 
tuosa, que lleva con ceguedad sublime á la heroi- 
cidad y al sacrificio, y que no se reemplazaría de 
ninguna manera en ciertos momentos de la His- 
toria: semejante la muchedumbre en esto al hom- 
bre de genio en la fundación moral ó la acción, 
que también debe su fuerza peculiar á lo absoluto 
de su fe, á su arrebato y obsesión de alucinado. 
El día en que intelectualizásemos al pueblo, para 
que su pensamiento fuera real y verdaderamente 
libre; el día en que lográsemos darle la aptitud de 
comparar y analizar, ¿quién sabe, después de todo, 
si este don del análisis dejaría subsistir la virtud 
de su omnipotente entusiasmo?... 

Pero no se trata aquí de discutir con quien es 
vulgo, sino con quien se levanta muy arriba del 
vulgo; y por eso cabe preguntar si la fuerza em- 
pleada en adaptarse al ambiente de la vulgaridad 
no tendría mejor empleo en propender á elevar la 
vulgaridad al nivel propio. 

El doctor Díaz tiene méritos y condiciones con 
que aspirar á triunfos mucho más altos que el de 
estas propagandas y estos discursos. 

Su liberalismo es probablemente el de la ma- 
yoría: se lo concedo sin dificultad. 

¿Será también el que, en el inmediato porvenir, 
prevalezca y se realice en el mundo? 

No es imposible. 

No es imposible que se preparen en el mundo 
días aciagos para la libertad humana. No es impo- 
sible que — según augures pesimistas suelen pro- 
fetizarlo — la corriente de las ideas, precipitándose 



198 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

cada día más en sentido del menosprecio de la li- 
bertad individual, sacrificada á la imposición ava- 
salladora de la voluntad y el interés colectivos, 
lleve al mundo, con acelerado paso, á una de esas 
situaciones de universal nivelación en que el opre- 
sor — persona ó multitud, César ó plebe — reclama 
á un tiempo para sí el Imperio y el Pontificado, 
obligando al pensamiento individual á refugiarse 
en el íntimo seguro de las conciencias, como las 
aves que se acogen á los huecos de las torres que 
se deshacen y de los templos que se derrumban. 
Si ese es el inmediato porvenir, habremos de 
resignarnos á no ser ya entonces hombres de nues- 
tro tiempo. Pero la eficacia inmortal de la idea de 
la libertad, que concretó las primeras conviccio- 
nes de nuestra mente, que despertó los primeros 
entusiasmos de nuestro corazón y que encierra 
en sus desenvolvimientos concéntricos la armonía 
de todos los derechos, la tolerancia con todas las 
ideas, el respeto de todos los merecimientos his- 
tóricos, la sanción de todas las superioridades le- 
gítimas, seguirá siendo, en mayoría ó minoría, el 
paladión del derecho de todos; y allí donde quede 
una sola conciencia que la sienta, allí estará la 
equidad, allí la justicia, allí la esperanza, para la 
hora del naufragio y de la decepción. 



APÉNDICE 



Bl sentimiento religioso y la crítica w 



Señor don R. Scafarelii. 

Estimado amigo: No me pasó inadvertida, 
cuando tuvo la amabilidad de poner en mis ma- 
nos el opúsculo de que es autor (2). cierta descon- 
fianza suya respecto de la disposición de animo 
con que yo lo leería y juzgaría. Pensaba usted que 
llegaba á tienda de enemigo, y que su obsequio 
era la espada que se ofrece caballerosamente por 
la empuñadura. Ha de decir a usted en qué acertó 
y en qué proporción, mucho mayor, no acertó. 

Desde el punto de vista de las ideas, grande es 
la distancia que nos separa. Si sólo como profe- 
sión de ideas hubiera yo de considerar su opús- 
culo, resultaría quizá que no habría en él dos lí- 
neas que no suscitasen en mí el impulso de la 
contradicción, y en ocasiones, el sentimiento de 



(1) Por exponer ideas que se relacionan con las de los an- 
teriores artículos, y en cierto modo las complementan, incluyo 
aquí esta carta. 

(2) El Mártir del Gólgota. 



200 JOSÉ BNRIQUB RODÓ 

protesta y de angustia con que se asiste al espec- 
táculo de un espíritu capaz de desplegar con am- 
plia libertad su vuelo y á quien contienen y limi- 
tan las trabas de dogmas difícilmente conciliables 
con los fueros de la libre investigación y de la 
razón independiente. 

Pero si en sus páginas no hubiese mas que la 
escueta exposición de las ideas, ellas no tendrían 
otro interés que el que consistiría en proponer 
una vez más al debate dogmas cien mil veces con- 
fesados, cien mil veces negados, cien mil veces 
controvertidos. Hay algo más que considerar en 
lo que usted ha escrito, y algo más hondo y ori- 
ginal que las ideas: y es el espíritu personal, el 
sentimiento ambiente, el aroma de la fe que se 
entreabre en un alma joven y entusiástica y la 
embalsama é inspira; y este es el interés intenso 
que su libro entraña, esto lo que le da valor moral 
y estético, esta la nota que le redime de la vulga- 
ridad. 

Por otra parte, aunque en la clasificación de 
las ideas ocupemos campos distintos, no hallo en 
mi espíritu repugnancia ni dificultad para poner- 
me ai unísono del suyo, como lo exige la ley de 
simpatía, que es fundamento de toda crítica cer- 
tera, á fin de comprenderle y juzgarle. Nada me 
irrita más que la religiosidad mentida, máscara 
que disfraza con la apariencia de una fe propósi- 
tos temporales de más ó menos bajo vuelo; y la 
religiosidad tibia, frivola y mundana, sin profun- 
didad y sin unción, dilettantismo indigno; y la gro- 
seramente fanática, que degrada al nivel de las 
brutales disputas de los hombres las ideas que más 
excelsamente deben levantarse sobre toda baja 
realidad. Pero crea usted que nada me inspire 
más respeto que la sinceridad religiosa, donde- 



LIBERALISMO T JACOBINISMO 201 

quiera que ella se manifieste, cualesquiera que 
sean los dogmas á que viva unida. Ante el fervor 
que brota del recogimiento del corazón, y presta 
alas de inspiración al pensamiento, y trasciende 
á la conducta en caridad y amor, respeto y ad- 
miro. Jamás me sentiré tentado á encontrar ob- 
jeto de desprecio ó de burla en lo aparente y lite- 
ral de un dogma, si por bajo de él, enfervorizando 
al espíritu que lo profesa, percibo un hondo y per- 
sonal sentimiento del impenetrable misterio de 
que son símbolos ó cifras todos los dogmas. 

La preocupación del Misterio infinito es inmor- 
tal en la conciencia humana. Nuestra imposibili- 
dad de esclarecerlo no es eficaz mas que para avi- 
var la tentación irresistible con que nos atrae; y 
aun cuando esta tentación pudiera extinguirse, 
no sería sin sacrificio de las más hondas fuentes 
de idealidad para la vida y de elevación para el 
pensamiento. Nos inquietará siempre la oculta 
razón de lo que nos rodea, el origen de donde 
venimos, el fiVadonde vamos, y nada será capaz 
de sustituir al sentimiento religioso para satisfa- 
cer esa necesidad de nuestra naturaleza moral; 
porque lo absoluto del Enigma hace que cual- 
quiera explicación positiva de las cosas quede fa- 
talmente, respecto de él, en una desproporción 
infinita, que sólo podrá llenarse por la absoluta 
iluminación de una fe. Desde este punto de vista, 
la legitimidad de las religiones es evidente. Fia- 
quean en lo que tienen de circunscripto y negativo; 
fiaquean cuando pretenden convertir lo que es de 
una raza, de una civilización ó de una era: el dog- 
ma concreto y las fórmulas plásticas del culto, en 
esencia eterna é inmodificable, levantada sobre la 
evolución de las ideas, los sentimientos y las cos- 
tumbres. Y flaquean aún más y justifican la pro- 



202 JOSÉ MNBIQÜH RODÓ 

testa violenta y la resistencia implacable, cuando, 
descendiendo de la excelsa esfera que les es pro- 
pia, invaden el campo de los intereses y pasiones 
del mundo, convertidas en instrumentos de pre- 
dominio material, que hieren con los filos de la 
intolerancia y aspiran á imponerse por la repre- 
sión de las conciencias. 

Si tuvieran la noción clara de sus límites, 
nada faltarla para sellar por siempre su convi- 
vencia amistosa con el espíritu de investigación 
positiva y con los fueros de la libertad humana. 
«La posición central de las religiones es inexpug- 
nable», ha dicho Herbert Spencer en aquel mara- 
villoso capítulo de Los primeros principios que se 
intitula «Reconciliación», y en el que la austeri- 
dad del pensamiento científico llega — sin otra 
fuerza patética que su propia desnuda eficacia — á 
producir en nuestro ánimo conmovido el senti- 
miento de concordia, de paz, de beatitud, con que 
el espectador del teatro antiguo asistía, en el so- 
lemne desenlace de la tragedia, á la solución y 
purificación de todo conflicto de pasiones: efecto 
de serenidad ideal que constituye el más alto de 
los triunfos, así en la esfera del pensamiento es- 
peculativo como en la del arte. 

Yo, que soy tan profundamente latino en mi 
concepción de la belleza y de la vida y en mis 
veneraciones históricas, encuentro en nuestro li- 
brepensamiento latino una tendencia á la decla- 
mación forense — eterna enemiga de la austera 
Mens interior — y una unilateralidad y una ausen- 
cia de delicadeza y penetración intuitiva para lle- 
gar ai espíritu de las religiones y comprender y 
sentir su eterno fondo inefable, que le dejan á 
cien leguas de las inspiradas intuiciones de un 
darlyle, cuyo sentido profundo alcanza hasta ilu- 



LIBERALISMO Y JACOBINISMO 203 

minar el germen noble de idealidad y superiores 
anhelos que despunta en la adoración temblorosa 
del salvaje ante el grosero fetiche. El pensamiento 
francos es mi encanto, y con todo, muy rara vez 
he encontrado en autores franceses, aun los más 
sutiles, aun los más hondos, página donde se es- 
tablezca la posición de la conciencia libre frente 
al problema religioso de manera que plenamente 
me satisfaga. Ernesto Renán es una excepción. 
Hay en la manera como este extraordinario espí- 
ritu toca cuanto se relaciona con el sentimiento y 
el culto del eterno Misterio un tacto exquisito y 
una facultad de simpatía y comprensión tan hon- 
das, que hacen que se desprenda de sus pági- 
nas — excépticas y disolventes para el criterio de la 
vulgaridad— una real inspiración religiosa de las 
más profundas y durables, de las que perseveran 
de por vida en el alma que ha recibido una vez su 
balsámica unción. 

El librepensamiento, tai como yo lo concibo y 
lo profeso, es, en su más íntima esencia, la tole- 
rancia, y la tolerancia fecunda no ha de ser sólo 
pasiva, sino activa también; no ha de ser sólo acti- 
tud apática, consentimiento desdeñoso, fría leni- 
dad, sino cambio de estímulos y enseñanzas, rela- 
ción de amor, poder de simpatía que penetre en 
los abismos de la conciencia ajena con la intui- 
ción de que nunca será capaz el corazón indife- 
rente. 

Y más que cualesquiera otras, son las cuestio- 
nes religiosas las que requieren este alto género 
de tolerancia, porque son aquellas en que por más 
parte entra el fondo inconsciente é inefable de cada 
espíritu, y en que más se ha menester de esa se- 
gunda vista de la sensibilidad, que llega adonde no 
alcanza la perspicuidad del puro conocimiento. 



204 JOSÉS ENRIQUK RODÓ 

Con esa tolerancia he leído, sentido y com 
prendido su libro, yo, que si como objeto de aná- 
lisis fríamente intelectual hubiera de tomarlo, sólo 
bailaría motivo en él para una crítica estrecha y 
negativa. En general, con esa tolerancia encaro 
cuanto leo, si reconozco en ello sinceridad, ya se 
trate de religión, de ciencia ó de literatura. En la 
educación de mi espíritu, de una cosa estoy satis- 
fecho, y es de haber conquistado, merced á una 
constante disciplina interior — favorecida por cier- 
ta tendencia innata de mi naturaleza mental — , 
aquella superior amplitud que permite al juicio y 
al sentimiento, remontados sobre sus estrechas 
determinaciones personales, percibir la nota de 
verdad que vibra en el timbre de toda convicción 
sincera, sentir el rayo de poesía que ilumina toda 
concepción elevada del mundo, libar la gota de 
amor que ocupa el fondo de todo entusiasmo des- 
interesado. 

Por eso, del libro suyo que vino á mí no puede 
decirse que viniera á real de enemigo. ¿Quién ha- 
bla de enemistad cuando se trata de las confiden- 
cias de ideales y esperanzas que se cruzan de co- 
razón á corazón, de conciencia á conciencia? La 
enemistad por razón de ideas es cosa de fanáticos: 
de los fanáticos que creen y de los que niegan. Las 
almas generosas hallan en la misma diferencia de 
sus ideas y en los coloquios que de esta diferencia 
nacen, el fundamento de una comensalía espiri- 
tual. Nos encontramos en el camino; usted me ha- 
bla de su fe y del amor que le tiene con sinceridad 
y entusiasmo; yo je escucho con interés. Guando 
me llegue el turno, yo le hablaré, con igual íntima 
verdad, de la manera como á mi alma se impone 
la atracción del formidable Enigma, y de lo que 
creo y de lo que dudo; y usted me escuchará tam* 



LIBBEALISMO T JACOBINISMO 205 

bien, y así ambos saldremos ganando; porque lo 
único que no deja beneficio al espíritu es la false- 
dad, es la vulgaridad, es la pasión fanática; es el 
sermón del clerizonte zafio, sin caridad ni delica- 
deza; es la invectiva del jacobino furibundo, sin ele- 
vación ni cultura, mientras que siempre hay algo 
que aprender en lo que piensa y siente sobre las 
cosas superiores un alma lealmente enamorada 
del bien y la verdad. 

Créame su affmo. amigo, 

José Enrique Rodó 



Fin de «Liberalismo y Jacobinismo» 



JOSÉ ENRIQUE RODÓ 



LA TRANSFORMACIÓN PERSONAL 

EN LA CREACIÓN ARTÍSTICA 



la transformación personal en la creación artística 



(i) 



Obra de amor es la creación del artista. Y de 
antiguo se sabe que la fuerza y virtud primeras 
del amor consisten en transformar al amante en 
lo que ama; al que sueña, en el objeto de su sue 
ño; al que contempla dentro de sí un persistente 
original, de cuya belleza se apasiona, en esta 
misma ilusoria criatura. De aquí que el fuego de 
su inspirado amor, en tanto que arde, consuma y 
anule en el artista al hombre real y preste al ar- 
tista transitoriamente nuevo ser de conformidad 
con la imagen que le tiraniza; de aquí que el acto 
creador sea como una transformación participante 
en que el espíritu y su hechura se hacen uno, y si 
la inspiración acrece y rompe los últimos lazos 
con que la sujetan le conciencia personal y la me- 
moria, sea una entera sustitución de la perso- 
nalidad. 

Este eclipse, esta suspensión del propio ser 
para que sólo viva lo soñado, es la condición por 
que se explican la objetividad maravillosa, la in- 
deficiente verdad que admiramos en las grandes 
creaciones draméticas ó épicas. Cuanto más pro- 



(1) Fragmento de Proteo, obra de José Enrique Rodó. 

14 



210 JOSÉ BNKIQUK RODÓ 

funda y penetrada de amor la intuición que ilu- 
mina el alma del héroe imaginario, tanto mes 
grande es el ensimismamiento con él, tanto mayor 
el eclipse de la vulgar naturaleza del poeta, como 
persona adherida ó la realidad del mundo. 

Cuenta Schíller el asombro y estupefacción que 
en él causaron sus primeras lecturas de Shake- 
speare. Habituado á encontrar en el fondo de la 
obra, si no el claro trasunto, el vestigio de una 
personalidad por donde inferirla y reconstituirla 
toda entera, maravillábase delante de aquella au- 
sencia inescrutable de todo signo personal que no 
correspondiera al carácter de los personajes; de- 
lante de aquel despojo milagroso, de parte del 
¿.utor, de todo lo peculiar y característico de él 
mismo; milagro que hace posible un mundo don- 
de, como en el de Naturaleza, figuras diversísimas 
se mueven, netamente determinadas y diferencia- 
das, y se exhiben en cruda desnudez á nuestros 
ojos, sin intervención de espejo que refleje, de velo 
que atenúe, de marco que circunscriba y limite. 
No es sino que en la obra del soberano poeta,, 
siendo ella el prototipo y la cúspide, se realiza con 
más enérgico poder que en otra alguna esa virtud 
generadora de toda superior ficción artística, el 
salir fuera de los límites de la propia individuali- 
dad, el morir y renacer, por arte de amor, en el 
objeto imaginado. 

Y esta transformación personal es más verda- 
dera de lo que supondría quien propendiese á des- 
deñarla por tener ella su origen y su objeto en 
sueños de la imaginación. El natural mecanismo 
de esta facultad y su parte oficiosa en el conjunto 
del alma son suficientes para asegurar la honda 
realidad de aquella conversión psicológica. En la 
misma esencia de la imagen radica un principio 



LA TKANís FORMACIÓN PERSONAL... 211 

í.petitivo, una fuerza elemental de realización que 
tiende á trocar lo simplemente imaginado en per- 
cepción y creencia; la representación de un acto, 
en impulso á realizarle; la representación de un 
afecto, en afecto eficazmente sentido. Supuesto el 
desenvolvimiento completo de la imagen, tal como 
se daría por naturaleza, de no oponerse é ello las 
influencias que normalmente la contienen y redu- 
cen á su condición original de pura forma inte- 
rior, toda representación de la mente llegaría á 
ser, por su propia y espontánea energía, la sensa- 
ción ó el movimiento que ella figura. Sólo dife- 
rencias de intensidad separan la visión interna de 
la externa; la suposición, de la afirmación; la ad- 
miración extética, de la imitación activa; el simu- 
lacro consciente, de la emoción real, y la vaga 
simpatía con que nos abstrae una forma imagina- 
ria, de la obsesión y docilidad del sonámbulo que 
abdica á favor de la imagen que le ha sido im- 
puesta el absoluto dominio de su personalidad. 
Intervenga un deseo poderoso, una viva fuerza de 
amor que decuplique la potencia usual de la ima- 
gen, su duración, su brío, la intensidad de su co- 
lor, y toda diferencia se disipará, y la imagen se 
trocará en realidad, palmaria y única para ei espí- 
ritu á quien obsede. 

¿Cuánto no se ha hablado de la verdad con 
que el artista llega á experimentar por sí los sen- 
timientos que atribuye á sus personajes, á medida 
que los infunde y desarrolla en éstos, y de cómo 
se alucina con la figuración de las cosas entre las 
cuales los coloca, y tal vez se siente tentado á 
realizar los mismos actos que ellos, y perdido el 
recuerdo de su persona real, ya no tiene concien- 
cia sino para que la ocupe aquella otra persona 
que con exclusivo amor se representa? Todos los 



212 JOSÉ HNRIQUB RODÓ 

grandes artífices de almas son, en más ó menos 
proporción, como el novelista que Dostoyewski 
pintó en Crimen y castigo, coloreándolo con las 
tintas de la propia experiencia: el novelista que, 
mientras trae una obra entre manos, no vive otra 
vida que la de sus criaturas, ó bien, como aquel 
estudiante que Boerhave tuvo de discípulo, y cuya 
imaginación, embargada por la representación in- 
tensísima de cuantos males estudiaba, le hacía en- 
fermar verdaderamente de ellos. Así, de Dickens 
se refiere cómo penaba y se alegraba con los hijos 
de su fantasía; y de Diderot, con qué acerbo llanto 
deploraba los infortunios de su Religiosa; y la 
identificación entre Fiaubert y sus héroes llegaba 
á tal punto, que si uno de ellos moría envenenado, 
él sentía ilusoriamente el sabor y las náuseas del 
veneno, y Byron mismo — aunque opuesto, por su 
personalidad desbordada y avasalladora, á esta 
facultad de metamorfosis en que consiste esencial- 
mente el secreto de la creación épica y dramá- 
tica — se recluye, antes de escribir la Lamentación 
del Tasso, en la mazmorra donde estuvo prisio- 
nero el poeta de Aminta, y allí le ven agitarse y 
hacer mil extremos de dolor ó indignación, como 
si en verdad hubiera descendido á él el alma de 
aquel gran infortunado. Un amigo indiscreto pe- 
netra un día, á hurtadillas, en la estancia donde 
escribe Daudet. Le halla llenos de lágrimas los 
ojos. «¿Qué tienes?», le pregunta. «Lloro al mejor 
de mis amigos...» Y la hermosa cabeza se abate 
sobre el papel en que acaba de infundir el último 
suspiro de Jack. 

Toda la escala de los valores poéticos podría 
establecerse sobre la base de esa fuerza centrí- 
fuga de la personalidad, graduándola desde su 
alborear en el mínimo impulso de emoción bene- 



LA TRANSFORMACIÓN PERSONAL... 213 

volente, hasta su coronamiento, que es la com- 
pleta abnegación del ser propio. Una 8bso!uta 
ausencia de interés y simpatía hacia la imagen 
que se ha de poetizar equivaldrá forzosamente á 
la incapacidad radical de desenvolverla. Adelan- 
tando un paso, la imaginación que forja caracte- 
res y acciones, sin auxiliarse, como de concomi- 
tante efectivo, mas que de ese leve y superficial 
interés por lo que se va imaginando, que está im- 
plícito aun en la más elemental é insignificante 
manera de invención, no reflejará jamás sino la 
imagen descolorida y tibia de lo que se propone 
transmitir en forma de arte; no producirá sino la 
obra de la mediocridad. Una concepción más cal- 
deada de sentimiento; una representación de las 
cosas que suscite, en el alma de aquel que las fi- 
gura, la emoción afectiva, el estremecimiento sim- 
pático, propios del espectador que se interesa 
vivamente en una acción imaginaria, ó bien del 
pasajero que se detiene ante una escena real, de 
duelo ó regocijo, y por simpatía humana la com- 
parte, será capaz de dar de sí obra que conmueva 
y que dure, pero aún no tendrá vuelo con que le- 
vantarse al nivel sublime del genio, á las cumbres 
supremas de la invención. Supongamos que se 
hace más intensa y eficaz esta virtud de simpatía; 
figurémonos que el poeta participa de los senti- 
mientos de sus héroes, no ya como el espectador 
y el pasajero, sino como quien es movido de la 
voz del afecto ó del estímulo de la sangre: como 
quien se duele ó se alegra con el hermano, con 
el padre, con el hijo. La fuerza de la imagen 
subirá de punto, la apariencia de verdad será 
mayor; y con todo, aún no estaremos en la cum- 
bre. Aún cabe modo de imaginar más alto é ine- 
fable; aún cabe la comprensión perfecta, para lo 



214 JOSÉ ENaiQUH RODÓ 

que no basta ese acorde de dos almas separadas 
por el límite que diferencia á dos personas, esa 
relación trascendente de corazón á corazón, cada 
uno de los cuales mantiene su ser propio y dis- 
tinto, sino que se requiere plenitud de amor, sim 
patía total y desatada: aquella que ya no se con- 
tenta con menos que con la identificación absolu- 
ta, con la participación en la esencia del objeto del 
transporte y embebecimiento de la personalidad, 
que logra el místico en el desmayo de la unión 
extática; y ésta es, por fin, la concepción del ge- 
nio, misticismo de la religión de belleza; éste el 
prodigio de donde nace y se desenvuelve tanta 
peregrina hermosura. A quien de ese excelso 
modo concibe, no le satisface ver y oir objetiva- 
mente, en plástica y animada alucinación, al per- 
sonaje que imagina, sino que ha menester trans- 
formarse en él, ser como él, ser él, en tanto dura 
su sueño; prestarle, como el médium presta al es- 
píritu evocado, el organismo propio, sustraída la 
personalidad usual. Presta así el genio á su per- 
sonaje los propios nervios, para que con sus sen 
saciones los pulse; el propio corazón, para que 
con sus pasiones lo desgarre; el propio cerebro, 
para que lo abrase y consuma con la combustión 
de sus ideas. Por eso es la creación genial hon- 
dísimo movimiento interior, parto que á veces 
mata. Por eso la capacidad de vivir en una tantas 
vidas distintas sin que las entrañas conmovidas 
estallen ni la razón vencida sucumba, es argu- 
mento que milita contra los que consideran al 
genio asociado por naturaleza ó degeneración ó 
inferioridad orgánica. «¿Hay alguien actualmente 
— preguntaba Taine— , hay alguien que sea capaz 
de soportar la tempestad de pasiones y visiones 
que pasó por el alma de Shakespeare?» 



LA TRANSFORMACIÓN PERSONAL... 215 

Nunca logrará vislumbre del misterio del genio 
quien se imagine como acto puramente intelec 
tual el formidable alumbramiento de que nace la 
obra, potente y luminosa. Esta flor costosísima 
necesita, para producirse, de todo el ser; de cuanto 
es vida; del organismo entero; de las potencias y 
sentidos todos de quien ha de darla. No hay fibra 
en la carne del poeta, ni gota de sangre, ni pulsa- 
ción vital que en alguna manera no concurra á la 
obra. Concertados en activa y armoniosa unidad, 
exaltación del natural consenso de la vida, todos 
los elementos, todas las energías y resortes de la 
existencia individual, se aplican á magnificar el 
esfuerzo de que nacerá lo hermoso. Si cupiera ilu- 
minar y hacer sensible el misterio del mundo in- 
terior, en las horas divinas de la inspiración y el 
trabajo, asistiríamos con arrobamiento á esa afa- 
nosa cooperación de todos los componentes de la 
vida, de todas las células orgánicas bsjo el impe- 
rio de una idea que brilla, como chispa de luz, en 
lo más alto y noble del conjunto que traban todas 
ellas; cooperación semejante á la de los microor 
ganismos que, sin sospechar el resultado precioso 
de la solidaridad que los vincula, erigen desde el 
fondo del Océano la isla de coral; ó bien, seme- 
jante á la de los obreros humildes que, en los si- 
glos de fe, reunidos en polarizada muchedumbre, 
levantaban los muros de estupenda basílica, con- 
tribuyendo cada cual con su piedra y su aliento á 
la realización de una forma imponente de belleza 
no bien calculada ni sabida acaso por el propio 
artífice que los guiaba, más que por arte, por ins- 
piración instintiva y candorosa: á la manera que 
twmpoco existe quizá en la conciencia del genio la 
idea lúcida y cierta de la obra que realiza, y cuyo 
arquetipo inconsciente preside, sin embargo, con 



216 JOSÉ HNR1QUK RODÓ 

infalible autoridad, desde misterioso abismo del 
alma la febril agitación de los innúmeros obreros. 

La fuerza de la imagen encandecida de amor, 
que pone su solio en la mente del artista y aili 
concentra el movimiento vital para dar ser á una 
forma sensible que la reproduzca y perpetúe, no 
es menos grande ni importa menos maravilla que 
la que, por prodigio de amor también, manifes- 
tándose en el contemplativo a quien tienen como 
en alucinación perpetua las representaciones de 
su Dios, exterioriza y estampa estas imágenes cau- 
tivadoras no ya en papel escrito, ni en tela, ni en 
piedra, sino en las mismas carnes del alucinado. 
El pensamiento tenaz de los martirios de Cristo, 
en los anacoretas del yermo, llegaba hasta hacer 
brotar en sus miembros y costados, por la acción 
espontánea de la imagen sobre los vasos sanguí- 
neos, los estigmas de la crucifixión. Las llagas del 
divino cuerpo, pintadas de ese portentoso modo 
por la sangre obediente al mandato interior de 
una idea, se vieron en las carnes de San Francis- 
co de Asís, de fray Nicolás de Rávena, de Juan de 
Verceil; y por igual arte, las huellas de la corona 
de espinas aparecieron en la virgínea frente de 
Catalina de Raconiso. Pintura asi sublime, pintu- 
ra hecha con sangre de las venas, es la que admi- 
ramos en la obra de genio, por la que nos es dado 
participar de una visión inmortal. 

Si imaginar vulgarmente, sin exaltación de 
amor, sin atención tiránica, no equivale á tener fe 
en la realidad del objeto que en nuestro interior 
aparece, y aun menos á perder la conciencia de la 
propia persona para identificarse y ser uno con la 
imagen, es porque la percepción de la realidad 
circunstante rechaza á su campo ilusorio las fic- 
ciones del sueño y la vigilante luz de la memoria 



LA TRANSFORMACIÓN 1MDRSONAL... 217 

mantiene vivo el sentimiento de nuestra identidad, 
Pero en ei artista á quien la inspiración genial 
arrebata, como en el sonámbulo cuya conciencia 
embarga la sugestión que se le impuso, la imagen 
crece y se desenvuelve y domina, sin luchar con 
el parangón de las cosas reales ni con la resisten- 
cia de la íntima y consciente realidad de uno 
mismo. Lo real se 8leja para ellos á distancia in- 
comunicable; el sueño queda solo y señero, y él 
suple á la realidad externa y á la interna. Mien- 
tras la idea de la obra no pasa de germen, sin de- 
terminación ni vida propia, ha menester el artista 
alimentarla con la substancia de lo real, y por eso 
observa é inquiere, y fija en las cosas exteriores 
una atención más ahincada y perspicaz que la de 
los ojos vulgares; pero desde el instante en que el 
artista se pone á la obra, desde que se concentra 
y retrae, como la abeja bien provista entre los ta- 
biques de su celda, ya no hay para el mundo exte- 
rior ni memoria de sí. Soledad y olvido son requi- 
sitos necesarios en la concepción de la obra gran- 
de, como el silencio lo era en la construcción del 
templo de Salomón; pero soledad y olvido son ca- 
pullo que el genio elabora con el propio jugo de su 
alma, aun cuando las condiciones de su existencia 
objetiva se los nieguen, y así el genio consigue y 
goza olvido y soledad, aun en el seno de la mu- 
chedumbre, aun entre el estrépito y combate del 
mundo. La vieja torre donde se refugiaba para sus 
meditaciones Montaigne; el castillo de Buffón, en 
Montbard; el torreón donde esperaba á Rubins- 
tein el silencio amigo; la habitación cuya escalera 
quitaba, luego de retirarse allí con su paleta y sus 
sueños, Buenaventura de Oberbeek; la isla solita- 
ria de Ticho Brahe, son límites opuestos material- 
mente á la repercusión de las cosas de afuera , 



2J8 JOSÉ KNRIQUW RODÓ 

que el genio suplirá por su propia íntimo eficacia 
-cuando le falte posibilidad de valerse de obstáculo 
real y tangible. La sola imagen obsesora, por su 
natural virtud de inhibición, tiene más poder de 
apartar y acallar todo lo que la divertiría de su 
oficio que la paz que se logra á favor de refugios 
materiales. Aisla mejor la sola imagen obsesora 
que cerrazón espesa, y muros ciclópeos, y ámbito 
de abismo. Bajo el imperio de la imagen, los da- 
tos del sentido se anulan, porque no concordarían 
con la proyección objetiva de las formas del sue- 
ño; los recuerdos que al yo sirven de base se 
eclipsan, porque disiparían el encanto y se opon- 
drían á la fe que la imagen exige en su verdad. 
¿Qué preocupación del ánimo, qué fuerza de pa- 
sión, qué llamado del deber prevalecerán sobre la 
imagen que se ha enseñoreado del espíritu? ¿Qué 
valdrán contra ella agitación civil, clamores de la 
calle, paso de pompas y cortejos, cdisputas de los 
hombres», si el mismo fuego de la hoguera no es 
contacto suficientemente enérgico para arrancar, 
al alma así hechizada, de su absorción, si ni aun 
el consumirse de las entrañas mordidas y devo- 
radas por las llamas alcanza á devolver el senti- 
miento de la realidad al mártir que, impasible y 
extático, arde y perece en cuanto al cuerpo y son- 
ríe en tanto, con divina sonrisa, á la imagen en 
que tiene puesta toda el alma? 

Cabe en la universal y diaria experiencia notar 
el poder de desenvolvimiento que la imagen ad- 
quiere con sólo su separación de la clara concien- 
cia de uno mismo y de las modificaciones de la 
sensibilidad externa. Esa prodigiosa fuerza inven- 
tiva, cuyo triunfo admiramos en la grande obra 
novelesca ó dramática, no es sino la manifesta- 
ción, llevada á punto sublime, de una facultad que 



LA TRANSFORMACIÓN PERSONAL... 219 

pertenece á nuestra común naturaleza: la de ima- 
ginar acontecimientos posibles, acciones ficticias; 
la de proyectar, en concertadas imágenes, la previ- 
sión, la conjetura, el temor, la esperanza, el deseo; 
y si en el vulgo de las almas esta facultad dará 
apenas débil muestra de sí, mientras nos atenga- 
mos, para aquilatarla, al pálido y precario soñar 
del hombre despierto, cuando la realidad está 
presente á los sentidos y el hilo conductor de los 
recuerdos persiste, ella se realza y magnifica, en 
las mismas almas vulgares, no bien queda sus- 
pensa la percepción de la realidad y se interrumpe 
la continuidad de la conciencia. Durante el sueño, 
todos somos inspirados artistas, fervientes mimos 
y rapsodas que, poseídos del hechizo de nuestras 
propias ficciones, creemos, sin asomo de duda, en 
su verdad, y vivimos sólo dentro de ellas. La ima- 
gen que durante el sueño emerge en la soledad 
del alma, se desenvuelve libre do crítica que la 
amilane y de objeto real que la contraríe: halla 
entre sí la espaciosidad del mundo interior como 
campo sin guardas ni barreras, y de esto nace un 
ímpetu de invención que, aun en el espíritu más 
privado normalmente de la aptitud propia del ar- 
tista, suele producir concepciones de vivísima ani- 
mación y colorido. Lances, escenas, episodios, in- 
venta aquel que sueña, que despierto no siempre 
sería capaz de imaginar. ¿No ha dicho Maudsley 
que despliega más potencia dramática un hombre 
vulgar durante el sueño que un grande escritor 
en la vigilia? Privilegio de esta misteriosa luz in- 
terior con que se transfiguran nuestras noches es 
la virtud de trocar una idea ó un sentimiento, que 
en informe vaguedad oculta el alma, en concretas 
y movidas imágenes: libérrima y desatinadamente 
A menudo, pero siempre con teatralidad intensa, 



220 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

y á las veces aun en mentes candidas ú obtusas,, 
jcon qué eficacia y sagacidad interpretativa de 
una idea, de un carácter, de un conflicto de pasio- 
nes, posible ó real; con qué lógica aleda y sutil in- 
diferencia, más hondas que las del raciocinio, cer- 
teras como las del instinto y la intuición, de donde 
nace la potestad adivinatoria del sueño, madre 6 
hermana de la potestad adivinatoria del vates!... 
Y aún más patente aparece esta capacidad de 
imaginar aislada de la conciencia reflexiva cuando 
se la estudia, no ya en el durmiente común, sino 
en el sugestionado á quien el hipnotizador induce 
á considerarse tal ó cual persona imaginaria: 
«Eres un clérigo... un soldado... un marino... un 
avaro... un hipócrita...» Como en el poeta épico ó 
dramático, esas abstracciones que el sonámbulo 
ha de revestir de forma sensible, ponen en activi- 
dad todos los recursos de su perspicacia, de su 
experiencia, de su fantasía. Como el poeta épico 
ó dramático durante el sonambulismo de la ins- 
piración, el hipnotizado, transfigurándose en el 
carácter ilusorio cuya idea le obsede, encuentra 
por arte intuitivo é infalible los actos que convie- 
nen á la realización de ese carácter, las palabras 
que son su medio exacto de expresión, los ante- 
cedentes que, de conformidad con su índole, debe 
recordar como propios: el desenvolvimiento con- 
secuente, la lógica interior de esa personalidad 
ficticia que interpreta con admirable fuerza de 
verdad. Nada fundamentalmente distinto verifica 
el sujeto de esas experiencias cuando, con sólo el 
nombre genérico que se le propone, concibe y 
anima un tipo personal dotado de color y relieve 
que un Esquilo, un Shakespeare ó un Balzac 
cuando, sobre el simple concepto del remordi- 
miento, de los celos ó de la avaricia, levantan e£ 



LA TRANSFORMACIÓN PERSONAL... 221 

carácter viviente da Orestes, de Ótelo ó de Gran- 
det. Ha bastado, en aquel caso, que la idea quede 
sola en la conciencia, fijada allí por mandato irre- 
sistible, usurpando el lugar de la habitual repre- 
sentación del yo, para que se revele de súbito la 
estupenda comprensión simpática de un modo 
de ser distinto del propio, en espíritu que acaso 
no se manifieste á* ordinario capaz de una me- 
diana penetración de simpatía. Si, en lo plástico, 
el pintor y el escultor suelen valerse eficazmente 
del modelo vivo, con cuya presencia corroboran 
su sentido de las formas, en lo psicológico, un 
sonámbulo á quien se impusiera la realización 
activa del carácter que se trata de desenvolver por 
los medios propios del arte, podría acaso comu- 
nicar más de una inspiración fecunda al autor 
dramático y al actor. 

El poder característico, en su plenitud maes- 
tra, es, pues, una transformación personal, que 
embebe el espíritu del artista en el de su héroe. 
Y como elemento que á consumar esta transfor- 
mación concurre, como aptitud ó sentido que ella 
trae de por sí, tiene el artista, encegueciendo para 
lo que haya realmente en torno suyo, la perfecta 
visión del escenario en que el héroe ha de mo- 
verse, visión que, á su vez, confirma y redondea 
la ilusión de verdad de aquel cambio psicológico. 
La descripción, la pintura del mundo exterior, di- 
recta en el poema y la novela, tácita ó indirecta en 
el drama, es, cuando intensa, como el natural re- 
flejo de las cosas que circundan al personaje ima- 
ginado en las retinas de este mismo personaje 
traído á la vida material y sensible mediante el 
organismo del poeta: es una visión firme y perti- 
naz, y no una vaporación interior de imágenes. 
Sabido es que en las transformaciones sugeridas 



222 JOSÉ ENRIQUE RODÓ 

de la personalidad, correlativamente con la altera- 
ción del medio interno, prodúcese una alteración 
de las facultades perceptivas, por cuya virtud el 
sugestionado crea á su alrededor el medio externo 
que concuerda con su nueva y adventicia persona. 
Verá el sugestionado el mar, si se le trueca en 
marino; una sala áulica, si en magnate; prados y 
rebaños, si en pastor; una celda, si en monje, y lo 
verá todo clara y firmísimamente. Esta percepción 
ilusoria, en nada desemejante de la real, abunda 
en minuciosidades y matices como sólo la inme- 
diata realidad parecería capaz de presentarlos á 
los ojos. El don de describir, enérgico, plasmante, 
inequívoco, que en la obra superior admiramos, es 
en el artista el equivalente deesa alucinación con 
que se complementa la nueva personalidad que se 
ha suscitado en el sonámbulo. No es la figuración 
conjetural y laboriosa, que procede por partes y 
recorre, una tras otra, las fases y propiedades del 
objeto, sino la iluminación súbita, simultánea, 
palmaria: la presencia real de las cosas, que nunca 
el sentido testimoniaría mejor. No es la represen- 
tación que se presta á ser modificada por el juicio, 
agregando, excluyendo, atenuando ó reforzando 
rasgos, como pasa con los conceptos de la imagi- 
nación común, sino la representación definitiva y 
absoluta, tal como se da en el sueño, ó en el re- 
cuerdo muy vivo, ó en la alucinación del visiona- 
rio. No describe el genio como quien imagina, sino 
como quien ve: es el espectador de Horacio que, 
en la escena vacía, mira y aplaude animados es- 
pectáculos que sólo tienen ser en su demencia; es 
el ebrio de opio, según lo describe Coleridge, que, 
en imaginando un objeto, lo refleja al punto en el 
aire; es Regnault el pintor, cuya memoria, riquí- 
simo almacén de colores y luz, desborda, no bien 



LA TRANSFORMACIÓN PERSONAL... 223 

cierra él los ojos, sobre la sombra, donde pinta 
mil cuadros y paisajes que el alucinado artista ve 
con rea lisien a apariencia. 

Sólo por esta triunfante emulación del cono- 
cimiento sensible, con su acción inmediata, con 
la absoluta creencia que él infunde, se encuentra 
la razón de la verdad y energía de las ficciones 
plásticas del escritor ó poeta de genio. ¿Quién no 
recuerda la maravillosa eficscia de las descripcio- 
nes con que el Dante levanta á plena luz un mun- 
do fantástico, con relieve aún más firme y verosi- 
militud aún más imperativa que los que caben en 
las más patentes reproducciones del mundo real? 
Las cúpulas de la ciudad de Dite; el fúnebre re- 
cinto de Malabolge; el lago donde hierve la pez; el 
pozo, torreado de gigantes, en cuyo fondo están 
las charcas de hielo: todo es allí neto, preciso y 
evidente, capaz de convertirse de inmediato en 
figura, en bulto, en color; ordenado con inefable 
y no aprendida lógica; puesto en el espacio con 
exactitud comprobable por número y medida: todo 
es allí como sólo alcanza á figurarlo la intuición 
que alumbra de un relámpago la plenitud del ho- 
rizonte, la intuición que sabe el secreto del orden 
de la Naturaleza, no siendo ella misma quizá sino 
el oculto poder constructivo de la Naturaleza, que 
obra en el alma sin ingerencia de la reflexión. Y 
esta facultad de alumbrar intuitivamente lo exte- 
rior y corpóreo llega también, como la intuición 
de lo espiritual, á aquel extremo de identificación 
simpática en que la personalidad desaparece abis- 
mada en el objeto. El fervor de la descripción es 
un misticismo panteísta. Así, Flaubert dejó escrito 
en una de sus cartas íntimas cómo, describiendo 
un paseo de enamorados, se sentía alternativa- 
mente, no sólo ella y él, sino también los caballos 



índice: 



Págs. 

Prólogo, por Leopoldo Alas (Clarín) . . vn 

Ariel 15 

LlBBRALISMO Y JACOBINISMO. 

La expulsión de los crucifijos 109 

Contrarréplicas 121 

Los orígenes históricos de la caridad 123 

La personalidad en los reformadores morales- 153 

El sofisma de la «caridad científica» 163 

El signo 171 

¿Jacobinismo? 182 

Conclusión 190 

Apéndice.— El sentimiento religioso y la critica.. . , 199 

La transformación personal en la creación ar- 
tística 209 



Editorial PROMETEO. ^Valencia 



Obras de V. Blasco Ibáftez, Director literario 
de esta Editorial. — Novelas: Arroz y tartana.— Flor de Mayo. 
— La Barraca. — Entre naranjos. — Sónnica la Cortesana. — 
Cañas y Barro.— La Catedral.— El Intruso.— La Bodega.— La 
Horda. — La maja desnuda. — Sangra y arena. — Los muertos 
mandan. — Luna Benamor — Los argonautas. — Los cuatro 
jinetes del Apocalipsis. Maro nostrum. — Cuentos: La Conde- 
nada. — Cuentos valencianos. — Viajes: En el pais del arte.— 
Oriente. — Argentina y sus grandezas (segunda edición). 

Historia de la Guerra Europea de 1914, 

por V. Blasoo Ibáñez. Ilustrada con millares de grabados 
y laminas. Esta obra es á la vez un libro y un panorama. El 
eminente escritor, que vive en Francia y ve de cerca la guerra 
y sus efectos, la describe con su pluma de novelista, dándonos 
la sensación de algo vivido, de algo que el lector creerá haber 
presenciado por si mismo. Sólo un evocador colorista como 
Blasco Ibáfiez puede hacer las descripciones del entusiasmo 
de París, de la vida de campamento, del dolor trágico de los 
hospitales, de los horrores de la lucha, las grandes batallas, el 
heroísmo, la guerra en el mar y en los aires, descripciones que 
figuran en este libro. Sólo un novelista de la realidad puede 
trazar retratos literarios como los de los principales persona- 
jes de esta gran tragedia que figuran en la presente obra. 
Este libro quedará además, para las futuras generaciones, 
como el mejor resumen gráfico de la guerra. Volviendo sus 
hojas y examinando sus ilustraciones, se podrá formar idea 
de lo que ha sido la guerra. No hay una sola página que no 
lleve uno ó dos grabados, fotografías, retratos, caricaturas, 
documentos, planos y mapas. Hermosas láminas de doble hoja 
reproducen las escenas más principales. — La obra consta de 
nueve tomos lujosamente encuadérnatelos. — Precio de cada 
tomo, 17'50 pesetas. — También se vende por cuadernos á 
50 céntimos. 

Novísima Historia Universal, dirigida por 
Lavissh & Rambaud. Traducción de V. Blasoo Ibáñbz.— 
Escrita por individuos del Instituto de Francia, dirigida & 
partir del siglo IV por Ernesto Lavissb, de la Academia 
francesa, profesor de la Universidad de París, y Alfkkdo 
Rambaud, del Instituto de Francia, profesor de la Universi- 
dad de París. Más de 20. OCX) retratos, estatuas, cuadros, armas, 
monedas, monumentos, artefactos militares, naves antiguas 
y modernas, Ídolos, costumbres populares, grabados de época, 



autógrafos, edificios, monumentos y reconstrucciones. Historia 
gráfica del Arte y de la Industria. Historia del traje en nume- 
rosas láminas de colores. Mapas, planos, etc. — Se ha puesto á 
la venta el tomo X. 6 pesetas en rústica y 7 encuaderna- 
dos en tela. 

Historia de la Revolución francesa, por 

Miohbjlbt. Admirable evocación de la epopeya de Francia. 
Traducción de V. Blasco Iháñwz. — Tres grandes volúme- 
nes, 80 pesetas. 

Historia Social, desde la Revolución francesa 
hasta el siglo XX, dirigida por Juan Jaurbs.— Obra de crí- 
tica y de amplio examen moderno. Cuatro tomos, ilustrados, 
40 pesetas. Por cuadernos, 50 céntimos cada uno. 

Novísima Geografía Universal, por Onbsi- 
mo y Elíseo Rbolús. Traducción de V. Blasco Ibáñbz.— 
Seis volúmenes en 4.°, con más de 1.000 grabados. Numerosos 
mapas. 4 pesetas tomo en rústica, y 5 encuadernado en tela. 

El libro de las mil noches y una noche. 

Traducción directa y literal del árabe por el Da. Mardrus. 
Versión española de V. Blasco Ibáñbz. Prólogo de E. Gómwz 
Carrillo. — La gran obra imaginativa de los árabes con todas 
sus fantasías, sus audacias y su portentosa originalidad, literal 
y completa, sin ninguna de las modificaciones de otros traduc- 
tores que suprimiendo y cambiando sistemáticamente alteraron 
de tal modo el original, que casi lo dejaron desconocido. Esta 
edición consta de veintitrés tomos primorosamente editados 
con viñetas orientales y cubierta en colores. 

Libros célebres españoles y extranjeros. 

— ILIADA, de Hombro (2 tomos).— ODISEA, de Hombro 
(2 tomos).- TRAGEDIAS, de Esquílo (1 tomo).— EURÍPI- 
DES, Obras completas (4 tomos). — Traducciones nuevas del 
griego por el gran poeta francés Lboontb db Lislb. — COME- 
DIAS, de Aristópanbs (3 tomos). -LA VIDA Y DOCTRI- 
NAS DE SÓCRATES, por Jenofonte (l tomo). — OBRAS 
COMPLETAS, de Shakespeare (12 tomos).— Todas estas 
obras están editadas con ilustraciones de arte griego y cu- 
bierta en colores. 

Socialismo y movimiento social, por 
W. Sombart. — Es la obra más famosa y más competente en 
cuestiones de sociología. Un libro que enseña mucho y al que 
necesariamente tendrán que acudir los que quieran cimentar 
bien sus estudios sobre estas cuestiones tan importantes. Vo- 
lumen tamaño grande, esmeradamente impreso, con cubierta 
en colores, 3 pesetas. 



Biblioteca de las mejores obras.— Los libros 
d(i los grandes pensadores y de los grandes prestigios litera- 
rios forman el núcleo principal de esta Biblioteca. Filosofía: 
Obras de Diderot, Voltaire, Rousseau, Schopenhauer, Nietas- 
che, Spencer, etc. Ciencias: Darwin, Büchner, Reclús, etc. 
Literatura: Víctor Hugo, Zola, Daudet, France, Maupasaant, 
Sudermann, Gorki, etc. Teatro: Bjoernson, Ibsen, etc. Bellas 
Artes: Ruskin, Taine, etc. Política: Chamfort, Dide, Holbach, 
etcétera. Sociología: Proudhon, Kropotkine, Tolstoi, George, 
Hamon, Malato, Sorel, Engels, etc. 

La ciencia para todos: Historia de Europa; Agri- 
cultura científica; El mundo de los microbios; El Polo Ártico 
y sus misterios; La vida íntima de los griegos y los romanos. 
Tomos ilustrados y encuadernados en cartonó. 

Biblioteca científica.— Büeokhl, Historia de la 
creación. 2 tomos. — Lanfrey, Historia política de los Papas. 
— Rbnda, El destino de las dinastías. — Strauss, Nueva vida 
de Jesús. 2 tomos. — Fola Igúrbide, Revelaciones científi- 
cas.— Proudhon, De la creación del orden en la humanidad, 
— Ingkgnibkoh, Histeria y Sugestión.— Simulación de la lo- 
cura. — Büoíinbk, La vida psíquica de las bestias. — A. Pide, 
El fin de las religiones.— R. Altamisa, España en América. 
— Volúmenes en 4.° á 3 pesetas. 

Biblioteca de la mujer y del bogar.— Abarca 

los conocimientos más indispensables, más útiles y más prác- 
ticos para la mujer en la dirección de la casa, en la vida de 
sociedad, visitas, viajes, correspondencia, higiene, modas, 
etcétera. — Consta de los siguientes volúmenes: La mujer en 
el hogar. — Vademécum femenino. — Las artes de la mujer. 
—Arte de saber vivir. — Modelos de cartas.— La cocina mo- 
derna.— Arte de la elegancia. — Salud y belleza. — El tocador 
práctico.— El arte de ser amada. — La mujer jardinero. 

Aventuras de Sberlock Holmes, por Artu- 
ho Conan-Doyle.— Esta serie de novelas, las más interesantes 
de cuantas se han publicado, consta de los siguientes volúme- 
nes: Un crimen extraño.— La marca de los cuatro.— El perro 
de Baskeville. — Policía fina.— Triunfos de Sherlock Holmes. 
—El problema final. — La resurrección de Sherlock Holmes.— 
Nuevos triunfos de Sherlock Holmes. 

Lo que cantan los niños.— Canciones de cuna, 
de corro, coplillas, adivinanzas, relaciones, juegos y otras co- 
sas infantiles, anotadas y recopiladas por Fernando Lloroa. 
—Ilustrado y encuadernado en cartonó con tapa á todo color. 
1*50 pesetas. 



Biblioteca de cultura contemporánea. 

El arte de leer, por E. Fagdbt. — La risa, por É, Bbrgson. 
La nueva libertad, por W. Wilsow, presidente de los Estados 
Unidos.— 2 pesetas volumen. 

Los clásicos del amor.— Estos libros, de un gra- 
cioso desenfado, ofrecen un aspecto nuevo de los grandes auto- 
res del clasicismo, que siempre artistas supieron decir todas 
las cosas y decirlas bien, por escabrosas que fuesen. — Van pu- 
blicados: Longo, Dáfnis y Cloe. — Apulbyo, El asno de oro.— 
Bilitis, Las canciones eróticas. — Marcial, Epigramas eróti- 
cos. — Voltairb, La doncella. — Casanova, Amores y aven- 
turas.— Cuentistas italianos, Obras galantes.— Amotino, 
Vida de las casadas y de las cortesanas. 

Novelas en eartoné.— Larrubihra, Margara.— 
López Robbrt, Doña Martirio.— Ra mí kmz Angbl, La tira- 
na.— A. F. Akias, El otro hogar.— Santbro, Don Juan de 
Austria. — Sánchez Vera, In illo tempore. — Tbllbz Lópbz, 
De espaldas al sol.— Ponson du Tbrrail, El diamante del 
comendador.— Ribaud, Jerónimo Paturot.— Solano Polan- 
o<>, Amor de pobre. — Bblot, El crimen de la calle de la Paz. 
— Guit'íon T ¿ Rougb, La conspiración de los millonarios.— Ei 
batallón de los hombres de hierro. — El regimiento de los hip- 
notizadores.— El desquite del viejo mundo.— Dümas, La corte 
de Luis XIV (2 tomos en rústica). 

Obras diversas.— Carmen db Burgos, Cuentos de 
Colombino. 3 ptas. — Los inadaptados. 3 ptas. — Giacomo Leo- 
pardi. 2 tomos: 6 ptas.— Smsto, El México de Porfirio Diaz. 
5 ptas. — Clorinda Mat cu, Viaje de recreo. 5 ptas. — Los me- 
jores poetas contemporáneos. Completa antología moderna. 
2 ptas.— CiGtóS Aparioio, La romería. 2 ptas.— La Bruyére, 
Caracteres. 2 ptas. — Bbrthbroy, Ximénez de Cisneros.— 
Morayta, La libertad de la cátedra. 2 ptas.— Ugartb, El 
porvenir de la América latina. 2 ptas. — Aníbal Latino, 
El concepto de la nacionalidad y de la patria. 2 ptas.— 
J. Franges, Teatro de amor. 3 ptas. — La danza del corazón 
(novela). 3 '50 ptas. 

Biblioteca de escritores americanos.— 

Obras de B. Fombona, Bunge, Ingegnieros, Nin Frías, Pala 
cios, Rojas, Soiza Reilly, Ugarte, Vasseur, etc. 

Los grandes novelistas.— Obras de Víctor Hugo, 
Dickens, Tolstoi, Dumas, Suó, Conan-Doyle, Mayne-Reid, 
Fernández y González, Ortega y Frías, etc. Colección Rocam- 
bole completa. Clásicos españoles. Poesías de Campoamor. Vo- 
lúmenes á 35 cents. Edición de La Novela Ilustrada. 












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Rodó, Josa Enrique 
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